Noticias de Arquitectura


Crisis y arquitectura
mayo 19, 2009, 3:14 am
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JOSEP MARIA MONTANER

La crisis inmobiliaria, financiera y productiva se acusa en todos los ámbitos, y la arquitectura catalana no es una excepción: los encargos privados han bajado en picado y una parte de la obra pública se ralentiza a la espera de que escampen las nubes de la incertidumbre. Muchos despachos están reduciendo su plantilla, cuando no cerrando; una reducción que ya amenaza a las escuelas privadas de arquitectura y que ya ha afectado al Colegio de Arquitectos de Cataluña, que ha sido tan poco previsor ante los avisos recibidos desde 2004 sobre la explosión de la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, que haya crisis no significa que no hagan falta arquitectura y urbanismo. Hacen falta más que nunca: viviendas asequibles y nuevos barrios ecológicos; reparaciones, rehabilitaciones y reformas; equipamientos de proximidad y espacios públicos. Ante la crisis, cada saber y profesión debería aprovechar para reestructurarse y no para estar suspirando por que vuelva el capitalismo del pelotazo.

Porque no se trata de que salgan indemnes las grandes obras, como el trazado de AVE, y los grandes embolados, como el anunciado Instituto de Arquitectura de Barcelona, de promoción privada; ni de que reciban la peor parte, como siempre, los sectores más débiles de la sociedad y se escatime en obras de apoyo social, en equipamientos educativos, en intervenciones para rehacer el patrimonio o en la implementación de medidas hacia la sostenibilidad.

Lo que se necesita es buena arquitectura para la gente, promover iniciativas y experimentos entre los jóvenes proyectistas y diseñadores. Se buscan arquitectos con visión política y crítica. Faltan técnicos para los movimientos sociales urbanos. Los arquitectos han ido perdiendo relación con la realidad y peso dentro de la sociedad, convertidos en servidores del poder. Es de esperar que la crisis sea ocasión para replantear la profesión, que se reinterprete su compromiso con la sociedad, se propongan nuevas éticas, más ecológicas y participativas, y se vuelva a valorar la cultura crítica.

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El diseño apisonadora
marzo 18, 2009, 4:18 am
Filed under: Montaner, Pais

JOSEP MARIA MONTANER 14/03/2009

Para los Juegos Olímpicos se elaboró un vídeo titulado Transformació d’una ciutat olímpica 1986-1992, en el que se veía, en imágenes muy veloces, la transformación de diversas áreas estratégicas de Barcelona, que dejaban de ser campos, terrenos baldíos, tejidos industriales, barrios antiguos e infraestructuras obsoletas para convertirse en una ciudad olímpica homogénea. Pero lo que pretendía ser un documento propagandístico, a ojos de algunos se convertía en imagen terrorífica de la apisonadora que lo arrasa todo por igual para hacer una ciudad uniforme. He aquí una de las raíces del urbanismo y la arquitectura de los últimos años, que surgen como reacción contra lo diferente, lo pintoresco y lo informal. Parece que los que planifican teman la diversidad y la permanencia de memorias incómodas.

Ello se comprueba en los proyectos urbanos que intentan sistematizar las vertientes de la montaña de Montjuïc y reducir el heterogéneo conjunto de la Satalia a un trazado unitario que continúe la ciudad formal; en ciertos puntos de Els Tres Turons, donde el bulldozer está esperando para eliminar patios, medianeras, palomares y casas autoconstruidas; en Vallcarca, donde las torres, con ancianos y okupas, han resistido gracias a una topografía tan inclinada que hace difícil pasar la aplanadora; o en Mataró, que va a sacrificar la fábrica de Can Fàbregas para instalar unos grandes almacenes. Y ya se ha consumado en el Poblenou, donde ha desaparecido gran parte de su memoria obrera e industrial; o amenaza ahora a la Barceloneta, donde la finalización del Hotel Vela anuncia que el único barrio que había resistido sin hoteles de cinco estrellas va a tener uno en situación estratégica para engullirlo.

Hay un tipo de arquitectura de centro cívico que se repite en cualquier ciudad catalana: exteriores geométricos y abstractos e intensa iluminación artificial para unos interiores fríos con repetitivo mobiliario de serie. Se quiere arrasar con los ambientes híbridos donde las personas se han reunido hasta ahora: cafés, bares, ateneos y casinos populares; lugares llenos de historia, con muebles diversos y antiguos. La arquitectura del control que se despliega en estos equipamientos públicos es para reuniones pautadas e integradas, y no para el encuentro híbrido, de complicidades y cultura crítica.

Un ejemplo de este rechazo administrativo de lo antiguo es el de La Violeta en Gràcia, un bar tradicional en planta baja, con un espacio polifuncional en la planta superior dedicado a teatro y sala de baile. De propiedad municipal desde que hace unos años se consiguió salvarla del derribo, ahora el distrito no renuncia a transformarlo y anuncia la convocatoria de un concurso de proyectos: qué mejor que cargarse el ambiente conspiratorio, ocioso y humeante de un bar antiguo, dejando como contrapartida que se salven las fachadas y se resitúen las columnas de hierro colado en una escenografía.

Para este caso habría soluciones razonables. Es cierto que el edificio de 1893 está envejecido y se ha de mejorar su estructura, construcción e instalaciones, pero si se conserva el espacio de la sala del bar y del billar, y la pieza superior del teatro, incrementando una planta el edificio y rehaciendo totalmente la crujía de la calle de Maspons, para situar en vertical los servicios contemporáneos, se puede cumplir el Plan de Usos aprobado por el Consejo Rector de la Violeta para convertirla en un equipamiento polivalente. Sería una barbaridad pasar también la apisonadora del diseño homogeneizador por un espacio como el bar, que ha durado décadas y que, con sus columnas, doble altura, cristales de colores, sillas antiguas y mesas de mármol, es un símbolo del barrio.

La necesidad de inaugurar, la preferencia por arquitecturas convencionales, tener que recurrir a mobiliario de serie de proveedores para la Administración y una intención implícita de control explican esta tendencia a la homogeneización. Pero más allá de razones prácticas, convendría hacer un psicoanálisis colectivo para desvelar por qué a los catalanes con poder o con dinero les da tanta grima lo antiguo y lo pintoresco y quieren eliminar todo lo que huela a popular. Deben de necesitar olvidar aquella “Barcelona cuando era pobre, humilde y acogedora” en los poemas de Joan Margarit. Otra pista nos la puede dar el hecho de que España y Portugal, emblemas de la destrucción del territorio costero, la expansión incontrolada de sus ciudades y el poco cuidado por el patrimonio, no entrasen en la Segunda Guerra Mundial. Para la Europa que sufrió la destrucción bélica, derribar es símbolo de guerra; para los nuevos ricos ibéricos es signo de modernización y ganancias. Como en aquel vídeo de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la ETSAB-UPC.



Olvido de la cultura del espacio público
febrero 15, 2009, 9:42 pm
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JOSEP MARIA MONTANER 07/02/2009

Barcelona se había convertido en los años ochenta y principios de los noventa en modelo por su cultura del diseño del espacio público. Hoy dicha cultura se está perdiendo y, si se ha desarrollado, ha sido trasladándose a la escala del de la región metropolitana y de los parques territoriales, donde a partir de los años noventa se han realizado intervenciones memorables. Queda ya poco de la capacidad de proyectar espacio público en Barcelona capital. Obras como la plaza de Lesseps o como el Parc Central del Poblenou son una muestra del estancamiento y de la pérdida de una manera de saber hacer.

La cultura del espacio público urbano se recuperó a principios de los años ochenta, con la política municipal democrática, que entendió que lo más urgente y reclamado por los movimientos sociales urbanos eran los espacios públicos, y con las obras de autores que, como Enric Miralles y Carme Pinós, no aprendieron a proyectar el espacio público en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, sino en Italia y con los arquitectos del Team X, especialmente en los cursos del ILAUD (The Internacional Laboratory of Architecture and Urban Design) de Urbino y Siena, dirigido por Giancarlo de Carlo.

En una siguiente etapa las obras pasaron a ser realizadas por una prometedora generación de arquitectas y paisajistas, como Bet Figueras (Jardín Botánico y las tres manzanas en la Vila Olímpica), Beth Galí (Fossar de la Pedrera), Imma Jansana (parques en el Baix Llobregat), Teresa Galí-Izard (paisajista colaboradora de estudios de arquitectura) y Carme Fiol y Andreu Arriola (Parc Central de Nou Barris). Pero esta nueva tradición, protagonizada por arquitectas catalanas, le ha sabido a poco al poder local.

A este olvido ha contribuido la incapacidad de hacer autocrítica que caracteriza al urbanismo de esta ciudad; de no aprender de la experiencia de lo que se ha hecho, intentando repensar el sistema de parques que se ha ido realizando; procurando mejorar pavimentos, mobiliario y vegetación; teniendo en consideración los usos del espacio por parte de todas y todos, y para todas las edades, y empezando a corregir defectos: ínfimos espacios destinados a juegos infantiles; total escasez de bancos, para las personas que cuidan a los niños, para reunirse o para descansar; falta de baños públicos, etcétera. Esta evolución frustrada ha comportado que dicha cultura no haya llegado a madurar y se haya diluido.

En los últimos años, los encargos representativos se han adjudicado a grandes despachos, como el de Jean Nouvel, y a viejas glorias, como Albert Viaplana. El Parc Central del Poblenou es un compendio de errores que sigue chupando presupuesto público y del que queda pendiente reclamar responsabilidades: ¿quién o quiénes eligieron el proyecto de Nouvel, autorizaron esta obra y aprobaron unos presupuestos desorbitados? Nouvel no sólo despreció totalmente que fuera un parque seguro, satisfactorio y relacionado con el entorno, sino que olvidó que tuviera suficientes juegos para niños y ahora se ha tenido que programar que este fracasado “parque de autor” sea remodelado por el mismo autor, para que sirva para algo más que para ser fotografiado.

Y las intervenciones de Albert Viaplana en las plazas de Lesseps y Europa, ésta en L’Hospitalet del Llobregat, ponen en evidencia el recurso a unos repertorios estancados. La remodelación de la plaza de Lesseps ha sido el resultado de un laborioso proceso de participación, que definió las diversas áreas, replanteó flujos y elaboró secciones. Pero por exceso de confianza se dejó que el arquitecto, que se cree artista y no un técnico al servicio de la sociedad, pudiera colocar lo que quisiera. Vigas, palios y voladizos gigantes quedan como reliquias de un siglo pasado en el que cierta arquitectura se creyó arte, cayendo en el ridículo de simplificar su complejidad y negar su necesidad de adaptarse al contexto y al entorno social. Lo que se esparce sobre la plaza son restos de otra época, es el canto del cisne de una manera impositiva y arbitraria de diseñar parques artificiales, que va a dominar durante un tiempo sobre una plaza que debería haber sido totalmente para el barrio y no una pretendida obra de artista. Por eso la cuestión no es la del “estilo de diseñador”, que argumentaba Oriol Bohigas en estas mismas páginas, sino algo más profundo: se trata de la revisión de los sistemas para realizar el proyecto urbano contemporáneo, que se han de basar más en la sociedad, en el conocimiento y en saber aprender de la experiencia que en las pretendidas habilidades del autor individual. Y por ello en esta ciudad, que había conseguido crear una propia cultura del espacio público, al no saber apreciarla, valorarla y revisarla, en unos pocos años se ha estancado y se ha diluido.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la ETSAB-UPC.



El derecho a la memoria urbana
septiembre 13, 2008, 9:32 pm
Filed under: Montaner, Pais

JOSEP MARIA MONTANER 06/09/2008

Entre los nuevos derechos a reclamar está el derecho a hacer visible la memoria de los movimientos sociales urbanos, algo que puede parecer obvio, pero que es negado en la medida que la memoria de las reivindicaciones vecinales va siendo sistemáticamente borrada. De esta manera, parece que la ciudad, tal como es, es un resultado natural: así ha sido planificada y construida. Se olvida que uno de los motores esenciales de las mejoras sociales y de una parte importante de los edificios y espacios públicos son los movimientos urbanos, cuya memoria el poder tiende a ir lavando y blanqueando, construyéndose una historia falsa, que lleva a presentar hoy una Barcelona burguesa del modernismo, de la que se ha borrado la memoria industrial y obrera de los barrios que la hicieron posible, como si la arquitectura de los propietarios hubiera salido de una riqueza innata, heredada o nobiliaria.

Tal como señalaba la exposición En transición en el CCCB, un proceso emblemático en la Cataluña de la transición fue la defensa de la calidad de la enseñanza pública, culminando en luchas como la que entre 1974 y 1977 consiguió que se construyera una nueva escuela pública en los terrenos de la antigua fábrica Pegaso en Sant Andreu.

De la misma manera que no podemos olvidar que el parque Catalunya, en Sabadell, existe porque la asociación de vecinos de la Creu Alta luchó durante años, desde 1977, para que no se construyeran viviendas en esta reserva de suelo verde, con manifiestos y campañas, plantadas de árboles reprimidas por la policía y acciones simbólicas como enterrar un automóvil para demostrar que el terreno era sólo de los peatones.

O que el actual Museo de la Ciencia y la Técnica de Cataluña en Terrassa, en el vapor Aymerich, Amat i Jover, que hoy celebramos como joya del modernismo catalán, obra de Lluís Muncunill, tenía en 1970 un proyecto por el que iba a ser derribado en su totalidad para hacer viviendas de promoción privada, y la movilización de la sociedad civil -vecinos y técnicos- consiguió pararlo en 1975 y que se fueran salvando paulatinamente partes de la antigua fábrica hasta que se salvó toda y fue adquirida por la Generalitat de Cataluña en 1983, y se convirtió en sede del museo.

Por lo tanto, detrás de cada parque, de cada equipamiento o de cada conjunto patrimonial que se salva hay, generalmente, un movimiento vecinal que no se debe olvidar, una memoria que en Barcelona tiene expresión en la revista de la FAVB, La Veu del carrer y que han mantenido viva artículos y libros de personas admirables como el desaparecido Josep Maria Huertas Clavería.

También en la Barcelona actual hay ejemplos que son resultado de reivindicaciones. El llamado forat de la vergonya en Ciutat Vella no sería hoy la plaza de la diversidad y la convivencia que es, más allá de algunos errores como los huertos comunitarios mal situados, si no llega a ser porque los vecinos, en una lucha que fue duramente reprimida, no se hubieran enfrentado a que allí hubiera un aparcamiento. Incluso la parte representativa del conjunto fabril de Can Ricart que se ha salvado y se ha convertido en BCIN, a pesar de la destrucción de algunas partes imprescindibles, lo ha sido gracias a la larga lucha de sus antiguos trabajadores, de los vecinos y de las plataformas de apoyo, cuando el proyecto inicial sólo preveía mantener una torre y una chimenea.

Cada uno de estos casos demuestra que el resultado final no acostumbra a ser ni tal como se proyectó, sin haber tenido en cuenta a los vecinos y el contexto, pero tampoco ha sido exactamente tal como soñaron y reclamaron sus habitantes. En cada caso ha habido un proceso de pugna y negociación, de transformación y revisión de proyectos, que ha llevado a resultados híbridos, en los que ninguna de las partes se puede apuntar victorias o derrotas rotundas. Y así es como se construye la ciudad, dialécticamente, a partir de los conflictos.

Por esto es tan importante reclamar el derecho a mantener la memoria de estos movimientos, en los medios de información progresistas, en las investigaciones universitarias o en las actividades de los grupos alternativos, construyendo historias que se centren en los actores reales de la ciudad y del territorio. Sino, las administraciones y el silencio de los medios dominantes de información conseguirán acabar borrando la memoria crítica y haciéndonos creer que siempre se había proyectado así y que no hubo ni lucha ni reivindicación alguna.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la Escuela de Arquitectura de Barcelona (UPC).



Parque de concentración
septiembre 13, 2008, 4:01 am
Filed under: Barcelona, Montaner

por Josep Maria Montaner

Con el presupuesto de este parque se hubieran hecho cinco o seis magníficas bibliotecas de barrio.
Por fin se ha podido descubrir qué hay detrás de los muros de hormigón, vagamente recubiertos de vegetación, que se han levantado para defender el Parc Central del Poblenou. Y lo que se descubre es un parque decepcionante, vacío de algo que tenga sentido y pueda ser una aportación para las personas.
Tras atravesar las estrechas aberturas, se transita por unos suelos sin interés y no se ve ninguna aportación respecto a lugares de juego para niños, a cómo sentarse y hacer corrillos para hablar, echarse al sol o ponerse a la sombra bajo alguna pérgola ingeniosa, hacer pic-nic, tomar algún refresco o ir al lavabo. Sólo artilugios superfluos: unas pérgolas mal copiadas de las obras de Enric Miralles y Carme Pinós; unos paneles horadados a la manera de Rem Koolhaas; unas luminarias esféricas sacadas de Luis Barragán; una espiral con el rimbombante nombre de cráter, de tratamiento vegetal cursi, que recuerda en malo la bellísima obra de Beverly Pepper en el parque de la estación del Norte; un Giacometti de cuarta categoría; unos lamentables iglús a lo Mario Merz; un paisaje lunar penoso, y unas sillas aisladas antihomeless y antigrupos. En definitiva, un parque cuyos muros y rincones lo hacen tremendamente inseguro, y unos jardines que siguen la concepción francesa de los setos y las pérgolas que ellos mismos hace más de veinte años han rechazado y superado con “los jardines en movimiento” y la libertad de las plantas creciendo.

Entonces uno se da cuenta de que más relevante que los muros absurdos es el desprecio de Jean Nouvel hacia la cultura del espacio público, en la que en Cataluña habíamos avanzado tanto, con buenas plazas y magníficos parques metropolitanos, reclamados por los vecinos, promovidos por los municipios y proyectados por nuestros mejores paisajistas, muchas veces mujeres. Nos habíamos convertido en modelo de diseño de mobiliario urbano, producido en Barcelona, para que ahora se nos imponga el despilfarro de un parque en el que no hay ninguna aportación de lo necesario y muchos kits de lo superfluo. Entonces uno añora obras maestras como el Parc dels Colors en Mollet del Vallès, el Parc de Vallparadís en Terrassa, el Jardín Botánico, el Parc Central de Nou Barris y El Fossar de la Pedrera en Barcelona, el Parc de la Solidaritat en Esplugues de Llobregat, el Parc de les Dunes en Gavà y muchos otros.

Y entonces uno se siente en el funeral del espacio público, en un lugar que ya no tiene el carácter del dominio público, sino que es un lugar común, donde nunca la polis -la manifestación, la reunión, el debate, etcétera- va a poder darse. Un parque puede estar cerrado con rejas, como en el siglo XIX, pero encogido entre muros de hormigón no es un parque. Se supone que va a salir publicado en las revistas y que, incluso, algún jurado le va a otorgar algún premio. Pero está claro que no es un parque para las personas: entre muros que abren ventanas como escaparates, rodeado del tráfico de las calles y al que se accede por aceras estrechas. Solo tiene justificaciones para estúpidos: muros para proteger del tráfico, un parque vanguardista, etcétera.

Las cifras también dan que pensar. Este despilfarro para un pésimo parque ha costado más de 20 millones de euros, sin hablar de los honorarios por triplicado que se han pagado a Jean Nouvel. La nueva biblioteca de La Mina ha costado un poco menos de cuatro millones de euros. Es decir, con el presupuesto de un parque en el que casi todos los costes son para el lujo de elementos prescindibles, se hubieran hecho cinco o seis magníficas bibliotecas de barrio.

Una vez dentro, uno se pregunta qué le recuerda remotamente este parque entre murallas, con un suelo tan pobre, tan vacío de ideas originales y tan lleno de malas copias. Entonces se le hace la luz al recordar la opinión de un vecino que ha declarado que parece una prisión. ¿Ah!, es una prisión al aire libre. Y entonces todo se entiende: casi setenta años más tarde, un arquitecto francés nos ha instalado un campo de concentración como Dios manda, no como aquellos miserables e improvisados campos en las playas de Argelés y Saint Cyprien, donde nuestros antepasados republicanos malvivieron e intentaron sobrevivir.
Y es entonces cuando uno desea salir de este parque de concentración, buscando lo más rápido posible una de las angostas y escondidas puertas. Y ya fuera, respira y piensa: ojalá nunca nadie tenga que volver a estar injustamente prisionero en cárceles, estadios deportivos y campos de concentración.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de las Escuela de Arquitectura de Barcelona (UPC)



Escaparates de la complejidad
agosto 31, 2008, 2:59 am
Filed under: Montaner

por Josep M. Montaner, Zaida Muxí

La tematización de los centros históricos y los ejes comerciales, que se repite en todas las grandes ciudades, es la escenificación de procesos urbanos, sociales y económicos mucho más complejos, lejanos de la casualidad, el azar o el aparente crecimiento “natural” y espontáneo.
Todas estas franquicias ocupan también los centros comerciales que se desparraman fuera de las grandes ciudades, tensando el territorio de manera ficticia. Se trata de una peligrosa transformación de las estructuras productivas y comerciales. Las mismas empresas productivas, de servicios y financieras que se instalan en las nuevas áreas, como 22@ (en el barrio de Poble Nou) en Barcelona, son las que están relacionadas con la industria hotelera y comercial que tematizan los centros urbanos. Todas estas franquicias se basan en lo que podríamos considerar subsidios encubiertos, como la ampliación de puertos y redes de transporte terrestre, para distribuir y fagocitar planetariamente las produccione realizadas a miles de kilómetros de distancia. Estas políticas económicas de grandes almacenes y franquicias arrinconan la posibilidad de regenerar las estructuras comerciales locales, que no pueden competir en un falso libremercado con los privilegios impositivos y laborales de estas empresas. Incluso las mismas tiendas de souvenirs y alimentos “típicos”, en apariencia negocios individuales y de pocos recursos, forman parte de redes similares. De lo contrario, ¿cómo se puede explicar la manutención de locales tan bien situados y de tan alto coste? Un sistema de producción y consumo que ya ha dejado huellas ecológicas insostenibles en todo el planeta: desperdicios, esclavitud laboral, desaparición de redes de producción local, consumo de energías no renovables, etcétera. El aumento anunciado del petróleo hará inviable este consumo basura, basado en su bajo precio, y que desprecia los saberes y singularidades locales. ¿Pagaremos una vez más los ciudadanos ante el chantaje de la quiebra de unos negocios que son insostenibles y por los que ya hemos pagado con la destrucción de los tejidos productivos locales?



Intervenciones neoliberales en la Barceloneta
agosto 3, 2008, 6:05 pm
Filed under: Barcelona, Ensayo, Montaner, Pais, UPC

JOSEP MARIA MONTANER 14/06/2008

Es de temer que la Barceloneta va a seguir al Poblenou como barrio cuya memoria más se ha arrasado. A los riesgos que comporta la modificación del Plan General Metropolitano en la regulación de la edificación tradicional de la Barceloneta (2007), llamado para abreviar y como protesta plan de los ascensores, se suma la amenazante aparición de la estructura del hotel Vela, proyectado por Ricardo Bofill en 1999, situado en la misma línea del mar, en los terrenos de la Autoridad Portuaria de Barcelona, hito con el arranca la transformación especulativa de la nueva bocana del puerto

Hay pocas dudas de que la política del Ayuntamiento de Barcelona ha cambiado. A ciertas miradas malévolas les interesa desfigurar esta evolución y quieren enfatizar que siempre ha sido así. Pero no es cierto. Cuando Barcelona renació como ciudad democrática, a principios de los años ochenta, se aplicó una política progresista y prometedora, si la comparamos con la regresión que implicaron los modelos neoliberales que entonces implantaban Margaret Tatcher y Ronald Reagan. Poco a poco, este modelo Barcelona, de búsqueda del consenso entre lo público y lo privado, se ha ido diluyendo en una política marcadamente neoliberal. La paradoja dura de digerir es que esta política urbana -conservadora y capitalista- la esté aplicando un gobierno municipal formado por dos partidos políticos que se autodenominan de izquierda.

El plan de la Barceloneta es expresión de un neoliberalismo implacable aplicado a los planes urbanos: será la lógica del propio mercado la que transforme el barrio en función de derribos selectivos para instalar núcleos de ascensores, agrupando varias fincas, y serán los propietarios potentes, los inversores y los turistas los que se irán acomodando a medida que se vaya expulsando a los antiguos inquilinos de pocos recursos económicos y legales. Es la culminación del proceso de ir dejando a la frágil Barceloneta a su suerte. Mientras se intervenía en otras áreas de Ciutat Vella, su patrimonio de casas proyectadas por ingenieros militares a mediados del siglo XVIII se dejaba desmoronar. El mismo plan de los ascensores, al establecer la altura reguladora en planta baja y seis pisos, favorece la desaparición de los escasos testimonios de casas bajas originales.

Y el hotel Vela se levanta como emblema de la gentrificación de un barrio popular, como otro episodio más de la avaricia del puerto con sus terrenos, que ya generó una fuerte polémica a finales de los años ochenta y principios de los noventa por la abusiva transformación del Port Vell. Cuando funcione, el hotel va a contribuir más al colapso circulatorio y a la mutación de la Barceloneta. Seguro que el preceptivo estudio de evaluación de la movilidad habrá demostrado la sobrecarga que ya existe sobre el paseo de Joan de Borbó. Tal mamotreto, fuera de escala y de contexto, chupando de las infraestructuras, aprovechándose de los desagües y colapsando los accesos del barrio, es un nefasto símbolo de la Barcelona neoliberal, vendida a la industria turística y a los intereses inmobiliarios. De momento, ya se ha expulsado a vecinos y las cases de quart se convierten en apartamentos por semanas. A los trabajadores del Poblenou les han ido borrando su memoria día a día, fábrica a fábrica, a cambio de nuevos edificios arroba; el antiguo barrio de pescadores y artesanos lo están convirtiendo en escenario del mundo basura del turismo. Quizá estén pagando tardíamente la factura de que en las primeras décadas del siglo XX fueran los focos de los movimientos sindicales y anarquistas.

¿Será cierto que se va a detener el plan de los ascensores y la moratoria permitirá hacer uno nuevo, con una mejor supervisión pública y una mayor participación ciudadana? ¿O son tantos los pactos previos y componendas, los intereses para elevar astronómicamente los alquileres, que el plan ya no tiene vuelta atrás y se irá destruyendo el tejido social de la Barceloneta?

El proyecto del hotel Vela fue aprobado en 2001, con la connivencia de la Autoridad Portuaria, la Comisión de Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona y el Gobierno de la Generalitat de Jordi Pujol, y con una rebaja de los 154.000 metros cuadrados a un máximo de 129.000. El hotel tiene 450 habitaciones y, en la base, un gran edificio recreativo y de oficinas, de planta baja y seis pisos de altura. Se pactaron entonces unas contrapartidas de conexiones y transporte (monorraíles y recorridos marítimos) que aún no se han cumplido. ¿Es aceptable que los futuros usuarios del hotel colapsen aún más un paseo por el que pasan los vecinos, la ciudadanía y los bañistas? ¿Puede ser que contemplemos callados cómo se levanta, saltándose la Ley de Costas, la última puntilla para ahogar el carácter social y urbano de la Barceloneta?

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la Escuela de Arquitectura de Barcelona (UPC).