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Arquitectura: Burj Dubai, rumbo al cielo [estudio norteamaricano SOM].
agosto 26, 2007, 4:14 pm
Filed under: Dubai, SOM


MTI /Agencias/ Javier Díaz
Agosto 25, 2007

El rascacielos Burj Dubai alcanzará una altura final superior a los 808 metros, lo cual le hará superar en 300 metros al Taipei 101, que posee el titulo de -Edificio más alto del mundo- en la actualidad. Alcanza a dia de hoy (Agosto 25, 2007) una altura que supera ya las 141 plantas

Este Estado árabe, destino por excelencia del turismo más lujoso del planeta, estará si cabe todavía más cerca del paraíso gracias a la construcción de la torre “Burj Dubai”, que, con sus 512 metros de altura se ha convertido, y eso que todavía está en construcción, en el edificio más alto del mundo.
Dubai, uno de los siete Estados que pertenece a los Emiratos Árabes Unidos, lucha por convertirse en la capital mundial de la modernidad. Su nombre, que ya es un sinónimo del turismo de lujo, espera ser pronto asociado al mayor centro comercial del planeta.
Atrás quedaron los enormes rascacielos neoyorquinos de las películas, la torre “Burj Dubai” se ha convertido ya en la más alta del mundo y “eso que todavía está en construcción”. Con sus 512 metros de altura y sus 141 niveles, este rascacielos ha desbancado al asiático “Taipei 101”, que hasta el momento tenía el récord con sus nada despreciables 508 metros.
Se espera que la “Burj Dubai” o “Torre Dubai” alcance los 800 metros, aunque su altura es todo un secreto. El proyecto, que comenzó a construirse a principios de 2004 ya ha superado los 500 pero se cree que superará ampliamente los 600 metros e incluso que sobrepasará los 800.
Su creador, el arquitecto estadounidense Adrian Smith, sólo ha dicho que “Burj Dubai” va a ser “sobradamente el edificio más alto del mundo” y tendrá un aspecto que enlazará la tradición islámica con la arquitectura ultramoderna occidental.

Carrera hacia el cielo
El rascacielos, cuya construcción ha costado a la empresa surcoreana Samsung, encargada del proyecto, más de 1.000 millones de dólares, será el eje central del futuro barrio de “Downtown Burj Dubai”, que albergará al mayor centro comercial del planeta.
El proyecto global, de 20.000 millones de dólares, espera convertir a la ciudad en la meta del turismo mundial, pues los ya de por sí altos edificios y rascacielos de la ciudad se verán acompañados de uno de los complejos arquitectónicos más modernos y atrayentes del planeta.
Otras ciudades del mundo no han querido quedarse atrás en esta competición por embellecer sus ciudades y disponer entre sus calles de todo un símbolo de modernidad y poder. Las autoridades de Seúl, capital de Corea del Sur, ya han informado que su ciudad será la sede del segundo edificio más alto del mundo.
El rascacielos, que será construido en 2013, tendrá 620 metros de altura y estará situado en Yongsan, en pleno centro de la ciudad surcoreana, dentro de un complejo internacional de negocios.
Pero este no es el único proyecto surcoreano porque están en marcha otros siete para construir edificios de más de cien pisos en los próximos años.

China también
a la caza
El gigante asiático, que ya cuenta con varios rascacielos de gran embergadura, espera inaugurar en 2008 una nueva torre, el Shanghai Hills WFC, que con sus 492 metros de altura y sus 101 pisos se convertirá en el edificio más alto del país.
La nueva edificación, que todavía se encuentra en construcción, tendrá una capacidad para 40.000 personas y será 72 metros más alta que el mayor rascacielos del país, la torre Jin Mao —que cuenta con 88 pisos y 420 metros—y dejará atrás a otras preciosidades arquitectónicas chinas como la Two International Finance Centre de Hong Kong —de 415 metros—la CITIC Plaza de Guangzhou —de 391 metros—, o la Shun Hing Square —de Shenzhen- de 384 metros.
Las nuevas construcciones asiáticas parecen haber tomado el relevo a los míticos edificios norteamericanos. Tan sólo varios rascacielos como el Sears Tower de Chicago —de 442 metros— o el Empire State Building de Nueva York —de 381 metros— se mantienen vivos entre la lista de los edificios más altos del planeta.
Con su cuarto y noveno lugar, respectivamente, Estados Unidos parece haber cedido definitivamente la vanguardia arquitectónica al continente asiático que, con sus altas torres, se ha convertido en el nuevo símbolo del modernismo.

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Repensar la Torre de la Libertad
marzo 17, 2007, 3:43 pm
Filed under: NY, SOM

El proyecto está signado por la soberbia personal y la conveniencia política. Su basamento blindado transmite intolerancia y desconfianza hacia el resto del mundo.

NICOLAI OUROUSSOFF. Crítico de arquitectura de The New York Times.

El Ground Zero vivió su propia fatiga de guerra. A cada nuevo paso del proceso de reconstrucción se pidió a los neoyorquinos que adoptaran la retórica de la renovación, sólo para presentárseles luego imágenes de una ciudad que permanece en un estado de confusión y engaño. Si cerraramos los ojos, podríamos pensar que todo va a desaparecer.

Sin embargo, el esperado anuncio de que el gobernador Eliot Spitzer respaldará la construcción de la Torre de la Libertad puede significar el fin de toda esperanza de devolver una visión amplia —o cierto grado de cordura— a un proyecto signado por la soberbia personal y la conveniencia política.

El reciente debate sobre la torre se concentró exclusivamente en los valores inmobiliarios. En momentos en que el desarrollador Larry Silverstein se dispone a construir casi 600.000 metros cuadrados de oficinas en tres edificios junto a la Torre de la Libertad, algunos cuestionan si será posible alquilar una parte suficiente del proyecto de 3.000 millones de dólares a niveles adecuados para que el mismo resulte rentable. Es muy probable que la carga simbólica de la torre desaliente a los posibles inquilinos por temor a que ésta pueda ser un blanco para terroristas. La sugerencia de que llenemos el edificio con reparticiones gubernamentales es casi perversa.

Pero el problema no es sólo si puede obligarse a suficientes burócratas a trabajar ahí algún día, sino también qué expresa el edificio como obra arquitectónica. El gobernador Spitzer puede recordar la presencia de las Torres Gemelas en el horizonte urbano, una presencia al mismo tiempo orgullosa y amenazadora. La Torre de la Libertad tendrá un efecto igualmente fuerte en la vida cotidiana de los neoyorquinos, así como en la imagen de la ciudad en todo el mundo. Su mensaje, sin embargo, será muy diferente del de las viejas torres.

La Torre de la Libertad, cuyos extremos acanalados y estructura ahusada evocan un obelisco de vidrio pantagruélico, fue rediseñada apresuradamente hace más de un año, luego de que especialistas en terrorismo cuestionaron su vulnerabilidad a un atentado con explosivos. Su forma abultada, que rehicieron Skidmore, Owings & Merrill, recuerda vagamente lo peor del historicismo posmoderno. (Es increíble que el revestimiento de vidrio no se haya reformulado en granito.)

Ciudades como París, Londres y San Francisco organizaron hace poco grandes concursos arquitectónicos para el diseño de las torres que caracterizarán su horizonte. Atrajeron gran cantidad de arquitectos talentosos y ambiciosos, y muchos de esos diseños expanden los límites tecnológicos y estructurales al tiempo que repiensan los rascacielos como parte de una visión urbana holística.

Hasta en Nueva York, que en los últimos diez años quedó rezagada en relación con buena parte del mundo en lo que respecta a ambiciones arquitectónicas, proyectos como la nueva Torre Hearst de Norman Foster indican la vigencia de criterios más exigentes para el diseño de estructuras urbanas.

De construírsela, la Torre de la Libertad sería un constante recordatorio de nuestra pérdida de ambición y de nuestra incapacidad para generar una arquitectura que exprese una genuina confianza en el futuro colectivo de los Estados Unidos en lugar nostalgia por un pasado inexistente.

En ningún lugar esa pérdida de ambición se hace más evidente que en la base de la torre. En una sociedad en la que el contrato social que nos une se está debilitando, los arquitectos más incisivos encontraron formas de crear una relación más fluida entre los ámbitos público y privado. El lobby de la Phare Tower de París, de Thom Mayne, por ejemplo, está pensado como extensión del ámbito público, ya que incorpora el paisaje urbano que lo rodea e incursiona en el espacio subterráneo para brindar acceso a una red de trenes.

La Torre de la Libertad, en cambio, está pensada como una fortaleza inexpugnable. La base, un búnker de hormigón de veinte pisos, sin ventanas, que contiene el vestíbulo y muchos de los sistemas mecánicos de la estructura, está revestida con paneles de vidrio laminado a los efectos de obtener un aspecto atractivo, pero el mensaje es el mismo. Transmite más paranoia que resistencia y tolerancia. Es un edificio blindado contra un mundo exterior en el que ya no confiamos.

No hay motivos para aceptar semejante destino. Todavía falta un año para que empiece a erigirse el edificio y los cimientos podrían terminarse mientras se lleva a cabo un proceso de reformulación del diseño. Mientras tanto, podría iniciarse la construcción de las torres de Silverstein en el lado sur, mucho más fáciles de alquilar.

Por supuesto, el gobernador Spitzer tendría que mostrarse dispuesto a aventurarse en uno de los predios con mayor carga emocional y política del mundo a menos de tres meses de haber asumido. Para ello primero debe aceptar que el mensaje de la Torre de la Libertad no se dirige sólo a los neoyorquinos obsesionados por los bienes raíces, sino al mundo, y que el mensaje que transmite ahora es nuestro peor aspecto.