Noticias de Arquitectura


La exposición itinerante del arquitecto Rogelio Salmona llega a Tokio
septiembre 13, 2008, 4:02 am
Filed under: Salmona

La galería de arte Taisei de Tokio inauguró hoy la muestra itinerante ‘Espacios abiertos, espacios colectivos’, que recoge más de medio siglo del trabajo del arquitecto colombiano Rogelio Salmona, y que su esposa calificó como un ‘reconocimiento’ a su trabajo.

Dentro de los actos de conmemoración del centenario de las relaciones entre Japón y Colombia, desde hoy y hasta el 21 de noviembre se podrá ver esta exposición del prestigioso arquitecto fallecido el año pasado a los 78 años a causa de un cáncer.

Rogelio Salmona era uno de los arquitectos más importantes de Colombia, recibió cuatro veces el premio nacional de arquitectura y fue el primer latinoamericano en obtener el premio Alvar Aalto en Finlandia en 2003, considerado uno de los más importantes del mundo.

La también arquitecto y viuda de Salmona, María Elvira Madrinan, y la profesora de arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia Marta Devia, llevan tres años trabajando en la retrospectiva que ya ha visitado numerosas ciudades como Madrid, París, Santiago de Chile o Portugal, desde que se inauguró hace tres años en Colombia.

Ambas se mostraron satisfechas de haber traído esta retrospectiva a Japón, un país que, según dijo a Efe Madrinan, a Salmona ‘le interesaba mucho’, ya que encontraba ‘muchas afinidades entre la arquitectura japonesa tradicional y la arquitectura que él producía’.

La viuda de Salmona matizó que esa afinidad del maestro y discípulo del franco suizo Le Corbusier ‘no era por el ladrillo’, que caracterizó su obra, sino por ‘el respeto por el entorno y cómo se integra el jardín con el paisaje’.

Por su parte, Devia explicó que ‘no es una exposición cronológica, sino que los trabajos se mezclan’.

Además, la embajadora de Colombia en Japón, Patricia Cárdenas, dijo sentirse muy orgullosa de ‘ofrecer este arte tan maravilloso y exquisito que manejaba Salmona’.

Si hubiera que elegir entre uno de los trabajos del arquitecto, la embajadora colombiana aseguró que sueña ‘con vivir en alguna de las casas que diseñó porque están llenas de naturaleza y tienen una combinación sensorial muy impactante’.

Cárdenas indicó que además de esta muestra, durante este año se han adelantado actividades para celebrar ‘como Dios manda’ estos cien años de relaciones bilaterales entre Japón y Colombia.

Así, ya se ha visto en Tokio el ballet de Antioquía, el carnaval de Barranquillas y próximamente se dedicará un mes al premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, quien precisamente posee una casa en el casco antiguo de Cartagena diseñada por el arquitecto homenajeado.

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El testamento de Salmona
marzo 29, 2008, 2:25 pm
Filed under: Salmona


Rogelio Salmona falleció el pasado octubre, pero volvió a ser noticia porque se inauguró en La Candelaria uno de sus últimos proyectos: el Centro Cultural Gabriel García Márquez, donación del Fondo de Cultura Económica de México, edificio en cemento y concreto, que sobresale en el estrecho sector colonial sin invadirlo, pues la tercera parte de sus 9.500 m2, un área de 3.300 m2, es espacio público.

Para entrar a las distintas dependencias: auditorio, salas de ex posiciones, aulas, talleres, oficinas, restaurante, almacén de discos, tienda Juan Valdez y una librería para adultos y niños, la más grande del país, se recorren libremente: andenes, rampas terrazas, plazoletas, rotondas, desde donde se divisan Monserrate y Guadalupe, el barrio Egipto, las torres de la Catedral.

“He buscado hacer una arquitectura urbana respetuosa que exprese una modernidad consecuente con el lugar donde se encuentre; que cree espacios públicos sin barreras que permitan una ocupación sabia, política y generosa”, dijo el arquitecto.

En el desarrollo de ese proyecto, Salmona, que ya estaba enfermo, se agravó. Pero el trabajo fue como una inyección de vida, dice su esposa, María Elvira Madriñán, también arquitecta. “Por ese proyecto dio tantas batallas como las que dio luchando en silencio en la casa contra la enfermedad. Su propuesta de insertar en ese lugar histórico un edificio contemporáneo, respetando la arquitectura colonial, era innovadora, casi atrevida. Y Rogelio trabajó con pasión hasta el final. Apoyado en un bastón que se volvía asiento, recorría la obra con dificultad. Cuando aún había andamios estábamos pendientes de que no le pasara nada. Pero no le gustaba que le ayudaran.

Subía hasta el último piso dando instrucciones; cuando no podía ir hacía reuniones en la casa. Estuvo dos años enfermo y aunque los últimos cinco meses fueron muy duros, trabajó hasta 15 días antes de morir. Me volví la extensión de sus manos, de sus ojos, de sus movimientos, para interpretar sus gestos, sus miradas, sus trazos y plasmar en planos lo que luego él retomaba.

No pudo ver la obra terminada pero alcanzó a sentir la satisfacción de haber cumplido el sueño de enriquecer la ciudad con espacios públicos generosos, sin barreras. Luchó con tenacidad ejemplar. La arquitectura era el motor de su vida”.

¿Cómo conoce a Salmona?

Recién graduada en los Andes, entré a su taller como dibujante.

Era asombrosa la manera como manejaba escalas, volúmenes, espacialidades. Hacía propuestas integrales y cada proyecto era como un hijo. Se ocupaba de todos los detalles. Hasta del paisaje. Así aprendí a amar la vegetación, a conocer las plantas.

Mi primer trabajo con Rogelio: la Casa de Huéspedes en Cartagena, fue una lección de arquitectura profunda y enriquecedora, que me marcó para siempre. Viví de cerca el diálogo del arquitecto con su proyecto, sus dudas, sus aciertos; la búsqueda de una espacialidad acorde con el lugar. Aunque la Casa no quedaba en la ciudad, requería un lenguaje afín con la arquitectura cartagenera.

En ese proceso aprendí lo que es la magia de la luz, del sonido, de la sombra. En esa zona desértica, donde no existía sino el Fuerte, fue necesario crear un entorno. Y la naturaleza se apropió de la zona. Se llenó de pájaros y de vida. Se transformó en un paraíso.

¿Qué obra prefirió?

Nunca quedaba satisfecho. Siempre decía: “todavía no he hecho lo mejor”. Y seguía buscando algo más. Pero sí fue gratificante para él la Biblioteca Virgilio Barco, por la actitud de la gente.

Cuando llegaba lo buscaban los niños: “queremos darle las gracias”, le decían. Se lo cuento, no por la anécdota en sí, sino porque la biblioteca se volvió visita obligada. La gente disfruta de algo que no tenía. Yo lo acompañaba en algunas visitas y le oía decir: “nos falta subir, nos falta bajar”. La arquitectura invita a ser descubierta. Eso lo emocionaba. Siempre propuso una arquitectura para recorrer.

¿El Centro fue su última obra?

No. En Moravia, barrio espontáneo de Medellín, que era basurero, diseñó un Centro de Desarrollo Cultural. Tiene auditorio, aulas, talleres, cubículos para fomentar la música. Hacer esa obra en un lugar tan deprimido, para gente que recibe poco, lo motivó mucho. No pudo hacer la supervisión arquitectónica porque ya estaba muy enfermo.

Contrató a un amigo para que le ayudara. Ahora yo también trabajo en la terminación de la obra.

¿Cómo fue convivir con alguien tan fuera de serie?

A pesar de la diferencia de edades nuestra relación fue muy sólida porque Rogelio tenía un espíritu joven.

Era tímido, estricto; no aceptaba nada mal hecho y la mediocridad, la banalidad, la falta de ética, lo sacaban de quicio. Era duro y no tenía pelos en la lengua para trancar a quien fuera. Era exigente consigo mismo y no hacer nada le parecía inconcebible.

Le costaba trabajo escribir. Cada escrito era un parto. Aprendí a descifrar su letra que era confusa. Leía mucho y era melómano. Para hacer ejercicio, trotaba. Teníamos un lote en el campo e íbamos todas las semanas. Almorzábamos en el potrero, sembrábamos árboles y él cultivaba rosas.

Duramos 20 años buscando el sitio para hacer una casa. Nunca se decidía. “No puedo competir con la naturaleza”, decía. Al fin hicimos la casa muy integrada al paisaje. Era hombre de hogar. Prefería comer en casa y yo me esforzaba pues era refinado y exigente. Esteban y Mara, nuestros hijos, transformaron su vida. Los adoraba. Vivíamos para ellos. Tuvo dos hijos con su primera esposa, francesa; viven en París, pero siempre han estado cerca. Supe comprenderlo; pude llegar a él en lo profesional y en lo afectivo”.

Reflexiones

“La ciudad es más importante que cualquier cliente, llámese potentado, multinacional o gobierno. Pero el gran capital, presionando para tener mayor rendimiento, financia la construcción de edificios enormes, creando tremendas aglomeraciones que causan muchos problemas. ¿Pero quién le mete a la gente en la cabeza que es más importante el patrimonio urbano que el dinero?”, decía Salmona hace 10 años.

Era un soñador y su ambición era hacer un eje ambiental a lo largo de la 26, desde el pie de los cerros orientales, hasta los cementerios, incluyendo MamBo, Biblioteca Nacional, Parque de la Independencia, todo integrado por medio de jardines y alamedas. Una constante suya fue proteger el patrimonio urbano. Embellecer la ciudad. Evitar que la asfixiaran las torres de cemento.

Iniciando su carrera ganó una batalla: las Torres del Parque, su obra maestra. En los 70, el Banco Central Hipotecario le encargó construir detrás del Circo de Toros 450 apartamentos, en tres torres de 30 pisos, y Planeación Distrital lo aprobó. Pero Salmona, pensando en la ciudad, no en la rentabilidad, dijo que solo cabían 290 apartamentos. La propuesta era una osadía, lo reconoció Salmona. Pero el gerente del BCH, Jorge Cortés, entendió que la entidad tenía una responsabilidad con la ciudad y aceptó. La novedad consistió en que 30% del terreno era espacio público, abierto a toda la ciudad. Si esa generosa concepción de la ciudad la compartieran más arquitectos, si los proyectos se diseñaran no solo como negocio, Bogotá tendría otra cara y nuestros niños no vivirían aprisionados en rascacielos, sin jardines, sin tener dónde jugar.Fue premiado muchas veces.

Recibió el Alvar Aalto, el premio de arquitectura más prestigioso del mundo. Parte de su obra, en planos, maquetas y fotografías, ha recorrido muchos países; en Guadalajara, se exhibió como homenaje póstumo, durante la Feria del Libro. Allí Carlos Morales, ex alumno y amigo, recordó al maestro narizón, exigente, acelerado, autor, según Morales, del proyecto más bello que haya visto: “hecho con amor y maestría”, dice. Era la ‘tesis’ de Salmona para validar en los Andes su carrera de arquitecto. Una carrera que, como dice su esposa, fue el motor de su vida.

POR LUCY NIETO DE SAMPER



México le regaló un centro cultural a Bogotá
febrero 1, 2008, 5:07 pm
Filed under: Arquitectura Colombiana, Salmona

Enero 31 de 2008

Está en La Candelaria (calle 11 con carrera sexta) y ocupa un lote de 3.239 metros cuadrados. Su área construida, sumando los varios niveles y el parqueadero es casi el triple: 9.500 metros cuadrados.

Lo primero que uno nota en el nuevo edificio del Fondo de Cultura Económica de México en Bogotá es que, a pesar de su gran tamaño y de alzarse en pleno centro histórico, no produce un impacto que compita con la tradición arquitectónica del sector.

Eso, aunque el Centro Cultural Gabriel García Márquez, como fue llamado en honor a ‘Gabo’ por la entidad que depende del Ministerio de Educación de ese país, es de un tamaño considerable.

Ayer, esta obra póstuma del maestro de la arquitectura colombiana Rogelio Salmona fue inaugurada en un acto al que asistieron, entre otros funcionarios, la secretaria de Educación Pública de México, Josefina Vázquez Mota, y las ministras de Educación, Cecilia María Vélez, y de Cultura, Paula Marcela Moreno.

No vino García Márquez, pero el periodista y escritor Mauricio Vargas leyó un mensaje suyo. Además, se inauguró la exposición ‘Gabo del alma’, organizada por la Cámara Colombiana del Libro, basada en textos del escritor.

Así la galería, dos aulas y tres auditorios entran a formar parte de las áreas que ya recorren los bogotanos, como la gran librería del Fondo, que funciona desde el 15 de diciembre pasado y las dos plazoletas circulares con sus miradores y sitios de servicios.

Para el agregado cultural de la Embajada de México, Daniel Tamayo, responsable de los pormenores del evento, “este centro es el claro reflejo de la unión entre los dos países a través de la cultura”.

Un lugar para gozar

El Centro se inscribe en un conjunto de edificios dedicados a la cultura, en un barrio por cuyas calles estrechas, con casas de dos pisos y aceras cubiertas por aleros, circulan alrededor de 150 mil estudiantes cada día.

A una cuadra están, por ejemplo, la Biblioteca Luis Ángel Arango, la Casa de Moneda del Banco de la República y el Museo Botero.
La arquitectura curva, el fácil acceso, los materiales a la vista con predominio de ladrillo y vidrio, en el exterior, y madera, en el interior, dan una sensación de austeridad y sencillez.

Las dos rotondas públicas, son amplias, permiten el aprovechamiento de la luz y protegen de los vientos que vienen del oriente.

Una tiene piso de ladrillos puestos en distintas formas, y otra, un gran espejo de agua, con fondo en piedra verde.

La rotonda principal, por donde se accede al complejo, está circundada por una pequeña corriente que desemboca suave en una fuente del acceso principal. Alberga un restaurante, una cafetería, un café literario y un banco.

Un aspecto importante son las rampas, por las que se puede acceder a las plazoletas circulares, a los auditorios y al pequeño mirador del segundo piso.

Desde este se aprecia un paisaje distinto de la capital, con la parte posterior de la Catedral Primada al occidente y parte de los cerros y casas hacia el oriente y el sur. Hacia el norte, la vista es opacada por edificios con fachadas posteriores deterioradas.

El costo de la obra, ejecutada en dos años, no fue divulgado ni por la Embajada de México ni por el Fondo. Prefieren decir que el Centro fue concebido por Salmona como una obra abierta al público, que la librería en el primer piso, también circular, tiene más de 1.200 metros cuadrados, una discotienda en el segundo, y un área para niños. Eso y más más de 50 mil ejemplares de su editorial y de otras en español la convierten en la más grande del país.

Así, el Centro se perfila como un espacio cultural que permitirá un encuentro tranquilo en medio del trajín bogotano.

Espacio para gozar

  • Área construida: 9.500 mts. cuadrados sobre 3. 239 mts. cuadrados de terreno.
  • Área de la Galería: 216 mts. cuadrados.
  • Área de la librería: más de 1.200 mts cuadrados.
  • Dos aulas para actividades educativas y tres auditorios con capacidad desde 20 hasta 300 personas donde es posible proyectar cine.
  • Parqueadero con capacidad para 45 vehículos.
  • Está rodeado, en un radio de dos kilómetros, por 29 universidades, 24 planteles educativos, 7 bibliotecas y 58 entidades de carácter cultural.
  • La población flotante en el sector, por día, es de millón de personas, 150 mil de elllas estudiantes.

Lo que dijo Salmona de su obra

“(…) Dediqué todos mis esfuerzos para poder insertar, en La Candelaria, centro histórico de la ciudad, una arquitectura urbana respetuosa, que entienda los deseos de bienestar y de goce y que exprese una modernidad consecuente con el lugar de la ciudad donde se encuentra, que cree espacios públicos sin barreras, apropiados para cada sitio y apropiables por todos.

“Quise hacer una obra abierta al encuentro, a la alegría…, a la sorpresa, a la meditación, donde la arquitectura volviera a su condición de símbolo, a jugar un papel importante en nuestra ciudad, no solo por su calidad constructiva y su implantación respetuosa en el lugar, sino también, y por qué no decirlo, por su belleza y significado.

“Una obra así pensada permite ciertas libertades, o mejor, las exige. Exige por ejemplo componer con espacios abiertos, ojalá sorpresivos, ricos en recorridos que pongan en evidencia la belleza del entorno, su contexto urbano, sus siluetas y paisajes, su imponente geografía, con transparencias entre sus partes, con sesgos y luminosidades recogidas por los muros o el agua que la recorre indiferente, como lo harán algunos de sus usuarios, y eso está bien.

“La arquitectura está hecha para ser vista, vivida y usada tanto por quien le pertenece, como por todas aquellas personas que son testigos de su presencia en la ciudad. La arquitectura es un bien común”.



ArpaFIL post mortem para Rogelio Salmona
noviembre 26, 2007, 4:21 am
Filed under: Salmona

La muerte lo alcanzó este año dejando la palabra a Carlos Morales, Felipe Leal y Ernesto Ávila, quienes presidieron la actividad.

Guadalajara.- Delgado, narizón, ojos claros y canoso en las patillas y Voz tranquila, pausada y fuerte. Así era Rogelio Saltona, que no alcanzó a llegar a su homenaje en el XIII Encuentro ArpaFIL, en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, donde se exponen dibujos, maquetas, fotografías y testimonios sobre el colombiano (nacido en París en 1927).

La muerte lo alcanzó este año, agregando al evento un “post mortem” y dejando la palabra a Carlos Morales, Felipe Leal y Ernesto Ávila, quienes presidieron la actividad.

Entre su obra destacan muchas muestras de arquitectura urbana, su favorita, bajo conceptos democráticos y quizá, sustentos más emotivos que científicos. “La arquitectura es el pálpito del lugar, y el lugar de encuentro entre razón, encantamiento y poesía. Entre claridad y magia”, explicó alguna vez el apasionado del ladrillo desnudo y las texturas del concreto. El ideólogo de una residencial de clase media como pirámides añorando la grandeza precolombina. El que inundaba de agua avenidas rescatadas del centro bogotano. Mereció premios como el Alvar Aalto, de la Asociación Finlandesa de Arquitectos; el Nacional de Arquitectura de Colombia, y el ArpaFIL, que no alcanzó a recibir.

Dolores Garnica/Milenio.com



Un arquitecto social comprometido
noviembre 17, 2007, 2:58 pm
Filed under: Pais, Salmona

CARLOS JIMÉNEZ 11/11/2007

Si hay algo que singulariza la cultura moderna colombiana es el hecho de que se condensa en unos cuantos nombres excepcionales, cuyas vidas y obras deslumbrantes han sumido en la penumbra las del resto de los creadores que han coexistido con ellos. En literatura, el nombre es Gabriel García Márquez; en pintura, el de Fernando Botero, y en arquitectura, el nombre es el de Rogelio Salmona, muerto el pasado octubre en Bogotá, luego de una larga y penosa enfermedad.

Cierto, fuera de su país él es apenas conocido entre los arquitectos, los historiadores y los estudiosos de la misma que, aunque ubicados en las más diversas latitudes, suelen coincidir en la alta estima que les merece su trabajo. Pero en Colombia, su popularidad iguala las de García Márquez y de Botero porque él supo interpretar en términos de arquitectura la idiosincrasia de un país ensimismado y difícil con la misma gracia y dominio del oficio con las que lo han hecho el pintor y el escritor.

Las pruebas de la calidad de esta interpretación están al canto pero la más contundente de todas sigue siendo las Torres del Parque, un conjunto habitacional de tres torres, situado entre la plaza de toros y el cerro de Monserrate, que, desde su construcción a finales de los años sesenta del siglo pasado, se convirtió en uno de los símbolos inconfundibles de la ciudad de Bogotá. Un episodio arquitectónico, un hito urbano y un manifiesto extraordinario que expuso de manera temprana y contundente tanto las preocupaciones e intenciones políticas y sociales que dominaron la fecunda e innovadora tarea constructiva de Salmona, como las claves de sus búsquedas formales y expresivas.

Allí, en ese proyecto de viviendas protegidas construido por encargo del BCH, Salmona puso en juego su idea de que el compromiso político del arquitecto se centra en la generación de ciudad por medio tanto del diseño de espacios públicos que lo sean por cívicos y no por mercantiles, como en la realización de una arquitectura cuya calidad sea capaz de dignificar la vida de los ciudadanos comunes y corrientes y no sólo la de aquellos que pueden pagarla. En las Torres, en la sabiduría de su emplazamiento y de las cambiantes orientaciones del conjunto, está también su decidida apuesta por la valoración de los dramáticos paisajes bogotanos. Y en la brillante y sugerente utilización del ladrillo visto, su deseo de aprovechar los materiales y los métodos constructivos tradicionales del país.

En el resto de su obra, Salmona mantuvo esos compromisos iniciales, sin dejar por ello de investigar y de innovar como lo demuestra que, a su fidelidad inicial a las lecciones espaciales de Alvar Aalto y de Borromini, siguió su intento de aprender de los espacios ceremoniales precolombinos, junto con los de incorporar a sus obras la refinada teoría de acequias y de fuentes que articula la Alhambra. En la biblioteca pública Virgilio Barco una de sus últimas obras quedó claro, además, su continuo interés por la actualidad de la cultura arquitectónica internacional. En este edificio quedó claro su intento de descifrar y apropiarse de las claves del deconstructivismo en beneficio del enriquecimiento de sus proyectos.



Rogelio Salmona murió
octubre 14, 2007, 10:57 pm
Filed under: Salmona

El Tiempo de Bogotá, AGD

El nombre de Rogelio Salmona simboliza lo mejor de la rica arquitectura colombiana. Pocos hombres como él tuvieron el talento para complementar los paisajes nacionales con sus magníficas obras.

Tras una prolongada lucha contra el cáncer, el creador falleció el 4 del corriente, a los 78 años de edad.

Nacido en París en 1929, siempre se consideró un colombiano más, pues siendo niño llegó al país.

Su huella se aprecia en edificios como el Museo de Arte Moderno de Bogotá, la Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena, el Archivo
General de la Nación y el Edificio de Posgrados de la Universidad Nacional.

Salmona era uno de los arquitectos más destacados de América Latina. Había recibido el premio Alvar Aalto, el segundo más importante del mundo en su campo. Y estaba por recibir el homenaje ArpaFIL, que es entregado cada año en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Salmona estudió arquitectura en la Universidad Nacional y pasó casi 10 años en París, en el estudio de Le Corbusier (Charles Edouard Jeanneret-Gris).

“Más allá de que era un monstruo intelectual -dice el arquitecto Jorge Pérez-, Rogelio era un ejemplo de humanidad. Era un maestro en todo lo que hacía. Cada comentario era una lección”.

Según un perfil suyo escrito por el arquitecto y crítico Alberto Saldarriaga, “la primera de sus obras que causó impacto en el medio profesional fue el conjunto de apartamentos El Polo, proyectado con el arquitecto Guillermo Bermúdez Umaña en 1959 (…). El tratamiento urbanístico del conjunto, la volumetría de los edificios, el uso masivo del ladrillo y el tratamiento del espacio interior de las viviendas fueron insólitos en su momento y abrieron posibilidades para nuevas exploraciones arquitectónicas”.

Su primera obra de repercusión internacional -proyectada entre 1964 y 1970- fue el conjunto de apartamentos de Las Torres del Parque, “polémico por su planteamiento formal, basado en una geometría radial, en el escalonamiento volumétrico y en el enriquecimiento mediante balcones de la textura visual de los edificios”, agrega Saldarriaga.

El arquitecto y periodista Andrés Ramírez destacó que, aparte de su obra, también es importante que “deja toda una escuela de arquitectos jóvenes que están en gran producción. Enseñó a tres generaciones”, dijo.

“No me atrevo a enseñar”, dijo a El Tiempo en una de sus últimas entrevistas. “Siento que me estoy equivocando. El diseño es una poética. ¿Cómo transmitirlo?”.



Adiós al maestro
octubre 9, 2007, 3:16 am
Filed under: Salmona


El arquitecto Rogelio Salmona dejó para la posteridad una obra sólida que adquiere más valor e importancia con el paso de los años.
Fecha: 10/06/2007 -1327
La muerte del arquitecto Rogelio Salmona marca el final de su vida, pero también consolida un mito que se comenzó a edificar en Bogotá a partir de los años 70. Lo anterior se basa en una premisa: la buena arquitectura es como los vinos. Mejora a medida que envejece y sólo la arquitectura que trasciende en el tiempo es la que se vuelve indispensable. Esto es lo que ha caracterizado buena parte de la obra de Rogelio Salmona, quien falleció el pasado miércoles 2 de octubre a los 79 años de edad.

Fue un arquitecto que en más de una ocasión nadó contra la corriente del facilismo. El diseño y la construcción de las Torres del Parque, en Bogotá, su obra maestra, generaron toda clase de controversias porque en su momento se consideraba impensable que un proyecto masivo destinado a las clases medias fuera más allá de la premisa de “suplir las necesidades básicas” (la norma suprema de la utopía modernista) y también pensara en el goce estético de sus habitantes y sus vecinos, en el respeto por el espacio público circundante. Una obra maestra que respeta no sólo la topografía, sino también los valores culturales de la ciudad. Porque, como decía él mismo, “la arquitectura es ese punto donde se une la geografía con la historia”.

En su obra confluyen dos influencias antagónicas. Por un lado, el racionalismo extremo de Le Corbusier, y por el otro la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright, lo que dio lugar a la aparición en Bogotá, a finales de los años 50, de la llamada “arquitectura de lugar”, a la que se apegaron no sólo sus contemporáneos Fernando Martínez, Enrique Triana y Guillermo Bermúdez, sino exponentes destacados de al menos dos generaciones posteriores de arquitectos que se han encargado de comprobar la vigencia de sus postulados.

Ahora les corresponde a quienes administran las ciudades defender con decisión este legado. Sus edificios no deben sucumbir ante el apetito voraz inmobiliario que ya se llevó por delante decenas de edificios de Fernando Martínez, Leopoldo Rother y otros maestros de la escuela moderna nacional. El mejor homenaje que se le puede rendir a Salmona es defender estos grandes ejemplos de la edad de oro de la arquitectura moderna en Colombia y hacer de la arquitectura un oficio más cercano al arte y al interés público que a los intereses monetarios.