Noticias de Arquitectura


La tour “Verre” imaginée par l’architecte Jean Nouvel à New York, contestée.
julio 24, 2009, 4:10 pm
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23/07/2009

Les blogs américains relatent les contestations autour du projet de gratte ciel attenant au MoMA

A l’origine le projet de l’architecte français Jean Nouvel, Pritzker Prize, a été retenu.

Il s’agit d’un beau projet dans la pure tradition du style “Nouvel”.

Mais surgissant de nulle part un contestataire architecte; John Beckmann, responsable de l’agence Axis Mundi, reproche au projet; une trop grande hauteur. L’affaire est grave. Une confrontation de l’architecte lauréat, Jean Nouvel et de son opposant se tenait ce 22 juillet 2009 à New York devant la commission d’urbanisme. Trois minutes étaient accordées à chacun.



‘Zona cero’: misión imposible
septiembre 21, 2008, 4:26 am
Filed under: NY

Un complejo entramado de intereses políticos y económicos retrasa la reconstrucción del World Trade Center – Las obras podrían durar otros 10 años más

BARBARA CELIS – Nueva York – 15/09/2008

Ni Sexo en Nueva York ni Los Soprano. El verdadero culebrón que mantiene en vilo a Manhattan se titula zona cero y acaba de entrar en su octava temporada. Desde que los atentados del 11-S derribaran las Torres Gemelas dejando al desnudo 64.000 metros cuadrados de isla, un puzle de emociones, intereses económicos y políticos se ha adueñado de aquel espacio, impidiendo su renacimiento urbanístico. “Siete años después de los ataques, el solar en el que se erigía el World Trade Center sigue teniendo el triste sabor de un área en construcción”, clamaba durante el reciente aniversario un editorial de The New York Times.

El mito de Nueva York como ciudad urbanísticamente dinámica del que el Empire State Building era el mayor emblema -se construyó en apenas 13 meses en 1931- se ha topado con el muro inexpugnable de un ambicioso proyecto de presupuestos astronómicos que nadie sabe cómo financiar. La última estimación rondaba los 13.000 millones de dólares (9.100 millones de euros), pero aparentemente sólo existe la mitad de ese dinero.

Además, en siete años el precio de los materiales de construcción se ha encarecido en un 30%, por no hablar de la crisis económica que ha golpeado ese sector y que hace que cada decisión tenga que ser calibrada con extrema atención. Los enfrentamientos de poder entre las 19 agencias locales, estatales y federales que participan en el proyecto han llevado a una falta absoluta de dirección en las obras. A esto hay que añadir continuos cambios en el diseño de toda el área, debidos en gran parte a la politización de los sentimientos que genera un espacio con sobredosis de carga emocional: no sólo es terreno edificable, sino el santuario en el que murieron casi 3.000 personas un fatídico 11 de septiembre.

El resultado de este cóctel único es que los plazos para la finalización de la construcción de cinco rascacielos, un monumento, un museo dedicado a las víctimas, dos centros culturales y un intercambiador de transportes -el que diseña el español Santiago Calatrava- volverán a retrasarse oficialmente a finales de septiembre. “Los plazos actuales no son realistas, así que la Autoridad Portuaria de Nueva York publicará en dos semanas un nuevo calendario. También los presupuestos volverán a cambiar”, aseguró a este diario su portavoz Steve Coleman. Esta agencia es la encargada de dirigir la construcción de un área de la que es propietaria, pero cuyo alquiler hasta finales de siglo está en manos de Larry Silverstein, el magnate inmobiliario con los mayores intereses económicos de la zona cero.

Silverstein era el arrendatario de las Torres Gemelas, por cuya pérdida recibió el pasado año 4. 500 millones de dólares (3.160 millones de euros) de sus aseguradoras, un tercio de lo que en 2003 se calculaba que podría costar la reconstrucción de la zona cero. Con ellos ha financiado el único edificio que ya existe, el WTC7 y parte de la construcción de las torres 2, 3 y 4, cuyas obras comenzaron este año. También está en sus manos la torre 5, imposible de construir hasta que no se desmantele el ruinoso Deutsche Bank Building, un edificio dañado durante los ataques, pero aún en pie en medio del solar. La emblemática Torre de la Libertad, que este mes alcanzó los ocho metros de altura -¡después de cuatro años de obras!-, también depende en gran parte de su bolsillo, aunque por conflictos políticos -tiene carga simbólica- este año la responsabilidad de la construcción se le entregó a la Autoridad Portuaria.

El controvertido rascacielos, coronado por una espiral en su cima que emulará la antorcha de la Estatua de la Libertad y que algún día alcanzará una altura de 541 metros (1.776 pies, cifra simbólica que alude a la fecha de la independencia norteamericana) es el perfecto reflejo del caos en el que se ahoga la reconstrucción.

Originalmente fue concebido por Daniel Libeskind, que ganó en 2003 el concurso de planificación de toda la zona cero, titulado Memory foundations (Cimientos de la memoria). Un año después, las discrepancias entre Silverstein y el arquitecto obligaron a que Libeskind aceptara el rediseño de esa torre hecho por David Childs, de la firma SOM, que se llevó el suculento encargo de su construcción, presupuestada entonces en 3.000 millones de dólares (2.110 millones de euros). Seguridad y problemas técnicos han hecho que su diseño vuelva a cambiar tres veces desde entonces. “El resultado es que ahora la Torre de la Libertad es un híbrido mediocre”, ha sentenciado Paul Goldberger, crítico de arquitectura de la revista New Yorker. Esa torre, que este año tendría que haber alcanzado la mitad de su altura, también tiene financiación pública a través de la Lower Manhattan Development Corporation, una confusa agencia creada tras los atentados con el fin de gestionar, entre otras cosas, los fondos federales para la reconstrucción y que ahora el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, quiere desmantelar. “Debería entregarle a la alcaldía sus responsabilidades en la construcción para eliminar burocracia innecesaria”, clamó la pasada semana desde las páginas del Wall Street Journal.

Respecto a las torres 2, 3 y 4, Silverstein le entregó el encargo a los estudios de Richard Rogers, Norman Foster y Fumihiko Maki. Sin embargo, según fuentes cercanas a uno de ellos, “todo está casi paralizado porque hay continuos retrasos en la construcción del monumento y el intercambiador, y eso imposibilita ponerle fecha al fin de las obras de los edificios. Sin una fecha de entrada, es difícil captar clientes dispuestos a alquilar oficinas, contratos de los que depende el dinero para completar los proyectos”.

El monumento a las víctimas diseñado por Michael Arad y Peter Walker es otro culebrón en sí mismo. Con un presupuesto de 1.000 millones de dólares (700 millones de euros), tenía que haber estado listo en 2009. Pero la falta de fondos y las protestas de los familiares, que consideraron que era un monumento a los edificios y no a los muertos, retrasaron su arranque (la primera columna de sus cimientos se puso el pasado 2 de septiembre). Las familias de las víctimas también dinamitaron el complejo museístico que lo iba a acompañar, donde estaba previsto crear el Centro Internacional de la Libertad, dedicado a mostrar la historia internacional de la lucha por las libertades, y el Museo del Dibujo. Al primero, las familias lo consideraron irrespetuoso porque hablaría de “otros” cuando aquello era un terreno dedicado a “sus” víctimas. Y clamaron contra el Museo del Dibujo porque en su actual sede neoyorquina se había atrevido a mostrar “arte antipatriótico” (una exposición sobre las torturas de Abu Ghraib). “No fueron sólo los familiares, muchos ciudadanos se quejaron”, se excusaba a este periódico Michelle Breslauer, portavoz del museo y monumento a las víctimas del 11-S. La firma Snohetta, escogida para diseñar el complejo museístico ha tenido que limitarse a diseñar una entrada para el Museo de las Víctimas.

Breslauer no quiere criticar los retrasos que ha sufrido un monumento cuyo presupuesto ha encogido en 500 millones de dólares. “Han pasado muchas cosas, pero ahora lo único importante es que todos los implicados en la zona cero se comprometan a terminarlo para el décimo aniversario. Las víctimas necesitan un lugar al que ir a recordar a sus muertos”, declaró.

Del centro cultural que iba a construir Frank Gehry no hay ni rastro en los planos actuales porque no hay fondos para construirlo. “No arrancará hasta, al menos, 2010 o 2011, cuando finalicen las obras del intercambiador de Calatrava”, ha declarado Silverstein. Toda la expectativa se centra ahora en las nuevas fechas que anunciará la Autoridad Portuaria en breve. Pero, a la vista de las circunstancias, al culebrón de la zona cero aún le pueden quedar 10 años de vida por delante.



I-Beam Design en New York City
septiembre 20, 2007, 3:56 pm
Filed under: NY

Aquí esta “un video que muestra un loft de Soho diseñado por Azin Valy y Suzan Wines del I-Beam Design en New York City.”



Nueva York, un paso atrás
junio 25, 2007, 3:25 am
Filed under: Ciudades, NY

IÑAKI ÁBALOS 23/06/2007

La isla de Manhattan tiene una nueva hambre. El hambre de nuevas construcciones firmadas por grandes nombres. Después de la traumática pérdida de edificios-símbolo como las Torres Gemelas, Nueva York vive una etapa intensa de renovación urbana. Richard Meier, Jean Nouvel, Renzo Piano, Bernard Tschumi, Santiago Calatrava, Frank Gehry, Norman Foster o Richard Rogers son algunos de los arquitectos con proyectos en la ciudad de los rascacielos.

Warhol decía que hasta los árboles trabajan sin parar en Nueva York, procurando día y noche el oxígeno que consumen sus habitantes y sus industrias. Y algo así puede decirse ahora de la actividad constructora, que no acusa la crisis del sector en el resto del país sino que parece intensificarse sin fin. Una nueva moda -cuyo punto de arranque fueron las torres de apartamentos de Richard Meier frente al Hudson- está modificando el real estate, ahora necesitado de la plusvalía del autor e incluso del toque europeo en algunos casos. El tablero de juego se modifica paulatinamente y todos mueven pieza, estableciéndose diferentes frentes. El de los europeos es cuando menos curioso. Jean Nouvel termina en Soho, en Mercier Street, unos apartamentos que han sorprendido por lo último que podría imaginarse viniendo de Nouvel: por ser indiferentes, una emulación de la tipología de fachada de hierro fundido un tanto rutinaria, “engordando” las dimensiones esperables de los elementos, seguramente por los códigos americanos (un engorde que acusan otros edificios como el Hearst de Foster). Pero no es el único en dejar un sabor agridulce y quizás sea mejor no comentar los delirios de Calatrava cada vez más ensimismado en su genialidad cursi, ni la fealdad de los azulados volúmenes residenciales construidos por Bernard Tschumi, compitiendo posiblemente en la carrera por el muro cortina más vulgar jamás levantado… Herzog & De Meuron terminan un lujoso bloque de apartamentos para Ian Schrager en Bond Street cuya interpretación de la fachada de hierro fundido es sorprendentemente sofisticada, envolviendo acero inoxidable semicilíndrico en tubos de vidrio con similar sección creando un juego de reflejos hipnótico, que absorbe la luz solar dejando dibujada una retícula como de líneas de neón que captura instintivamente la mirada del peatón… Rem Koolhaas, el autor de Delirious New York, con una pequeña oficina abierta a pesar de sus desencuentros con la ciudad, realizará unos apartamentos en Nueva Jersey así como el importante proyecto que desarrolla para Cornell (Ithaca), pero nada en Nueva York. Nada, tampoco, de Peter Eisenman, el otro arquitecto, éste americano, cuya biografía está tan unida a Nueva York como lo está la de Woody Allen y aún sin estrenar en la ciudad. Sin embargo, el otro maestro americano, Frank Gehry, ha terminado su primer edificio en Manhattan, una pequeña pero interesante alcachofa de vidrio serigrafiado que consigue bellísimos efectos plásticos con un material más comercial que el titanio y que, pese a tratarse de una imposición del cliente, parece haberle gustado pues lo empleará de nuevo a gran escala en París para la Fundación Louis Vuitton. Al sur de Manhattan, como si el lugar estuviese maldito, David Childs (SOM), tras apoderarse del plan de Libeskind para la “zona cero” y destrozar patéticamente lo poco que tenía de bueno el original (su carácter simbólico y coreográfico), propone lo que, si llega a materializarse, será el mayor símbolo de la historia representando exactamente lo contrario de lo que quiere representar: la Freedom Tower con su base maciza antibombas, su geometría bastarda de la de Libeskind y su patética coronación (los molinos de viento como imagen de la libertad no dejan de hacer risa a toda la profesión y The New York Times ya ha avisado varias veces del dislate) será sin duda el mayor símbolo de la decadencia del imperio y de la falta de la libertad, genio y pulso creativo que lo hicieron grande. No contento con ello, se ha rodeado de un coro de torres firmadas por Foster, Rogers y Maki, supuestamente coordinadas (de hecho se trabaja en una misma oficina en el sitio), cuya total falta de sentido coreográfico e incluso del valor individual que por lo menos Foster y Maki habitualmente exhiben culmina el sinsentido que todo el lugar ha adquirido en manos de su propietario Silverstein (sólo el elegante muro cortina y el lobby de James Carpenter que envuelve la WT7, ya construida, puede dar lugar a un comentario positivo). Merece mención aparte la debilidad del proyecto de Norman Foster, pues se trata de un lugar en el que ensayó una de sus propuestas en altura más bellas, reproducida más tarde en la portada del catálogo de la exposición Tall Buildings del MOMA, cuyo trasunto pragmático, la Hearst Tower, ha terminado acertadamente más arriba en Manhattan, en la Octava Avenida, reduciendo su silueta característicamente diagonal astutamente a las esquinas de modo que sin el más mínimo riesgo tipológico se consigue el máximo efecto icónico.

Frente a este balance del arqui

tecto inglés brilla con luz propia la eclosión de Renzo Piano, con cinco obras singulares y dos ya terminadas en el centro de Manhattan: la Pier Morgan Library y The New York Times. Dos intervenciones diferentes, la primera de costura entre edificios históricos, la segunda una torre para el periódico, que posiblemente, por las constricciones impuestas en ambos casos, espaciales las primeras, económicas las segundas, han permitido sacar a la luz el mejor Renzo, el centrado en problemas técnicos y soluciones elegantes y sintéticas, sin gestos seudoartísticos que han desvirtuado siempre que lo ha intentado su arquitectura. The New York Times no será la gran torre que revolucione la tipología en las próximas décadas, ni el icono más al día de la ciudad; de hecho, su máscara de tubos cerámicos protegiendo del sol el vidrio transparente deja además de un aire de algo ya visto, un tono grisáceo no muy afortunado en el clima neoyorquino, dibujando una figura de ventanas rasgadas sobre el muro vidriado confusa, que muestra que la escala elegida para los elementos seguramente no es la más afortunada para tales tamaños -sí, sin embargo, en las plantas bajas, cerca del peatón

…-. Pero lo que no tiene de “rompedor” en la imagen queda compensado por los aciertos técnicos, por la concepción espacial del puesto de trabajo, por los detalles con los que todas las escalas, desde el mobiliario hasta la estructura expuesta al exterior, han sido resueltos, introduciendo en la construcción neoyorquina un gusto por el detalle y los acabados perdido desde los rascacielos posmodernos hechos a mordiscos… Compárese con la nueva Trump Tower terminada frente a Naciones Unidas, construida como una mala carretera: la estructura más barata, el vidrio más barato, los acabados más baratos y feos (del gusto “nuevo rico internacional”), puesto todo junto de la forma más rápida y vendido como el condominio más caro de Estados Unidos… La otra cara de la moneda, que muestra el valor del empeño de The New York Times y su arquitecto (y, sin embargo, no puedo evitar añadir que es una lástima, que las proporciones tremendamente esbeltas de la Trump Tower junto al prisma modernísimo de Naciones Unidas tienen algo delirante que uno piensa podría haber sido aprovechado mejor).

Por otra parte, el éxito de Renzo Piano en la ciudad da también que pensar. ¿Qué es lo que le hace favorito entre los neoyorquinos interesados en el valor añadido de lo europeo? Hal Foster lo dice claro: vender “elegancia”, y para los neoyorquinos “moderno” ha pasado a ser “elegante”, ése es el nuevo eslogan que atraviesa toda la ciudad. Una elegancia cultivada largamente por Renzo, desafectada de lo icónico y concentrada en lo háptico y el detalle. Pero también una elegancia hecha a base de alejarse de los debates culturales y de ejercer un democrático “buenismo” que las más de las veces deja indiferentes a los arquitectos. ¿Era esto todo lo que se necesitaba para tener reconocimiento: una sobria y prudente indefinición? ¿Era eso lo que los modernos imaginaban en 1920 como meta de la modernidad? ¿Son las viviendas más sofisticadas de los millonarios más petulantes el mercado en el que deben competir los arquitectos europeos más dotados?

Paradójico juego de desplazamientos, la ciudad que en los ochenta exportó al mundo las “neovanguardias”, especialmente Greg Lynn desde Columbia University -y que ahora exporta edificios completos como el magnífico rascacielos blando de Reiser y Umemoto en construcción en Dubai-, a la hora de la verdad da un paso atrás (véase el MOMA, la Pier Morgan Library o el New Museum que terminará Sejima a fines de este año) y adopta geometrías regulares y simples, como Renzo Piano, Norman Foster, Herzog & De Meuron, Jean Nouvel y, por qué no, como la última torre de ese Gil y Gil que es Trump. Nueva York es la expresión del pragmatismo y prefiere aún exportar los experimentos caros. Por ejemplo, a Dubai o a Santiago.



La reconstruction de Ground Zero est désormais possible
junio 2, 2007, 3:46 am
Filed under: Libeskind, NY

La voie est enfin libre pour la reconstruction de l’ensemble du site de Ground Zero, lieu où les deux tours du World Trade Center se sont effondrées le 11 septembre 2001, le dernier litige avec les assureurs ayant été résolu.

Le promoteur détenteur du bail Larry Silverstein vient de conclure un accord avec les sept compagnies d’assurance du site qui s’engagent à payer 2 milliards de dollars, en plus de quelque 2 milliards précédemment versés. “Le train est désormais engagé sur ses rails”, s’est félicité M. Silverstein qui avait signé le bail du site juste deux mois avant les attentats de 2001. Ce litige avait provoqué des interruptions de chantiers et provoqué de multiples délais très coûteux.

Le clou du futur complexe, supervisé par l’architecte Daniel Libeskind, est la “Freedom Tower” prévue pour début 2011 dont le chantier a commencé l’an dernier après de très nombreux retards. Cette tour symbole de 415 mètres dessinée par David Childs atteindra la hauteur des deux tours détruites et sera surmontée d’une flèche puissamment éclairée, censée évoquer la flamme de la statue de la liberté et qui portera la hauteur totale de l’édifice à 541 mètres.

Un mémorial dédié aux victimes des attentats appelé “Reflecting Absence”, qui présentera deux carrés vides entourés de cascades d’eau figurant les emplacements des tours jumelles détruites, doit également voir le jour sur le site en 2009. Le seul gratte-ciel achevé à ce jour sur le site est le “World Trade Center 7”, une tour de bureaux de 52 étages. Le prochain chantier qui devrait être terminé en 2009 est la plate-forme de transports conçu par l’architecte espagnol Santiago Calatrava. Trois autres immeubles de bureaux doivent également voir le jour dans le cadre de ce complexe, deux en 2011 et la troisième l’année suivante. Enfin, une cinquième tour devrait également se dresser mais pour l’instant ses plans ne sont pas finalisés.

Le maire de New York, Michael Bloomberg, s’est félicité de la fin de la procédure avec les assureurs, estimant qu’il s’agissait d’un pas pour reconstruire le sud de l’île de Manhattan. Mais d’autres dossiers liés au 11 septembre 2001 restent en suspens, notamment celui sur l’état de santé des secouristes et des ouvriers qui ont travaillé sur le site. Pour la première fois la semaine dernière, des experts médicaux ont officiellement lié la mort d’un ouvrier à la poussière toxique respirée après l’effondrement des tours.

Des centaines de secouristes dépêchés sur les lieux après les attentats et d’ouvriers qui ont déblayé et nettoyé le site souffrent de problèmes respiratoires qui seraient dus à l’exposition à la poussière et à des émanations de produits toxiques. Les conclusions de l’expertise médicale devraient augmenter la pression sur les autorités municipales pour qu’elles réexaminent les cas de dizaines de personnes mortes depuis 2001, dont les décès pourraient être liés à leur présence sur le site.
James HOSSACK (AFP)

(29/05/2007)



Repensar la Torre de la Libertad
junio 1, 2007, 1:30 pm
Filed under: Libeskind, NY

El proyecto está signado por la soberbia personal y la conveniencia política. Su basamento blindado transmite intolerancia y desconfianza hacia el resto del mundo.

NICOLAI OUROUSSOFF. Crítico de arquitectura de The New York Times.

El Ground Zero vivió su propia fatiga de guerra. A cada nuevo paso del proceso de reconstrucción se pidió a los neoyorquinos que adoptaran la retórica de la renovación, sólo para presentárseles luego imágenes de una ciudad que permanece en un estado de confusión y engaño. Si cerraramos los ojos, podríamos pensar que todo va a desaparecer.

Sin embargo, el esperado anuncio de que el gobernador Eliot Spitzer respaldará la construcción de la Torre de la Libertad puede significar el fin de toda esperanza de devolver una visión amplia —o cierto grado de cordura— a un proyecto signado por la soberbia personal y la conveniencia política.

El reciente debate sobre la torre se concentró exclusivamente en los valores inmobiliarios. En momentos en que el desarrollador Larry Silverstein se dispone a construir casi 600.000 metros cuadrados de oficinas en tres edificios junto a la Torre de la Libertad, algunos cuestionan si será posible alquilar una parte suficiente del proyecto de 3.000 millones de dólares a niveles adecuados para que el mismo resulte rentable. Es muy probable que la carga simbólica de la torre desaliente a los posibles inquilinos por temor a que ésta pueda ser un blanco para terroristas. La sugerencia de que llenemos el edificio con reparticiones gubernamentales es casi perversa.

Pero el problema no es sólo si puede obligarse a suficientes burócratas a trabajar ahí algún día, sino también qué expresa el edificio como obra arquitectónica. El gobernador Spitzer puede recordar la presencia de las Torres Gemelas en el horizonte urbano, una presencia al mismo tiempo orgullosa y amenazadora. La Torre de la Libertad tendrá un efecto igualmente fuerte en la vida cotidiana de los neoyorquinos, así como en la imagen de la ciudad en todo el mundo. Su mensaje, sin embargo, será muy diferente del de las viejas torres.

La Torre de la Libertad, cuyos extremos acanalados y estructura ahusada evocan un obelisco de vidrio pantagruélico, fue rediseñada apresuradamente hace más de un año, luego de que especialistas en terrorismo cuestionaron su vulnerabilidad a un atentado con explosivos. Su forma abultada, que rehicieron Skidmore, Owings & Merrill, recuerda vagamente lo peor del historicismo posmoderno. (Es increíble que el revestimiento de vidrio no se haya reformulado en granito.)

Ciudades como París, Londres y San Francisco organizaron hace poco grandes concursos arquitectónicos para el diseño de las torres que caracterizarán su horizonte. Atrajeron gran cantidad de arquitectos talentosos y ambiciosos, y muchos de esos diseños expanden los límites tecnológicos y estructurales al tiempo que repiensan los rascacielos como parte de una visión urbana holística.

Hasta en Nueva York, que en los últimos diez años quedó rezagada en relación con buena parte del mundo en lo que respecta a ambiciones arquitectónicas, proyectos como la nueva Torre Hearst de Norman Foster indican la vigencia de criterios más exigentes para el diseño de estructuras urbanas.

De construírsela, la Torre de la Libertad sería un constante recordatorio de nuestra pérdida de ambición y de nuestra incapacidad para generar una arquitectura que exprese una genuina confianza en el futuro colectivo de los Estados Unidos en lugar nostalgia por un pasado inexistente.

En ningún lugar esa pérdida de ambición se hace más evidente que en la base de la torre. En una sociedad en la que el contrato social que nos une se está debilitando, los arquitectos más incisivos encontraron formas de crear una relación más fluida entre los ámbitos público y privado. El lobby de la Phare Tower de París, de Thom Mayne, por ejemplo, está pensado como extensión del ámbito público, ya que incorpora el paisaje urbano que lo rodea e incursiona en el espacio subterráneo para brindar acceso a una red de trenes.

La Torre de la Libertad, en cambio, está pensada como una fortaleza inexpugnable. La base, un búnker de hormigón de veinte pisos, sin ventanas, que contiene el vestíbulo y muchos de los sistemas mecánicos de la estructura, está revestida con paneles de vidrio laminado a los efectos de obtener un aspecto atractivo, pero el mensaje es el mismo. Transmite más paranoia que resistencia y tolerancia. Es un edificio blindado contra un mundo exterior en el que ya no confiamos.

No hay motivos para aceptar semejante destino. Todavía falta un año para que empiece a erigirse el edificio y los cimientos podrían terminarse mientras se lleva a cabo un proceso de reformulación del diseño. Mientras tanto, podría iniciarse la construcción de las torres de Silverstein en el lado sur, mucho más fáciles de alquilar.

Por supuesto, el gobernador Spitzer tendría que mostrarse dispuesto a aventurarse en uno de los predios con mayor carga emocional y política del mundo a menos de tres meses de haber asumido. Para ello primero debe aceptar que el mensaje de la Torre de la Libertad no se dirige sólo a los neoyorquinos obsesionados por los bienes raíces, sino al mundo, y que el mensaje que transmite ahora es nuestro peor aspecto.

Traducción de Joaquín Ibarburu

(c) Copyright The New York Times y Clarín



Repensar la Torre de la Libertad
marzo 17, 2007, 3:43 pm
Filed under: NY, SOM

El proyecto está signado por la soberbia personal y la conveniencia política. Su basamento blindado transmite intolerancia y desconfianza hacia el resto del mundo.

NICOLAI OUROUSSOFF. Crítico de arquitectura de The New York Times.

El Ground Zero vivió su propia fatiga de guerra. A cada nuevo paso del proceso de reconstrucción se pidió a los neoyorquinos que adoptaran la retórica de la renovación, sólo para presentárseles luego imágenes de una ciudad que permanece en un estado de confusión y engaño. Si cerraramos los ojos, podríamos pensar que todo va a desaparecer.

Sin embargo, el esperado anuncio de que el gobernador Eliot Spitzer respaldará la construcción de la Torre de la Libertad puede significar el fin de toda esperanza de devolver una visión amplia —o cierto grado de cordura— a un proyecto signado por la soberbia personal y la conveniencia política.

El reciente debate sobre la torre se concentró exclusivamente en los valores inmobiliarios. En momentos en que el desarrollador Larry Silverstein se dispone a construir casi 600.000 metros cuadrados de oficinas en tres edificios junto a la Torre de la Libertad, algunos cuestionan si será posible alquilar una parte suficiente del proyecto de 3.000 millones de dólares a niveles adecuados para que el mismo resulte rentable. Es muy probable que la carga simbólica de la torre desaliente a los posibles inquilinos por temor a que ésta pueda ser un blanco para terroristas. La sugerencia de que llenemos el edificio con reparticiones gubernamentales es casi perversa.

Pero el problema no es sólo si puede obligarse a suficientes burócratas a trabajar ahí algún día, sino también qué expresa el edificio como obra arquitectónica. El gobernador Spitzer puede recordar la presencia de las Torres Gemelas en el horizonte urbano, una presencia al mismo tiempo orgullosa y amenazadora. La Torre de la Libertad tendrá un efecto igualmente fuerte en la vida cotidiana de los neoyorquinos, así como en la imagen de la ciudad en todo el mundo. Su mensaje, sin embargo, será muy diferente del de las viejas torres.

La Torre de la Libertad, cuyos extremos acanalados y estructura ahusada evocan un obelisco de vidrio pantagruélico, fue rediseñada apresuradamente hace más de un año, luego de que especialistas en terrorismo cuestionaron su vulnerabilidad a un atentado con explosivos. Su forma abultada, que rehicieron Skidmore, Owings & Merrill, recuerda vagamente lo peor del historicismo posmoderno. (Es increíble que el revestimiento de vidrio no se haya reformulado en granito.)

Ciudades como París, Londres y San Francisco organizaron hace poco grandes concursos arquitectónicos para el diseño de las torres que caracterizarán su horizonte. Atrajeron gran cantidad de arquitectos talentosos y ambiciosos, y muchos de esos diseños expanden los límites tecnológicos y estructurales al tiempo que repiensan los rascacielos como parte de una visión urbana holística.

Hasta en Nueva York, que en los últimos diez años quedó rezagada en relación con buena parte del mundo en lo que respecta a ambiciones arquitectónicas, proyectos como la nueva Torre Hearst de Norman Foster indican la vigencia de criterios más exigentes para el diseño de estructuras urbanas.

De construírsela, la Torre de la Libertad sería un constante recordatorio de nuestra pérdida de ambición y de nuestra incapacidad para generar una arquitectura que exprese una genuina confianza en el futuro colectivo de los Estados Unidos en lugar nostalgia por un pasado inexistente.

En ningún lugar esa pérdida de ambición se hace más evidente que en la base de la torre. En una sociedad en la que el contrato social que nos une se está debilitando, los arquitectos más incisivos encontraron formas de crear una relación más fluida entre los ámbitos público y privado. El lobby de la Phare Tower de París, de Thom Mayne, por ejemplo, está pensado como extensión del ámbito público, ya que incorpora el paisaje urbano que lo rodea e incursiona en el espacio subterráneo para brindar acceso a una red de trenes.

La Torre de la Libertad, en cambio, está pensada como una fortaleza inexpugnable. La base, un búnker de hormigón de veinte pisos, sin ventanas, que contiene el vestíbulo y muchos de los sistemas mecánicos de la estructura, está revestida con paneles de vidrio laminado a los efectos de obtener un aspecto atractivo, pero el mensaje es el mismo. Transmite más paranoia que resistencia y tolerancia. Es un edificio blindado contra un mundo exterior en el que ya no confiamos.

No hay motivos para aceptar semejante destino. Todavía falta un año para que empiece a erigirse el edificio y los cimientos podrían terminarse mientras se lleva a cabo un proceso de reformulación del diseño. Mientras tanto, podría iniciarse la construcción de las torres de Silverstein en el lado sur, mucho más fáciles de alquilar.

Por supuesto, el gobernador Spitzer tendría que mostrarse dispuesto a aventurarse en uno de los predios con mayor carga emocional y política del mundo a menos de tres meses de haber asumido. Para ello primero debe aceptar que el mensaje de la Torre de la Libertad no se dirige sólo a los neoyorquinos obsesionados por los bienes raíces, sino al mundo, y que el mensaje que transmite ahora es nuestro peor aspecto.