Noticias de Arquitectura


Crisis y arquitectura
mayo 19, 2009, 3:14 am
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JOSEP MARIA MONTANER

La crisis inmobiliaria, financiera y productiva se acusa en todos los ámbitos, y la arquitectura catalana no es una excepción: los encargos privados han bajado en picado y una parte de la obra pública se ralentiza a la espera de que escampen las nubes de la incertidumbre. Muchos despachos están reduciendo su plantilla, cuando no cerrando; una reducción que ya amenaza a las escuelas privadas de arquitectura y que ya ha afectado al Colegio de Arquitectos de Cataluña, que ha sido tan poco previsor ante los avisos recibidos desde 2004 sobre la explosión de la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, que haya crisis no significa que no hagan falta arquitectura y urbanismo. Hacen falta más que nunca: viviendas asequibles y nuevos barrios ecológicos; reparaciones, rehabilitaciones y reformas; equipamientos de proximidad y espacios públicos. Ante la crisis, cada saber y profesión debería aprovechar para reestructurarse y no para estar suspirando por que vuelva el capitalismo del pelotazo.

Porque no se trata de que salgan indemnes las grandes obras, como el trazado de AVE, y los grandes embolados, como el anunciado Instituto de Arquitectura de Barcelona, de promoción privada; ni de que reciban la peor parte, como siempre, los sectores más débiles de la sociedad y se escatime en obras de apoyo social, en equipamientos educativos, en intervenciones para rehacer el patrimonio o en la implementación de medidas hacia la sostenibilidad.

Lo que se necesita es buena arquitectura para la gente, promover iniciativas y experimentos entre los jóvenes proyectistas y diseñadores. Se buscan arquitectos con visión política y crítica. Faltan técnicos para los movimientos sociales urbanos. Los arquitectos han ido perdiendo relación con la realidad y peso dentro de la sociedad, convertidos en servidores del poder. Es de esperar que la crisis sea ocasión para replantear la profesión, que se reinterprete su compromiso con la sociedad, se propongan nuevas éticas, más ecológicas y participativas, y se vuelva a valorar la cultura crítica.



Olvido de la cultura del espacio público
febrero 15, 2009, 9:42 pm
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JOSEP MARIA MONTANER 07/02/2009

Barcelona se había convertido en los años ochenta y principios de los noventa en modelo por su cultura del diseño del espacio público. Hoy dicha cultura se está perdiendo y, si se ha desarrollado, ha sido trasladándose a la escala del de la región metropolitana y de los parques territoriales, donde a partir de los años noventa se han realizado intervenciones memorables. Queda ya poco de la capacidad de proyectar espacio público en Barcelona capital. Obras como la plaza de Lesseps o como el Parc Central del Poblenou son una muestra del estancamiento y de la pérdida de una manera de saber hacer.

La cultura del espacio público urbano se recuperó a principios de los años ochenta, con la política municipal democrática, que entendió que lo más urgente y reclamado por los movimientos sociales urbanos eran los espacios públicos, y con las obras de autores que, como Enric Miralles y Carme Pinós, no aprendieron a proyectar el espacio público en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, sino en Italia y con los arquitectos del Team X, especialmente en los cursos del ILAUD (The Internacional Laboratory of Architecture and Urban Design) de Urbino y Siena, dirigido por Giancarlo de Carlo.

En una siguiente etapa las obras pasaron a ser realizadas por una prometedora generación de arquitectas y paisajistas, como Bet Figueras (Jardín Botánico y las tres manzanas en la Vila Olímpica), Beth Galí (Fossar de la Pedrera), Imma Jansana (parques en el Baix Llobregat), Teresa Galí-Izard (paisajista colaboradora de estudios de arquitectura) y Carme Fiol y Andreu Arriola (Parc Central de Nou Barris). Pero esta nueva tradición, protagonizada por arquitectas catalanas, le ha sabido a poco al poder local.

A este olvido ha contribuido la incapacidad de hacer autocrítica que caracteriza al urbanismo de esta ciudad; de no aprender de la experiencia de lo que se ha hecho, intentando repensar el sistema de parques que se ha ido realizando; procurando mejorar pavimentos, mobiliario y vegetación; teniendo en consideración los usos del espacio por parte de todas y todos, y para todas las edades, y empezando a corregir defectos: ínfimos espacios destinados a juegos infantiles; total escasez de bancos, para las personas que cuidan a los niños, para reunirse o para descansar; falta de baños públicos, etcétera. Esta evolución frustrada ha comportado que dicha cultura no haya llegado a madurar y se haya diluido.

En los últimos años, los encargos representativos se han adjudicado a grandes despachos, como el de Jean Nouvel, y a viejas glorias, como Albert Viaplana. El Parc Central del Poblenou es un compendio de errores que sigue chupando presupuesto público y del que queda pendiente reclamar responsabilidades: ¿quién o quiénes eligieron el proyecto de Nouvel, autorizaron esta obra y aprobaron unos presupuestos desorbitados? Nouvel no sólo despreció totalmente que fuera un parque seguro, satisfactorio y relacionado con el entorno, sino que olvidó que tuviera suficientes juegos para niños y ahora se ha tenido que programar que este fracasado “parque de autor” sea remodelado por el mismo autor, para que sirva para algo más que para ser fotografiado.

Y las intervenciones de Albert Viaplana en las plazas de Lesseps y Europa, ésta en L’Hospitalet del Llobregat, ponen en evidencia el recurso a unos repertorios estancados. La remodelación de la plaza de Lesseps ha sido el resultado de un laborioso proceso de participación, que definió las diversas áreas, replanteó flujos y elaboró secciones. Pero por exceso de confianza se dejó que el arquitecto, que se cree artista y no un técnico al servicio de la sociedad, pudiera colocar lo que quisiera. Vigas, palios y voladizos gigantes quedan como reliquias de un siglo pasado en el que cierta arquitectura se creyó arte, cayendo en el ridículo de simplificar su complejidad y negar su necesidad de adaptarse al contexto y al entorno social. Lo que se esparce sobre la plaza son restos de otra época, es el canto del cisne de una manera impositiva y arbitraria de diseñar parques artificiales, que va a dominar durante un tiempo sobre una plaza que debería haber sido totalmente para el barrio y no una pretendida obra de artista. Por eso la cuestión no es la del “estilo de diseñador”, que argumentaba Oriol Bohigas en estas mismas páginas, sino algo más profundo: se trata de la revisión de los sistemas para realizar el proyecto urbano contemporáneo, que se han de basar más en la sociedad, en el conocimiento y en saber aprender de la experiencia que en las pretendidas habilidades del autor individual. Y por ello en esta ciudad, que había conseguido crear una propia cultura del espacio público, al no saber apreciarla, valorarla y revisarla, en unos pocos años se ha estancado y se ha diluido.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la ETSAB-UPC.