Noticias de Arquitectura


Zaha Hadid triunfa con Bach
agosto 14, 2009, 8:47 pm
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La arquitecta anglo-iraquí diseña en Manchester una sala de música de cámara

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 18/07/2009

Le ha costado 30 años, pero, finalmente, Zaha Hadid (Bagdad, 1950), la arquitecta más famosa del mundo, dejará su huella en el Reino Unido, el país que la ha visto formarse y crecer profesionalmente pero que, hasta hoy, parecía resistirse a verla triunfar. Aun así, lo hará con un edificio pequeño, un inmueble sin lugar, un auditorio de tela, una sala de música de cámara ideada para escuchar a Bach y levantada en medio de un museo…. durante el breve periodo de apenas dos meses que dura el Festival Internacional de Verano de Manchester. Muchos inconvenientes convertidos en un nuevo reto para esta arquitecta acostumbrada a lo difícil.

Hadid tenía 25 años y un pasado como hija de un ministro socialista iraquí cuando aterrizó en la Architectural Association de Londres, donde, bajo la tutela de Rem Koolhaas, creyó que la arquitectura podía cambiar el mundo. Durante años no fueron sus edificios sino sus osados dibujos los que cambiaron su suerte. Famosa antes de construir por sus propuestas escultóricas, consiguió levantar su primera obra cuando ya era conocida en todo el planeta.

Eso sí, el despegue profesional lo logró con edificios poco protagonistas: un aparcamiento de tranvías en Estrasburgo y una pista de saltos de esquí. Fue suficiente para comenzar a acumular premios, desde el Mies van der Rohe de la Unión Europea al Pritzker, que distingue a los mejores del mundo. Entre tanto, en su país —es ciudadana británica desde hace casi 30 años— se hartaba de perder concursos. O peor aún, de ganarlos sin que le dejaran construirlos.

Hoy, con obra en Estados Unidos, Alemania, Japón o España, con piezas de diseño exclusivo en las más reputadas empresas de lujo (de Chanel a Louis Vuitton), con un sin número de brillantes ejercicios efímeros (del pabellón itinerante de la misma Chanel a las escenografías de Pet Shop Boys) y con proyectos en Abu Dhabi, Roma, Madrid (Ciudad de la Justicia) y Barcelona (Torres Espiral en el Campus Interuniversitario), a Hadid no le ha bastado con ser la arquitecta más famosa del mundo para conseguir el reconocimiento en casa. Sin embargo, la atención de su país podría obtenerla ahora, gracias al bucle inusitado del nuevo auditorio temporal levantado para el Festival Internacional de Manchester.

En la línea del auditorio que ideara para Abu Dhabi —curvo y sinuoso frente a sus angulosos primeros encargos—, el proyecto de Manchester es, en realidad, poco más que una escenografía ingeniosa. Con capacidad para 600 personas (sentadas en sillas Panton negras, las favoritas de la arquitecta, y —de plástico y curva— atípicas en una sala de música), la obra es una cinta de tela sujeta por una estructura metálica. Parece una carpa, pero tiene la belleza de un trazo lineal depurado. Además, encierra investigación y osadía: la fibra sintética cuida de la acústica de los conciertos de cámara que acogerá: la reverberación no es ni larga ni corta, ideal para escuchar a Bach.

Con todo, la acústica no ha sido el mayor reto. Levantado en medio del Museo de Arte de Manchester, el bucle de Hadid llega para quedarse, aunque sea en la memoria de quienes, hasta el 31 de agosto, pueden visitarlo gratuitamente. Le ha costado mucho levantarlo. Con todos los premios posibles en las estanterías de su estudio, hace años que a esta diva cosmopolita le obsesionaba el reconocimiento local, el aplauso de los suyos, la inclinación de cabeza del establishment británico. Así, Hadid disfrutó de la inauguración de este pequeño auditorio como el mayor de sus logros.

Mientras lo habitual entre los arquitectos es añorar construir lejos y triunfar por el mundo, esta proyectista se desesperaba por lograr el reconocimiento británico. Finalmente, ha sido en una ciudad alejada del ombligo londinense y con un trabajo aparentemente menor, de vocación temporal. La osadía merecía un ensayo en provincias, pero el paso está dado. Hadid ha triunfado en casa.

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Miedo a lo nuevo
julio 31, 2009, 7:00 pm
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FERNANDO DELGADO 28/07/2009

A la gente le cuesta aceptar a veces los proyectos bien pensados para la ciudad con carácter novedoso, pero cambia su opinión sólo con darse tiempo para hacerlos suyos. Y los hace suyos, de un modo casi inconsciente, por la costumbre. No supe cómo transmitirle esta convicción al taxista que no gustaba del templete de Sol, pero mantengo la esperanza de que él, como tantos otros, llegue a entenderlo por su cuenta. Nuestra mirada se educa sin recibir instrucciones. Y en el caso del templete de Sol me tranquiliza que se trate de un proyecto de Antonio Fernández Alba. Todo proyecto suyo, y éste no será una excepción, responde a la condición de espacio donde verdaderamente estar o por el que transitar. Se trata de un atributo de su obra, una obra en la que la belleza no está sola.

Cuando conocí a Fernández Alba, entre los iconoclastas del grupo El Paso, cómplice sosegado él de aquella aventura artística contemporánea, no lo imaginé nunca como un académico, y menos de la lengua. Pero hace unos años fue el encargado de recibirle en la Academia su amigo Emilio Lledó, que comparte con él una misma pasión por pensar. Y no es una mera casualidad que sean amigos ni que además de amigos sean cómplices. De ahí la oportunidad de que sus discursos resultaran coincidentes y complementarios la tarde en que el arquitecto llegó a la Academia. El de Fernández Alba, porque su visión del mundo no es un ejercicio de narcisismo intelectual, sino una desesperada revisión de la esquizofrenia contemporánea, y el de Lledó, porque busca en lo humano la desnuda verdad sin pamplinas, y con su certero retrato del nuevo académico no ofrecía un currículo, sino un modelo ético de los que tan necesitados estamos. Posee además Fernández Alba, como explicó Lledó con brillantez, una visión melancólica de la ciudad en la que no falta la piedad -qué hermosa palabra y desusado concepto- ni la amistad con los otros.

Es difícil, sin embargo, hacer llegar a los ciudadanos la poética con que nuestro arquitecto explica ahora que estas cúpulas madrileñas representan la villa que fue y la metrópoli que es y que buscaba en ellas un caleidoscopio urbano que acogiera el movimiento y tuviera la intención de acoger el tiempo. El arquitecto humanista conoce bien el valor de los símbolos, los nuevos y los viejos, y como ha hecho en esta ocasión sabe enmaridarlos. Sus definiciones no buscan un eslogan para la complacencia ciudadana. Él transita por la palabra, enamorado de ella, para tratar de explicarse con sentido crítico al ser urbano; quiere con las palabras salvarse y salvarnos del caos y el eclecticismo que reconoce en la ciudad moderna. Pero precisamente por todo lo anterior, no participo de su idea de que en Madrid se impone una cierta falta de tradición urbana que posee Barcelona y que han ido incorporando con aciertos otras ciudades españolas. Lo que pasa aquí es que todo cambio se somete a un debate con frecuencia estéril en el que logran tener más voz los gustos conservadores y castizos. Y esos gustos son a veces alimentados por una falta de pedagogía estética, incluso por la concesión que impone cierto cansancio en las determinaciones urbanísticas sobre los atrevimientos, con sus correspondientes demagogias y algaradas irreflexivas que permiten el triunfo de la conservación no razonable sobre el cambio, acaso por no darle al cambio los días que la razón requiere. En los tiempos en que Juan Barranco fue alcalde tembló Madrid por la sustitución de unas farolas en Sol y, como no se trataba de hacer un referéndum para sostenerlas, fueron eliminadas. Pero tal vez aquel rechazo, y no recuerdo ya ni cómo eran las farolas, no pasaba de responder al empeño de un grupo de presión que terminó imponiéndose a la gente que repetía sus argumentos. Decir, pues, que la estación de cercanías de la Puerta del Sol es “la joya de la corona”, como dijo el presidente Rodríguez Zapatero en los entusiasmos inaugurales de la obra, y repitieron con similar satisfacción los telediarios, puede resultar una anacrónica definición de un espacio tan moderno y hermoso como aquél. Pero se comprende que el presidente, que además hablaba de la estación como servicio logrado, tratara de entusiasmar con la frase hecha a esos madrileños renuentes a toda “novedad como principio de evolución” que ven en las cúpulas madrileñas una invasión de la plaza o el peligro de que Sol deje de ser Sol, tan emblema de Madrid para ellos como la misma Cibeles.

Madrid, a pesar de todo, no ha escapado a la arquitectura espectáculo, que suele atraer al común con cierta facilidad, pero es de celebrar que la austeridad de Fernández Alba haya constituido la apuesta para renovar la capital en su propio corazón simbólico. Su obra crea valor añadido, merece la pena como emblema, responde bien al espíritu de esta ciudad fusión.



La nueva arquitectura verde
junio 17, 2009, 1:12 am
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Sintético o natural, un aire vegetal arropa edificios de todo el mundo

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 16/06/2009

Lo hemos visto en el paisajismo. Ya no se trata de recortar boj para formar escudos ni de sembrar parterres con flores en las que brillen los colores nacionales. El arte topiario quedó muy atrás y un nuevo paisajismo, más reparador que decorador, prolifera en las ciudades. Así, mientras la reconversión de zonas industriales en espacios verdes lleva árboles a los extrarradios urbanos, el centro de las ciudades clama por espacios sombreados, húmedos y verdes.

En Seúl, el arquitecto coreano Minsuk Cho, del estudio Mass Studies, envolvió la tienda de la diseñadora de moda belga Ann Demeulemeester con un manto de musgo. Consiguió así una fachada viva que convierte el edificio en un pequeño generador de oxígeno. Minsuk Cho (1966) es un arquitecto global. Tras formarse en Seúl, estudió en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y luego trabajó en Rotterdam para Rem Koolhaas y su estudio OMA (Office of Metropolitan Architecture). Sin embargo, más que en Holanda, fue en el periplo de sus viajes de estudio y trabajo donde Cho aprendió a construir lo inesperado, a saber ver donde más cuesta hacerlo. Así, en este pequeño inmueble ha sabido llevar naturaleza donde ésta no parecía caber ni tener cabida.

También el centro de Tokio es un lugar reñido con la vegetación. Por eso dos tokiotas de adopción como la italiana Astrid Klein (1962) y el británico Mark Dytham (1964) optaron por dibujar cañas de bambú para levantar una sombra, una pantalla protectora, contra el exceso de sol. Su edificio-anuncio, en el centro de la capital nipona, tiene la fachada de vidrio cubierta por una pintura blanca y rota. Lo serigrafiado allí no son, en realidad, cañas de bambú sino la ausencia de las cañas, su vacío: los huecos de los tallos y las hojas del bambú sobre el fondo blanco. De este modo, recortando siluetas transparentes sobre la fachada blanca, esos vacíos dejan ver la luz verde del muro interior del edificio. El serigrafiado funciona así como una doble cara: sombrea el interior del edificio y agranda la mancha verde exterior sumándose a la vegetación del jardín.

Pero no todo es naturaleza versionada y posmoderna. También el primitivismo tiene cabida en la nueva arquitectura verde. La nostalgia y la levedad se dan la mano en un puente peatonal levantado por un catalán en Austin (Tejas) que recuerda más a un ingenio construido por Tom Sawyer y sus compinches que a una pasarela de vanguardia. Juan Miró (1964) es un barcelonés que se graduó en Madrid y estudió en Yale. En Estados Unidos conoció al puertorriqueño Miguel Rivera. Juntos forman uno de los estudios más sugerentes de Austin. Allí, su pasarela de acero oxidado está inspirada en los manglares que colonizan las orillas del río. Este puente no es una línea: la irregularidad de las barandillas se funde con un paisaje de ramas y arbustos.

Los trabajos de Miró y Rivera, Dytham y Klein y Mass Studies reconsideran lo que podría ser la arquitectura verde. Todos han sido seleccionados entre los 100 mejores proyectos de los últimos tiempos por un grupo de 10 críticos internacionales convocados por la editorial Phaidon. Es la tercera vez que esta editorial británica encarga a expertos de diversos países el canon de la última arquitectura internacional.



El aeropuerto-pájaro de Bofill
junio 14, 2009, 3:32 pm
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El arquitecto inaugura el martes la espectacular nueva terminal de Barcelona

CATALINA SERRA – Barcelona – 13/06/2009

¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es Superman? No. Tiene algo de las tres cosas, pero en realidad es la nueva Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona que ha diseñado Ricardo Bofill, en lo que algunos ya consideran una de las mejores obras de su larga trayectoria como arquitecto. Lo de Superman es broma, aunque teniendo en cuenta que el edificio, que se inaugura el próximo martes, tiene una superficie de medio millón de metros cuadrados, con capacidad de acoger 55 millones de pasajeros al año y una amplísima área de servicios, mucho de “súper” sí que tiene. Lo que es más cierto son las otras referencias. “La forma es vagamente metafórica, entre un avión y un pájaro, aunque las metáforas en arquitectura no pueden ser exactas”, explicaba ayer el arquitecto en su despacho, frente a una mesa amplia y casi vacía en la que sólo destacaban las hojas en blanco en las que dibuja sus proyectos.

Empiezo a trabajar siempre en esta página en blanco. Me encierro dos días aquí, en el despacho, y sin otras referencias me pongo a trabajar. Solo, porque la arquitectura es cosa de equipo, pero cuando defines el concepto y tienes que plasmar en una línea la síntesis de las ideas de un proyecto estás solo contigo mismo, con tu experiencia y con lo que sabes. Esta parte de definir mentalmente lo que quieres es lo que más me gusta de la arquitectura, lo más difícil y lo más bonito. Es la parte mágica de la arquitectura, lo más creativo”.No es fácil, como explica Bofill, plasmar en un boceto la complejidad de un proyecto de esta envergadura. “Este aeropuerto es I+D, es investigación aplicada tanto desde el punto de vista de la construcción como de la logística de las múltiples funciones que hay que combinar”, explica. “El de Madrid y éste son los dos artefactos más complicados que se han hecho en España”. Pero, añade, “lo que llena de satisfacción es ver después de 10 años que la línea que dibujaste se ha hecho realidad”.

El edificio de la terminal tiene dos grandes bloques principales, uno ancho en el que se realiza la facturación, seguridad y recogida de equipajes, y otro longitudinal en la que están las zonas de embarque y espera. Además, está conectado con el parking y la estación intermodal (donde en el futuro llegará el metro y el tren de Cercanías) con una pasarela en cuya parte superior se ha situado un centro comercial. Al contrario que la terminal actual, cuya ampliación también realizó Bofill, que era lineal (del estilo de la T-4), ésta es compacta y vertical, con varios pisos, gran parte de los cuales son subterráneos y destinados a la logística. Pero lo más destacable es su claridad, con muchas zonas con iluminación natural tamizada, con vistas al mar y a los humedales del delta del Llobregat y una separación de espacios que permite orientarse sin necesidad de señales. “Intento que la arquitectura sea clara y sencilla, que la gente no se pierda en el circuito”, explica el arquitecto, que ha aplicado su experiencia de viajero al proyecto. “Antes, un aeropuerto era una máquina funcional, pero ahora es también un lugar de uso en el que la gente compra, trabaja, come y descansa. Es un mundo aparte. Lo importante es que se esté bien dentro y que los espacios sean tranquilos, con zonas variadas para que si hay que estar dentro varias horas la espera sea agradable”. El edificio también es sostenible (con miles de placas solares) y funcional, aunque a lo que no ha renunciado Bofill es a que también sea bello: “Parece ser que esto es poco progresista, pero a mí me gustan la inteligencia y la estética”.



Puig i Cadafalch se tiró a la piscina
junio 2, 2009, 3:47 am
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La reforma de Sant Miquel de Terrassa suprime la restauración del arquitecto

JOSÉ ÁNGEL MONTAÑÉS – Barcelona – 01/06/2009

El arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch es autor de edificios barceloneses tan destacados como la Casa Amatller, el Palau Macaya y la Casa de les Punxes, que siguen despertando admiración. También restauró numerosos edificios medievales. Durante años excavó y rehabilitó el conjunto de iglesias formado por Santa Maria, Sant Miquel y Sant Pere de Terrassa. En Sant Miquel identificó un baptisterio de época visigótica y, al restaurar el edificio, decidió reconstruir, en el centro, una piscina octogonal como la que él creyó que se utilizó a partir del siglo IV para bautizar a los nuevos cristianos. Puig i Cadafalch se equivocó.

La Dirección General de Patrinonio la Generalitat ha sido quien ha enmendado la plana a Puig i Cadafalch. En una nueva restauración se ha eliminado la piscina al no encontrarse en las investigaciones indicios de que hubiera existido nunca. Así, el edificio ha perdido el significado de baptisterio; un uso que Puig utilizó en su tesis de que el arte románico catalán era un estilo nacional sin conexiones con el del resto de España, pero que la arqueología niega ahora. Los últimos trabajos apuntan una función totalmente contraria del edificio: fue un mausoleo.

El conjunto de los tres edificios fueron desde el siglo IV la sede del obispado de Egara. “La construcción de las primeras catedrales provocó la desaparición de este tipo de edificación de principios del cristianismo que en Terrassa se ha mantenido”, afirma el arquitecto Alfred Pastor, responsable de la restauración. Explica que la decisión de suprimir la intervención de Puig i Cadafach fue “meditada y dura de tomar”. Y añade: “Sé que puede suscitar polémica, pero las evidencias arqueológicas, geológicas y arquitectónicas no apuntaban a que el edificio fuera un baptisterio”.

Este arquitecto del Servicio de Patrimonio Arquitectónico de la Generalitat ha coordinado un equipo multidisciplinar para devolver el aspecto original a Sant Miquel. Se ha exhumado un deambulatorio oculto alrededor del edificio, se han abierto dos de las puertas de acceso originales; se han restaurado las pinturas y el pavimento de opus signinum (cal, arena y sílice), se han limpiado las celosías y eliminado el cemento rápido que Puig i Cadafalch usó entre los sillares. En el lugar que ocupaba la piscina, se ha colocado una losa cuadrangular de mármol travertino flotante. “Una intervención reversible”, subraya Pastor.

Los trabajos realizados en Sant Miquel (con un presupuesto de 400.000 euros) se incluyen en el plan director aprobado en 1998 por el Ayuntamiento de Terrassa y la Generalitat para restaurar los tres edificios y hacer visitable el conjunto. Tras la rehabilitación de Santa Maria, sólo falta intervenir en Sant Pere. En aquélla el problema, según Pastor, fue hallar el equilibrio entre arquitectura y restos arqueológicos. Se ha colocado un suelo de láminas de madera que deja ver las construcciones anteriores, sobre todo cuando se ilumina la parte inferior. Esto permite celebrar la liturgia con normalidad.



Arquitectura sin maquillaje
junio 2, 2009, 3:45 am
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El museo Can Framis reivindica la antigua pobreza de un barrio barcelonés

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 02/06/2009

Barcelona ha echado el freno. El nuevo vecino de la Torre Agbar de Jean Nouvel y del estilizado hotel de Dominique Perrault no quiere maquillajes. El museo Can Framis prefiere antes un collage que revela los ladrillos y el hormigón basto de la vieja industria del barrio barcelonés Poble Nou que las nuevas pieles que empieza a gastar el vecindario. El arquitecto Jordi Badía lo tuvo claro. Un museo en el que exponer arte catalán contemporáneo no podía ignorar los cimientos del antiguo barrio fabril. Guinovart y Tàpies tienen más que ver con los viejos ladrillos que con los brillantes muros cortina de los nuevos rascacielos.

Poble Nou (Pueblo Nuevo) nació en el siglo XVII en el extrarradio barcelonés, cuando la abundancia de agua, el bajo precio de los terrenos y la cercanía al corazón de la ciudad fomentaron la aparición de pequeños talleres textiles. Luego llegaría la industria y, posteriormente, la electricidad. Fue ese crecimiento pausado lo que hizo del barrio un lugar singular, una especie de polígono con forma de pueblo en el que los quioscos y las fuentes convivían con las chimeneas. Allí los trabajadores convivían familiarmente con la industria. Hasta que, en los años setenta, esa industria pequeña empezó a desaparecer. Fue entonces cuando Poble Nou dejó de ser nuevo. Y el barrio empezó a cambiar.

Hace algo más de una década, cuando el consistorio barcelonés optó por rebautizar parte de Poble Nou como el 22@, más que cambiar, el vecindario se transformó: los diseñadores tomaron las calles, las bicicletas volvieron a circular, subieron los alquileres y a la señora Pepeta le llegaron vecinos cosmopolitas. Así, la antigua arquitectura fabril, la mayoría de nula calidad arquitectónica, desapareció bajo la piqueta o reconvirtió su pasado industrial en nuevos lofts de diseño. Pocos vecindarios habitados de España se habrán transformado tanto en tan poco tiempo.

En menos de un lustro, arquitectos como Nouvel, Perrault o Herzog & De Meuron aterrizaron en los solares vacíos. Eran, son, las nuevas estrellas de la zona. Sus edificios han llevado al viejo barrio a las revistas internacionales. Sólo que esos inmuebles tan brillantes… no acaban de cuajar. Como les ocurre a algunas estrellas del fútbol galáctico, esos iconos no se adaptan, no hacen amigos. No se hacen con el lugar aunque sobresalgan, como islas, en medio de un paisaje desconocido.

Por eso llama la atención este nuevo edificio que, enfrentándose al nuevo mundo del barrio, consigue, sin embargo, anclarse en él. Fue un mecenas como los antiguos, el farmacéutico Antoni Vila Casas, quien decidió salvar una antigua fábrica y apostar por la cantera local: el pasado del barrio. Se trataba de transformarla en Can Framis, un museo de arte contemporáneo catalán.

El arquitecto Jordi Badía entendió el encargo. Allí no se pedían fuegos de artificio. La apuesta era bajar del pedestal al museo. Llevar el arte a la calle. Se trataba de trabajar con materiales crudos, formas despojadas y volúmenes rotundos: la especialidad de su estudio, BAAS arquitectos. Badía partió de dos naves industriales, que ha restaurado y ha unido ahora con un nuevo edificio. La suma de los tres inmuebles forma una gran plaza por la que se accede al museo. Una nueva capa de hormigón y pintura, en la que se puede entrever la vieja y deteriorada piel de los inmuebles, contrasta con la alta tecnología que gastan los edificios del entorno.

Con este museo, la labor que la Fundación Vila Casas quiere hacer por la cultura catalana se multiplica. Can Framis no sólo expone arte catalán contemporáneo. También su arquitectura habla. Y el mensaje es rotundo: muros, luz y espacio público. No hace falta mucho más. Eso sí, el anclaje físico y social de los edificios precisa tiempo. Cuando la hiedra se apodere del pavimento, los álamos blancos y el nuevo verde compondrán una mancha húmeda que, asegura el arquitecto Jordi Badía, “contrastará con el olor a nuevo del entorno”.



“Me preocupan los edificios feos más que las extravagancias”
mayo 28, 2009, 12:51 pm
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F. S. – Valencia – 28/05/2009

Aaron Bestsky, (Montana, Estados Unidos, 1958), comisario de la Bienal de Arquitectura de Venecia, organiza la muestra ‘Los confines del tiempo’ intentando dejar de lado el concepto arquitectónico. “Tiene que ver más con las fronteras, de traspasarlas, de ir más allá de los confines”.

Pregunta. ¿De qué parte?

Respuesta. Estaba muy interesado en exponer algo que rechazase las fronteras, que las evitase, que no estuviese de acuerdo con ellas. Por eso también tiene un tinte político, pero sin ser retórico.

P. ¿Los arquitectos olvidan hacer obras habitables, usables?

R. No sé lo que hacen los arquitectos en general. Pero estoy muy interesado en esos artistas y arquitectos que se plantean cómo poder plasmar su obra dentro del mundo real en el que vivimos, con todas las implicaciones políticas o sociales que puedan tener. Esta idea es la que presenté en la Bienal.

P. Pero cada vez reciben más críticas. ¿Le preocupa?

R. Estoy más preocupado por esos edificios feos, poco pensados, mal concebidos que además son un gasto y un desperdicio, que por las grandes extravagancias artísticas que está haciendo alguien como Santiago Calatrava.

P. ¿En el pasado era mejor?

R. No debemos confundir la arquitectura con la construcción. Si pensamos cómo un arquitecto establece las relaciones sociales, las jerarquías políticas al crear algo nuevo, vemos que es algo distinto de construir un edificio. Los buenos arquitectos siempre se han preocupado de pensar en todas las implicaciones, en la forma estética y en el futuro de sus obras.

P. ¿Qué artistas están abriendo campos inexplorados?

R. Muchos. Que haya tantas personas a las que admiro es la razón por la que me involucro en estos proyectos. En esta exposición no hay muchos arquitectos, otros artistas puedan explorar la arquitectura a través de la pintura, la escultura e incluso de la fabricación de muebles.