Noticias de Arquitectura


«Hay que apostar por la urbe baja en altura, pero alta en densidad»
marzo 26, 2009, 4:06 am
Filed under: Fernández Galiano, urbanismo | Etiquetas: ,
El director de la revista ‘Arquitectura viva’ cree que hay que volver al centro y olvidarse de las urbanizaciones de chalés
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Arquitectura y lugares sagrados
febrero 15, 2009, 8:00 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO 08/12/2008

Expulsado por la puerta, lo sagrado regresa por la ventana. Un pequeño convento en Ronchamp y un gran museo en Jerusalén ilustran las formas contrapuestas de abordar el conflicto entre lo sagrado y lo profano en el mundo contemporáneo. En la localidad francesa, un proceso de diálogo y negociación ha permitido al genovés Renzo Piano iniciar la construcción de un racimo de celdas para monjas clarisas en la falda de la colina coronada por la capilla de Notre-Dame-du-Haut, la obra más célebre de Le Corbusier; en el corazón de la que solía llamarse Tierra Santa, una sentencia judicial permitirá al californiano Frank Gehry levantar un colosal complejo promovido por el Centro Simón Wiesenthal -el famoso cazador de nazis, que por cierto era de profesión arquitecto- sobre el cementerio musulmán más antiguo de la ciudad. Tanto en Ronchamp como en Jerusalén, las formidables polémicas suscitadas por los proyectos han tenido una dimensión paisajística y patrimonial; sin embargo, en ambos casos esta faceta ha palidecido frente al apasionamiento del debate simbólico y religioso.

La capilla de peregrinación de Ronchamp se alza en un antiguo lugar sagrado de las estribaciones de los Vosgos; allí se ha adorado al Sol, a los dioses romanos y a la Virgen María, pero desde que Le Corbusier culminó los volúmenes escultóricos de este santuario lírico, el único culto vigente en la colina ha sido el de la arquitectura. Con esta obra el maestro mudó su lenguaje maquinal y náutico por otro orgánico y telúrico, cambiando el rumbo de esta disciplina y convirtiendo el emplazamiento en un destino de peregrinación artística. El proyecto de Piano, realizado con el paisajista Michel Corajoud, fue redactado a petición de Jean François Mathey y Dominique Claudius Petit, hijos de los clientes originales de la capilla, que hoy presiden las asociaciones de Notre-Dame-du-Haut y Les Amis de Le Corbusier, pero tales credenciales no impidieron una viva oposición a la introducción del convento en este recinto mítico.

Desde luego, los críticos del proyecto basaban su postura en la defensa de la obra de Le Corbusier, pero tanto el escaso impacto visual de la nueva construcción -una docena de celdas excavadas que no se perciben desde la cumbre que ocupa la capilla- como la mejora del entorno que supone la prevista demolición del lamentable pabellón de acceso actual y la eliminación del aparcamiento asfaltado adjunto, hacen pensar que una motivación subyacente ha sido el procurar mantener el carácter secular y artístico de Notre-Dame-du-Haut, frente a una recuperación confesional y religiosa del enclave.

Paradójicamente, los oponentes de Piano defendían la naturaleza sagrada de la colina, pero a condición de que la única devoción practicada allí fuese la del arte, y a su vez muchos de los partidarios de la intervención parecían tener más en cuenta la recuperación de la cota para el culto católico que la deseada rehabilitación y mejora del emplazamiento.

El museo de Gehry en Jerusalén, por su parte, dispone un bodegón de enormes frutas fragmentadas sobre un cementerio musulmán al oeste de las murallas de la ciudad vieja, y ha provocado la indignación esperable entre los árabes israelíes y los palestinos. Irónicamente denominado Museo de la Tolerancia, esta extravagante acumulación de ondas y rizos, escamas y branquias, burbujas y explosiones, es algo más que el despropósito de un arquitecto judío casi octogenario que aspira a dejar su huella en la Tierra Prometida mediante una naturaleza muerta gigantesca y agitada: esa bandeja titánica y trivial, atiborrada de mondas y virutas, es una agresión a la tradición sagrada y a la memoria arqueológica, y un gesto que impone los valores seculares del espectáculo y la autoría a un entorno arcaico y quizá también obsoleto. Aunque en apariencia constituye una afirmación de modernidad laica y artística, que expresa la tolerancia a través de la coexistencia azarosa de las formas, el museo es más bien un episodio de guerra religiosa y pugna por el territorio en un lugar donde, como tantas veces se ha dicho, hay demasiada historia para tan poca geografía.

De un tiempo a esta parte hemos asistido a un inesperado recrudecimiento de los conflictos que reúnen arquitectura y religión, desde el forcejeo entre Tailandia y Camboya por las ruinas del templo de Preah Vihear hasta la pugna por los monasterios serbios de Kosovo, pasando por las innumerables polémicas que ha suscitado la construcción de mezquitas en Alemania, Francia o Gran Bretaña. El periodo histórico abierto por el 11 de septiembre se percibe con frecuencia a la luz de las fracturas religiosas o culturales, por más que la retórica Alianza de Civilizaciones que ahora se visualiza en Ginebra bajo la cúpula acuática y estalactítica de Miquel Barceló -que paradójicamente ha coincidido en el tiempo con la demolición de la cúpula de la madrileña cárcel de Carabanchel, una utopía penitenciaria y panóptica que el abandono había convertido en un templo agreste del graffiti, vibrante en sus muros con una verdad violenta y gratuita que no se halla en la cueva onerosa y onírica del mallorquín- intente difuminar las aristas del conflicto en el magma amniótico y cromático de la diversidad. Más importante aún, ese paisaje craquelado por grietas de creencias está abriendo un abismo entre la organización secular de la sociedad y el rebrote pugnaz de la fe como teología política.

Quizá, como argumenta Mark Lilla en The Stillborn God, “el ocaso de los ídolos se ha pospuesto”, y estamos condenados a volver a librar las batallas del siglo XVI. Mientras tanto, debemos reclamar para el arte el dominio espiritual de la trascendencia -aun con el riesgo de adorar un nuevo becerro de oro à la Damien Hirst-, y evitar a toda costa que ese ámbito de devoción contamine el territorio de la política civil. Renzo Piano, que hace tiempo construyó en Houston un museo entendido como santuario para la mecenas e intelectual católica Dominique de Menil -y después una capilla para la obra de Cy Twombly, en la estela de la capilla Rothko-, ha sabido establecer en Ronchamp un diálogo inteligente con sus críticos, modificar parcialmente su proyecto y llegar a una propuesta pacífica que reconcilia a las clarisas con Le Corbusier. Frank Gehry, que a diferencia del italiano se siente más artista que constructor, ha puesto su ya ajado talento plástico al servicio de una empresa eminentemente política, imponiéndose a sus críticos por la vía judicial y utilizando sus formas agitadas más como un arma arrojadiza que como un terreno de negociación. Al cabo, el constructor que establece un diálogo político resulta ser el artista auténtico, mientras el artista que se impone en los tribunales parece apenas algo más que un político partidista: habrá más emoción sagrada y más dignidad civil en la colina de Ronchamp que en el Museo de la Tolerancia de Jerusalén.

Luis Fernández-Galiano es arquitecto.



Un peligroso tópico
noviembre 24, 2007, 9:04 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais, Tagliabue

Benedetta Tagliabue (es arquitecta) – Barcelona – 21/11/2007

Luis Fernández-Galiano (Los arquitectos son de Venus, 15-11-07) ha olvidado otra vez poner mi nombre al lado del de Enric Miralles para indicar los autores del Nuevo Parlamento de Escocia. Parece increíble después de leer las numerosas citas diseminadas en el artículo, que él no cite correctamente a quien le corresponde la autoría de un edificio reciente que ha merecido el Premio Stirling y el Premio Nacional de Arquitectura. Confío en que ésta sea la última vez. En dicho artículo, queda rarísimo leer, a manera de firma, “Luis Fernández Galiano es arquitecto”.

Aunque su título académico pueda ser el de arquitecto, sin duda en este artículo y en la sociedad, él actúa como “crítico de arquitectura”. Lo que escribe, bajo una pátina de ironía, sirve para dañar ulteriormente la imagen del arquitecto en la sociedad. Insiste en la imagen del arquitecto ensimismado, preocupado por su barandilla, una especie de Narciso cautivado por su imagen en el espejo, a punto de caer en el agua de la historia y desaparecer. Un tópico peligrosísimo que otros usan para disminuir nuestra autoridad en el difícil trabajo de equipo de una obra. Sólo un arquitecto podría intentar hacer una simpática autoironía de su compleja relación con el poder, pero mejor que aquí Fernández Galiano no se disfrace y simplemente admita que en estas guerras no está a nuestro lado.



Los arquitectos son de Venus
noviembre 17, 2007, 3:02 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais

Los actuales conflictos en torno a obras emblemáticas realizadas en Madrid, Bilbao o Santiago revelan las asperezas que definen las relaciones entre el poder y los profesionales de la arquitectura

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO 15/11/2007

Los políticos son de Marte, los arquitectos de Venus. Parafraseando al neoconservador Robert Kagan, que en Poder y debilidad explicaba en esos términos las divergencias entre estadounidenses y europeos, los actuales conflictos entre políticos y arquitectos en España -del despido de Juan Navarro Baldeweg en Madrid o el pleito de Santiago Calatrava en Bilbao a la investigación parlamentaria del proyecto del norteamericano Peter Eisenman en Santiago de Compostela- podrían atribuirse a la diferente posición de cada grupo en el teatro de sombras de la representación social. Mientras los políticos forcejean por el poder mediante campañas esmaltadas de vocabulario bélico, los arquitectos habitan un paraíso amniótico de belleza sensual y seducción simbólica. Cuando estos universos paralelos se encuentran, la arquitectura deviene el reposo del guerrero, el objeto de deseo del político entregado al desordenado apetito de la cupiditas aedificatoria, o el sueño húmedo del estadista empeñado en dejar tanta huella en la geografía como en la historia. Pero el paraíso del poder político y el poder del paraíso arquitectónico son trenes que se cruzan en la noche, y sólo en raras ocasiones la voluntad del político y la imaginación del arquitecto entran en resonancia para levantar monumentos memorables: el Chandigarh de Le Corbusier no existiría sin el Pandit Nehru, como la Brasilia de Óscar Niemeyer no puede separarse de Juscelino Kubitschek, o como el propio Guggenheim de Frank Gehry no hubiera llegado a tomar forma sin la luz verde de Xabier Arzalluz.

En cualquier caso, hacen falta dos para bailar un tango, y la historia de la arquitectura del pasado siglo está pespunteada con los nombres de patronos y clientes que supieron trenzar el paso con sus arquitectos. Muchos fueron magnates con sensibilidad cultural o deseo de reconocimiento, y así aparecen el Edgar Kaufmann o la Hilla Rebay de Frank Lloyd Wright, la Phyllis Lambert de Mies van der Rohe, el Paul Mellon de Louis Kahn o la Dominique de Menil de Renzo Piano, corresponsables de muchas de las obras maestras del siglo en Estados Unidos. En Europa, sin embargo, el protagonismo de la iniciativa pública fue significativamente mayor, y los políticos adquieren tanta relevancia como para poder hablar de la Roma de Mussolini o el París de Mitterrand, trazando un arco que se extiende desde las utopías totalitarias -Hitler o Stalin, pero también el primer Franco o el último Ceausescu- hasta los grandes proyectos urbanos de las democracias. Estas nupcias profanas entre el arquitecto y el político alcanzan hoy los confines del planeta, y la Rusia de Vladímir Putin o el Kazajistán de Nursultán Nazarbáyev compiten con los emiratos del Golfo o el Pekín olímpico en manifestar a través de las obras emblemáticas su pujanza económica, barnizando sus regímenes autocráticos con el espectáculo de la celebridad arquitectónica.

A decir verdad, los arquitectos que levantan los hitos equívocos del auge oriental son los mismos que recientemente se reunían con Nicolas Sarkozy en el palacio del Elíseo para componer la foto de familia de una presidencia francesa capaz de promover reformas radicales mientras selecciona un dream team de constructores que asegure su lugar en la historia. Tal coincidencia no debería causar demasiada sorpresa, porque en estos tiempos de ideologías débiles los arquitectos han hecho de la realpolitik su religión, y son raros los casos en que rehúsan un encargo por motivos políticos o razones éticas. Incluso en etapas históricas más polarizadas, los grandes maestros han procurado adaptarse a la temperatura del momento, y al igual que Mies realizó un monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo con la hoz y el martillo para después procurar agradar a los nazis diseñando un pabellón con la cruz gamada, Le Corbusier intentó ser el arquitecto del régimen colaboracionista del mariscal Pétain para, tras la guerra, acabar construyendo la Unité d’Habitation bajo los auspicios del primer Gobierno del general De Gaulle. Con estos antecedentes, los devaneos de nuestras estrellas arquitectónicas parecen casi pecados veniales, si ésta es la consideración que nos merece la actual situación de los derechos humanos o las libertades democráticas en China, las ex repúblicas soviéticas o los emiratos del Golfo.

La élite de los arquitectos muestra hoy tan escaso apego a las coloraciones ideológicas como los futbolistas profesionales a las camisetas de sus clubes; se ofrece al mejor postor, y su integridad se refugia en la exigencia artística. El caso Calatrava lo ilustra mejor que cualquier otro: cuando su Valencia natal giró hacia la derecha durante la primera mitad de los años noventa, el arquitecto no tuvo dificultad en modificar su colosal proyecto para la Ciudad de las Artes y las Ciencias -sustituyendo una titánica torre por el actual auditorio- para acomodarlo a las prioridades del nuevo poder político; pero cuando el mismo Ayuntamiento peneuvista de Bilbao que le encargó la pasarela de Uribitarte autoriza el desafortunado ensamble de otra diseñada por Arata Isozaki, Calatrava recurre a los tribunales reclamando respeto a su propiedad intelectual. Socialistas o populares, tanto da: las formas escultóricas del valenciano pueden ponerse al servicio (y representar la gestión) de los unos o los otros, de la misma manera que fueron el emblema tanto de la Expo de Lisboa como de los Juegos Olímpicos de Atenas; sin embargo, una barandilla mal articulada es un casus belli, una ofensa artística que transforma a los arquitectos venusinos en litigantes marcianos y belicosos.

Menos explicación tienen los últimos desencuentros madrileños y gallegos. En la capital, el Teatro del Canal fue un proyecto promovido por Alberto Ruiz-Gallardón que Esperanza Aguirre heredó con desafecto; en lugar de apropiárselo a beneficio de inventario modificando algún elemento del programa -como es la cínica pero eficaz práctica habitual-, la presidenta regional ha preferido dejar la obra en vía muerta, confiando quizá en que se marchiten las ambiciones melódicas y escénicas de su predecesor, y atropellando de paso a un arquitecto ensimismado, que cruza la calle de la política sin acordarse de mirar. Y en Santiago de Compostela, la derrota electoral de Manuel Fraga dejó a medio construir la obra por la que probablemente querría ser recordado, la Ciudad de la Cultura de Galicia, y sus sucesores en la Xunta deshojan hamletianamente una margarita que sólo puede llevarles a hacer suyo el complejo y llevarlo a término, con las enmiendas y alteraciones que proceda, porque el fracaso o el éxito del proyecto no pertenece ya al veterano político de Villalba, sino a los que hoy ocupan los despachos del Pazo de Raxoi. El Parlamento de Escocia también llevó a cabo una investigación sobre su propia sede, diseñada por el prematuramente desaparecido Enric Miralles, y la censura del desbordamiento presupuestario no impidió a la obra obtener el más prestigioso galardón británico -el Premio Stirling- y convertirse en un símbolo del auge escocés, como sin duda ocurrirá en Galicia con la Ciudad de la Cultura si sus responsables saben llevarla a buen puerto.

Todas las grandes obras son polémicas, y todas sobrepasan los límites de los periodos legislativos, corriendo el riesgo de las mudanzas políticas. La Barcelona olímpica o la Expo de Sevilla, el Guggenheim o el Prado, las estaciones del AVE o la nueva generación de aeropuertos: ninguna de las realizaciones que han transformado el territorio y la imagen del país se ha ejecutado sin ásperos enfrentamientos políticos y mediáticos. Pero los arquitectos son de Venus, carecen por entero de poder, y sólo pueden aspirar a sobrevivir en el campo de Agramante del conflicto partidario si los contendientes los respetan como a la Cruz Roja, y aún así siempre estarán expuestos a una bala perdida. Los políticos de Marte, sucumban o no a la seducción de la arquitectura, deberían entender que no es necesario disparar sobre el pianista, que está ahí para interpretar la canción que se le solicite. El arquitecto construye los sueños del sultán, pero es sólo un eunuco de su harén. Aunque también es cierto que, acaso cegado por su proximidad al poder, con frecuencia imagina estar levantando una obra propia, y olvida que se alquila para soñar los sueños de otros: como en la pieza de Arrabal, y contra toda evidencia, cada mañana espera que el emperador de Asiria se ofrezca como desayuno.

Luis Fernández-Galiano es arquitecto.



Esparta y Síbaris, sobre la austeridad con voluptuosidad en la arquitectura, de Fernández Galiano
agosto 26, 2007, 4:22 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais

En la nueva línea de promover una cierta ética frente al derroche y el espectáculo que lleva el profesor Fernández Galiano, me resultó de interés este texto sobre la obra de Bernard Rudofsky aparecido hace unos días en la prensa nacional. Como me gusta repetir últimamente, usando la expresión de Guattari, lo que propone aquí es otra economía del deseo en relación con la arquitectura…
Esparta y Síbaris, de Luis Fernández-Galiano en El País

Bernard Rudofsky quiso ser espartano y sibarita. El arquitecto vienés está hoy casi olvidado, pero su empeño en reconciliar laconismo y sensualidad es más pertinente que nunca. En un planeta consciente de sus límites físicos, la voluntad de hacer compatible la reducción del consumo con la multiplicación del placer es la piedra angular de un programa político que sea al mismo tiempo un proyecto vital.

Fernando Savater asegura que la felicidad reside en reunir unos gustos sencillos con una mente complicada, y es posible que esa conjunción de austeridad y refinamiento no ande muy lejos de la propuesta de Rudofsky, propagandista tenaz de la necesidad de conciliar disciplina y hedonismo, dos polos de referencia que imaginó ejemplarmente materializados en la arquitectura japonesa y en la mediterránea.

Esos universos formales y sensoriales inspiran el conjunto de una obra que se extiende desde el diseño de moda hasta la crítica de la vida cotidiana, y que este verano se recuerda con una exposición en Montreal mostrada antes en Viena como fruto tardío del centenario de Rudofsky en 2005.

Lo mismo que su contemporáneo Bruno Taut, admirador devoto de la elegancia exacta de la casa japonesa, Rudofsky halló en la construcción vernácula y en los rituales domésticos de Japón manifestaciones rigurosas de la ética del despojamiento y la estética de la sensualidad que juzgaba inherentes a la sabiduría vital, y no muy diferente fue su percepción de las arquitecturas autóctonas y de la indumentaria tradicional del mundo mediterráneo, de la casa-patio a las túnicas o las sandalias, expresiones todas de una relajada joie de vivre, tan escueta en sus medios como inagotable en sus encantos.

En 1938 escribió su primer artículo, bajo el lema “lo que hace falta no es una nueva forma de construir, sino una nueva forma de vivir”, y medio siglo después volvió a utilizar esa frase programática como subtítulo de su última exposición, Sparta / Sybaris, que se inauguró en su ciudad de origen un año antes de su desaparición en 1988, y donde el baño colectivo, el retrete de meditación o los futones nocturnos japoneses se fundían con las referencias míticas del Mediterráneo.

Fue precisamente cerca de este mar donde entre 1969 y 1971 levantó su última obra, una casa entre olivos en la malagueña Frigiliana, no lejos de Nerja, que habitaría con su mujer Berta durante los veranos de las dos décadas finales de su vida.

Construida con sobria naturalidad sobre una cresta a tres kilómetros de la costa, y desplegada en el terreno con pérgolas y porches, la que llamó La Casa carecía de teléfono, radio o televisión, pero a cambio albergaba obras de una pléyade de amigos artistas y arquitectos, desde Calder o Christo hasta los Eames o Le Corbusier. “La hice pensando en el verano”, escribía Rudofsky al escultor Isamu Noguchi, y es en efecto en el tiempo detenido del estío cuando la casa expresa mejor su condición de manifiesto por una vida lenta y placentera, huérfana de los triclinios o los tatamis de sus exposiciones más exóticamente provocativas, pero no menos seductora en su defensa distraída de una existencia epicúrea, tan exigente en la búsqueda de una simplicidad esencial como amable en el disfrute de los placeres de la piel.

La generación de Rudofsky quedó marcada por la experiencia devastadora de los totalitarismos, y por las reacciones ensimismadas de refugio en el ámbito privado. Exactamente su misma edad tenían arquitectos como el nazi Albert Speer o el comunista Juan O’Gorman, autores ambos de una obra militante, pero también otros como el exquisito Carlo Mollino, que dedicó su talento a los clubes de equitación, las estaciones de esquí y los clubes nocturnos, además del erotismo fetichista en el diseño de muebles y la fotografía de voyeur.

Rudofsky supo hallar un camino intermedio, alejado a la vez de los mesianismos regimentados de las utopías políticas y del enclaustramiento en recintos de intimidad o entretenimiento. Su austeridad sensual, que se extendió al diseño de las famosas Bernardo Sandals, combinaba la desnudez escueta de lo vernáculo y lo moderno con una exaltación del confort natural y el hedonismo espontáneo, lindante con la perversión en las cadenitas ocultas que unen rodillas y tobillos dificultando la marcha e incrementando la percepción del cuerpo, una propuesta de juguete sexual que, como subraya su biógrafo Andrea Bocco, antecede la moda sadomasoquista del piercing y las muy similares creaciones contemporáneas de John Galliano.

Para muchos, Rudofsky es únicamente el autor de Arquitectura sin arquitectos, la exposición de fotografías de construcciones autóctonas que tras su inauguración en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1964 viajó a más de 80 ciudades en los 11 años siguientes, vendiendo más de 100.000 ejemplares de su extraordinario catálogo.

Sin embargo, el defensor de la lógica y la belleza de la arquitectura espontánea -que documentó a través de sus innumerables viajes y largos periodos de residencia en diferentes países- fue también constructor de casas admirablemente habitables, diseñador de indumentaria ad lib y reformador de los usos domésticos, amén de muy dotado fotógrafo y dibujante.

Quizás, ante todo, Bernard Rudofsky fue un filósofo moral, proponente persuasivo de un sibaritismo espartano que puede todavía inspirarnos, singularmente en estos días de verano que invitan al retorno hacia los placeres primeros. En un mundo de recursos menguantes y calor creciente, disfrutar de lo sencillo puede llegar a ser más una necesidad que una elección.

Luis Fernández-Galiano es arquitecto.



Celebración de la Ciudad
julio 20, 2007, 3:15 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais

Por Luis Fernández-Galiano, arquitecto (EL PAÍS, 19/05/07):

El clima es el problema, la ciudad la solución. Así podría resumirse el espíritu del más ambicioso programa urbano de eficacia energética lanzado en Estados Unidos. Promovido por la ciudad de Cambridge, en Massachusetts -sede de universidades como Harvard o MIT-, el plan parte de la premisa que de “muchos de los más difíciles desafíos medioambientales del planeta pueden ser abordados y resueltos por las ciudades”. Sus impulsores, Douglas Foy y Robert Healy, defienden en el Herald Tribune que, frente a la visión convencional que asocia sostenibilidad y naturaleza, la ciudad densa es más verde que la construcción dispersa, porque es más eficaz en el uso de la energía, el agua y el territorio: la ciudad de Nueva York consume menos energía per cápita que cualquier Estado de la Unión. Si la principal causa del cambio climático son las emisiones de CO2 en la combustión de carbón, petróleo o gas para producir energía que se consume en edificios -casi la mitad del total- o el transporte -un tercio-, parece razonable concentrar el esfuerzo de ahorro en las ciudades, “la Arabia Saudí de la eficacia energética”, abandonando el modelo despilfarrador de las urbanizaciones residenciales de baja densidad.

Tras varias décadas de debate sobre lo que llaman sprawl -el crecimiento en mancha de aceite de la ciudad-, los norteamericanos han redescubierto la ciudad compacta europea como un ejemplo de sostenibilidad. Los nuevos urbanistas encabezados por Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk diseñaron en 1979 Seaside -una promoción en la costa de Florida donde después se rodaría El show de Truman- para propugnar una alternativa de mayor densidad frente a la suburbanización dispersa que ha caracterizado el último medio siglo: esa que retrata en sección el itinerario de Tony Soprano cuando conduce de Manhattan al interior de Nueva Jersey en los créditos de presentación de la serie televisiva, o la que caricaturizan los 45 segundos de casas repetidas, coches repetidos y personajes repetidos que introducen los capítulos de Weeds. Pero la reforma de los nuevos urbanistas estaba lastrada por su tradicionalismo estético, y no ponía en cuestión la nostalgia arcádica de la ciudad jardín; sólo ahora, cuando las medidas para controlar el sprawl han figurado prominentemente en las campañas electorales, y cuando el cambio climático se ha convertido en una cuestión capital de la polémica política, se ha comprendido que la ciudad compacta es el único camino.

En España, la conjunción de la burbuja inmobiliaria y la corrupción urbanística ha demonizado las grúas, la densidad y la altura como signos sulfurosos del Maligno, y los políticos se abrazan a los árboles con tanto fervor como abjuran del asfalto, siendo así que ellos y nosotros hemos votado con los pies a favor del cemento. Por más que el aterrizaje suave de los precios de la vivienda y la catarsis áspera de los escándalos municipales templen las ambiciones de los ediles y recorten los proyectos de los promotores, la alternativa a los bloques unánimes de Paco el Pocero no puede ser el paisaje exánime de los adosados periurbanos, suburbanos o exurbanos. La oferta electoral de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que propone limitar a tres plantas y ático la altura de todos los nuevos desarrollos residenciales, es una promesa tan difícil de materializar en el terreno jurídico como disparatada de mantener en el territorio físico, porque impondría como único modelo de crecimiento urbano el más incompatible con la sostenibilidad: una ciudad dispersa que consume grandes cantidades de suelo, agua y energía, tanto en su construcción como en el mantenimiento de sus edificios y redes de transporte; una ciudad, por tanto, que contribuye al calentamiento global con una carbon footprint (huella de carbono) desmesurada; y una ciudad, en fin, que siendo retóricamente verde es la menos verde de todas.

Todas las ciudades felices, como asegura The Economist en su reciente informe urbano, se asemejan al menos en dos cosas, la prosperidad y el buen gobierno; las infelices lo son de muy diversas maneras, pero ni los arrabales degradados, los administradores corruptos, las calles inseguras o la carestía del alojamiento logran disuadir a las multitudes de ese éxodo hacia los núcleos urbanos que ha situado ya en las ciudades a más de la mitad de la humanidad. Estos organismos crecen, se marchitan, se reaniman o se extinguen, pero con frecuencia sobreviven a las naciones y a los imperios, reinventándose una y otra vez sobre la urdimbre fértil de su capital humano, más sólido fundamento de la pervivencia urbana que el capital físico invertido en sus trazas sobre el territorio. Al final, no son siempre las ciudades más amables las que tienen más capacidad de atracción, pese a que los rankings urbanos de habitabilidad privilegian testarudamente la placidez casi adormecida; en la encuesta de la revista británica, que valora 50 ciudades del mundo, los primeros lugares los ocupan las inevitables Vancouver, Melbourne, Viena o Ginebra, mientras Madrid y Barcelona comparten un rezagado puesto 33, por detrás de Tokio, París o Berlín, pero delante de Londres o Los Ángeles, que figuran a la cola de la lista.

Pero hasta las ciudades más abrasivas nos atraen como el imán a las limaduras de hierro, y ese poder magnético no lo otorgan las amenidades públicas ni los edificios trofeo, sino la energía material de su escala y las oportunidades sociales de su diversidad. La ciudad son sus gentes, y en la contemporánea economía del conocimiento el factor esencial de competitividad urbana es la formación de su población. Si la densidad es una virtud ecológica, al liberar territorio y reducir la factura energética, es también una virtud social, al facilitar la confluencia del talento y la fertilización cruzada que es el fundamento de la innovación. La congestión, sin embargo, necesita orquestarse para que no derive en caos, mediante semáforos físicos que regulan el tráfico de personas o vehículos y mediante semáforos jurídicos que ordenan la circulación de ambiciones o intereses: esos semáforos son el buen gobierno urbano, y si a ellos se añade la promoción del capital material incorporado en sus infraestructuras de transporte, educación o salud, y del capital social que reside en la confianza mutua y la protección de los débiles, la ciudad compacta se convierte en el mejor escenario de la vida, en la más sostenible residencia en la tierra, y en la más cabal naturaleza.



Arquitectos y filósofos
julio 20, 2007, 2:54 pm
Filed under: Fernández Galiano, Pais

Viernes, 13 de Julio de 2007

Por Luis Fernández-Galiano, arquitecto (EL PAÍS, 13/07/07):

Construimos con ideas. El boom inmobiliario es una burbuja de cemento y codicia, pero la arquitectura se levanta sobre el pensamiento. La reciente desaparición de Richard Rorty, que en la última década había reemplazado a Derrida y Deleuze en la devoción de los arquitectos, recuerda los lazos que anudan o enredan filosofía y construcción.

Dick Rorty, como le llamaban haciendo honor a su populismo norteamericano, se había alimentado del pragmatismo de Charles Peirce, William James y John Dewey para proponer una irónica utopía, burguesa y liberal, materializada en el territorio por la amabilidad trivial del nuevo urbanismo, un movimiento que reconcilia la libertad de elección democrática con el sentimiento comunitario mediante ciudades jardín previsibles y plácidas. Para el filósofo, como subrayaba en un debate con arquitectos celebrado en 2000 en el MoMA neoyorquino, “la modernidad es una continuación del Romanticismo”, mientras su defensa postmoderna del pluralismo estaba en sintonía con una visión contingente del mundo, y con un relativismo resignado que no le hacía buscar certezas más allá de los acuerdos provisionales generados por una malla solidaria de conversaciones.

Muchos hallaron en este neopragmatismo complaciente una licencia para asumir sin reparos la construcción comercial y el consumismo inmobiliario que suministra comunidades llave en mano, reduciendo lo que con Gianni Vattimo se haría pensamiento débil a poco más que el espíritu práctico y el oportunismo escéptico de una arquitectura débil, liberada tanto de los dogmas modernos como del pesimismo nihilista de la postmodernidad a la francesa, que durante el último cuarto del siglo XX protagonizó el debate teórico del proyecto. Michel Foucault, primero, con su obsesión por los espacios panópticos de vigilancia y castigo, entró en resonancia con el historiador Manfredo Tafuri y el arquitecto Aldo Rossi para producir una paradójica cosecha de edificios inspirados por la geometría elemental del iluminismo; Jacques Derrida, después, en diálogo con Bernard Tschumi y Peter Eisenman, hizo temblar las bases tectónicas de la arquitectura con un cúmulo de interpretaciones fracturadas o catastróficas de la deconstrucción filosófica; Gilles Deleuze, por último, transcrito casi literalmente en sus pliegues teóricos por oficinas como la de Rem Koolhaas, colonizó el paisaje construido con una proliferación de torsiones y alabeos.

Todas estas influencias tenían en común su enfrentamiento con la modernidad canónica -sólo viejos frankfurtianos como Jürgen Habermas seguían clamando en el desierto por “el proyecto inacabado de la modernidad”-, y todos los caminos conducían, tras más o menos revueltas, al mismo origen: Martin Heidegger, un filósofo que manifestó su resistencia a la modernización adhiriéndose a la arcadia intemporal y ominosa del nacionalsocialismo, y que al tiempo expresó su defensa arcaica del lugar emocional frente al espacio mensurable mediante un ensayo mítico, Construir, habitar, pensar, y un gesto biográfico arquitectónico, la famosa cabaña en la Selva Negra donde redactó buena parte de su obra. Levantada en 1922 por carpinteros locales supervisados por Elfride, la esposa del filósofo, usada regularmente por él hasta su desaparición en 1976, y, según algunos, escenario también de sus citas clandestinas con Hannah Arendt, die Hütte de Todtnauberg fue protagonista de un célebre poema escrito por Paul Celan después de su visita en 1967, y ha sido recientemente objeto de una minuciosa monografía redactada por el arquitecto Adam Sharr que muestra el papel de esta construcción primordial en la trayectoria de Heidegger.

De Goethe a Thoreau, la cabaña como refugio del pensamiento libre fue un lugar común del encuentro entre la construcción y las ideas, y arquitectos como Le Corbusier con su lacónico cabanon en la costa mediterránea persiguieron las verdades fundamentales en la comunión con la naturaleza y el despojamiento de todo lo accesorio. Pero en el caso de Heidegger, la cópula entre habitación elemental y pensamiento esencial alcanza tal grado de radicalidad exigente que hasta su aceptación dócil del teléfono o la electricidad llega a percibirse como una claudicación intelectual y vital. Su impacto en el mundo del proyecto, a través de historiadores como Christian Norberg-Schulz o Kenneth Frampton y arquitectos como Christopher Alexander o Peter Zumthor, indujo el retorno a los orígenes antropológicos de la construcción, tras el tránsito por el desierto mecánico de la modernidad y la excitación tumultuosa de la metrópoli, los temas y paisajes caros a Georg Simmel o Walter Benjamin que Heidegger rechazó con la misma pulsión hacia lo primario que le había conducido a los presocráticos.

El otro gran protagonista del siglo XX filosófico, Ludwig Wittgenstein -nacido como Heidegger en 1889-, tenía también una cabaña, que se hizo construir en 1913 junto al fiordo de Sogne, en Noruega, y que ocupó durante numerosas temporadas hasta pocos meses antes de su muerte en 1951. Allí se refugiaba para escribir, leer a Ibsen y disfrutar de la naturaleza con sus sucesivos compañeros sentimentales, pero su residencia primera seguía estando en Cambridge, en contacto con el fermento intelectual de la universidad, lo mismo que el autor de El ser y el tiempo pasó la mayor parte de su vida en una casa urbana de Friburgo, sede de la universidad a la que estuvo largamente vinculado y de la que fue rector durante un año bajo el régimen nazi. La cabaña noruega no fue, sin embargo, para Wittgenstein, a diferencia de Heidegger, metáfora construida de su pensamiento, y la vinculación del filósofo con la arquitectura hay que buscarla más bien en la singular casa que diseñó en Viena para su hermana Margarethe -la misma que retrató Klimt-, una pieza depuradamente racionalista que construyó entre 1926 y 1928 con su amigo Paul Engelmann, un arquitecto de convicciones sionistas e inquietudes intelectuales que había colaborado también con Karl Kraus en la revista Die Fackel.

La casa, que pasaría por diversas vicisitudes tras el traslado de Margarethe a Estados Unidos huyendo del Anschluss hitleriano de 1938 -aunque educados como católicos, los Wittgenstein tenían orígenes judíos-, muestra el estilo silencioso y escueto de Adolf Loos, profesor de Engelmann e introductor de éste en la familia del filósofo. Realizada por Wittgenstein tras el trauma de su participación en la I Guerra Mundial, la muerte de su amigo íntimo David Pinsent -al que está dedicado el Tractatus-, la donación de su fortuna a sus hermanos y sus seis años de vida como maestro rural, la exactitud ascética de la vivienda transmite una vívida impresión de veracidad vital, y resulta un ejemplo polémicamente opuesto a la exuberancia pluralista del consumo formal contemporáneo.

Wittgenstein, que al parecer no tenía mala opinión de James o Dewey, se hubiera sentido probablemente descorazonado ante las arquitecturas preconizadas por el actual neopragmatismo, y sin duda habría manifestado simpatía por la conclusión demoledora expresada por Engelmann desde su nueva patria en Israel. “Tuve los mejores maestros de mi generación, y de todos aprendí algo: de Kraus, a no escribir; de Wittgenstein, a no hablar; de Loos, a no construir”.