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Arquitectura y autócratas
agosto 18, 2007, 2:01 pm
Filed under: Arquitectura Mexicana, Cambio

La arquitectura grandiosa, de enormes pretensiones, ha sido el rasgo característico de los autócratas

Alejandro Vázquez Cárdenas/Colaboración especial

Miércoles 15 de Agosto de 2007
Históricamente demostrado, la arquitectura grandiosa, o cuando menos de enormes proporciones, ha sido un rasgo característico de los autócratas.
Recurso empleado consistentemente por entes poderosos, desde esas enormes tumbas que son las pirámides egipcias, pasando por el resto de las maravillas del mundo antiguo, cuyo denominador común en la mayoría de ellas es la grandiosidad, hasta las enormes construcciones que entusiastamente han desarrollado países del sudeste asiático (torres Petronas) y varios reinos árabes. Todas compiten en enormidad, grandiosidad, volumen, lujo y ostentación. Su utilidad está supeditada a la imagen. Importa el mensaje, el edificio en sí, y, obviamente, quién o quiénes lo hicieron posible. El vínculo entre el poder y el arte de las edificaciones es sólido. La arquitectura puede y es una demostración de fuerza, poder, aviso al mundo, elemento de cohesión y también una presencia intimidante.
En la historia moderna pocos arquitectos han sido tan emblemáticos como Albert Speer. Conocido como el gran arquitecto del tercer Reich, también llamado el arquitecto del diablo. Fue el arquitecto jefe de Adolf Hitler, y por circunstancias de la guerra llegó a ministro de armamento. Juzgado en Nuremberg fue condenado a 20 años de prisión.
Profesional honesto, incansable y metódico, hacía uso de sus influencias y se hacía valer en las esferas del régimen nazi. Speer aprovechó estos contactos para potenciar su desarrollo profesional, aunque no su progreso político. «A comienzos de 1939, cuenta Speer, Hitler trató de justificar ante varios personajes su estilo arquitectónico: ¿Por qué siempre lo más grande? Lo hago para (…) poder decir a cada alemán, en cientos de campos distintos: nosotros no somos inferiores». Speer confirma haberse «embriagado» con tal desafío y revela que, un día, en 1937, «Hitler y yo (…) nos hallábamos solos ante mi maqueta del estadio destinado a 400 mil espectadores. (…) Le advertí una vez más de que mi campo de deportes no tenía las dimensiones olímpicas reglamentarias. A lo que Hitler respondió, sin cambiar de tono, como si se tratara de algo natural e indiscutible: Eso no importa. En 1940 los Juegos Olímpicos todavía se celebrarán en Tokio. Pero después van a celebrarse en Alemania para siempre, en este estadio. Y entonces seremos nosotros quienes determinemos cuánto mide el campo de deportes».
Uno de los primeros encargos después de ese ascenso fue el probablemente más conocido de todos sus diseños: la tribuna del campo Zeppelin, el área de desfiles de Nuremberg, que se puede ver en El triunfo de la voluntad, obra maestra de la propaganda dirigida por Leni Riefenstahl. Utilizó como base de partida la antigua arquitectura dórica del altar de Pérgamo, pero ampliada a una escala enorme, capaz de albergar hasta 240 mil personas.
Pero en México, país pobre (o pobre país) del tercer mundo, también tenemos nuestros autócratas y por lo tanto también tenemos nuestros intentos de mega-arquitectura, aunque no tenga congruencia ni lógica su construcción. Basta leer detenidamente el intento de construcción de la llamada «torre del bicentenario», edificio en forma de un enorme ataúd vertical, de gusto bastante discutible, y que para rematar el desatino se ha pretendido ubicarlo en el peor sitio posible de la Ciudad de México.
Ya veremos cómo evoluciona el proyecto.

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