Noticias de Arquitectura


Zaha Hadid triunfa con Bach
agosto 14, 2009, 8:47 pm
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La arquitecta anglo-iraquí diseña en Manchester una sala de música de cámara

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 18/07/2009

Le ha costado 30 años, pero, finalmente, Zaha Hadid (Bagdad, 1950), la arquitecta más famosa del mundo, dejará su huella en el Reino Unido, el país que la ha visto formarse y crecer profesionalmente pero que, hasta hoy, parecía resistirse a verla triunfar. Aun así, lo hará con un edificio pequeño, un inmueble sin lugar, un auditorio de tela, una sala de música de cámara ideada para escuchar a Bach y levantada en medio de un museo…. durante el breve periodo de apenas dos meses que dura el Festival Internacional de Verano de Manchester. Muchos inconvenientes convertidos en un nuevo reto para esta arquitecta acostumbrada a lo difícil.

Hadid tenía 25 años y un pasado como hija de un ministro socialista iraquí cuando aterrizó en la Architectural Association de Londres, donde, bajo la tutela de Rem Koolhaas, creyó que la arquitectura podía cambiar el mundo. Durante años no fueron sus edificios sino sus osados dibujos los que cambiaron su suerte. Famosa antes de construir por sus propuestas escultóricas, consiguió levantar su primera obra cuando ya era conocida en todo el planeta.

Eso sí, el despegue profesional lo logró con edificios poco protagonistas: un aparcamiento de tranvías en Estrasburgo y una pista de saltos de esquí. Fue suficiente para comenzar a acumular premios, desde el Mies van der Rohe de la Unión Europea al Pritzker, que distingue a los mejores del mundo. Entre tanto, en su país —es ciudadana británica desde hace casi 30 años— se hartaba de perder concursos. O peor aún, de ganarlos sin que le dejaran construirlos.

Hoy, con obra en Estados Unidos, Alemania, Japón o España, con piezas de diseño exclusivo en las más reputadas empresas de lujo (de Chanel a Louis Vuitton), con un sin número de brillantes ejercicios efímeros (del pabellón itinerante de la misma Chanel a las escenografías de Pet Shop Boys) y con proyectos en Abu Dhabi, Roma, Madrid (Ciudad de la Justicia) y Barcelona (Torres Espiral en el Campus Interuniversitario), a Hadid no le ha bastado con ser la arquitecta más famosa del mundo para conseguir el reconocimiento en casa. Sin embargo, la atención de su país podría obtenerla ahora, gracias al bucle inusitado del nuevo auditorio temporal levantado para el Festival Internacional de Manchester.

En la línea del auditorio que ideara para Abu Dhabi —curvo y sinuoso frente a sus angulosos primeros encargos—, el proyecto de Manchester es, en realidad, poco más que una escenografía ingeniosa. Con capacidad para 600 personas (sentadas en sillas Panton negras, las favoritas de la arquitecta, y —de plástico y curva— atípicas en una sala de música), la obra es una cinta de tela sujeta por una estructura metálica. Parece una carpa, pero tiene la belleza de un trazo lineal depurado. Además, encierra investigación y osadía: la fibra sintética cuida de la acústica de los conciertos de cámara que acogerá: la reverberación no es ni larga ni corta, ideal para escuchar a Bach.

Con todo, la acústica no ha sido el mayor reto. Levantado en medio del Museo de Arte de Manchester, el bucle de Hadid llega para quedarse, aunque sea en la memoria de quienes, hasta el 31 de agosto, pueden visitarlo gratuitamente. Le ha costado mucho levantarlo. Con todos los premios posibles en las estanterías de su estudio, hace años que a esta diva cosmopolita le obsesionaba el reconocimiento local, el aplauso de los suyos, la inclinación de cabeza del establishment británico. Así, Hadid disfrutó de la inauguración de este pequeño auditorio como el mayor de sus logros.

Mientras lo habitual entre los arquitectos es añorar construir lejos y triunfar por el mundo, esta proyectista se desesperaba por lograr el reconocimiento británico. Finalmente, ha sido en una ciudad alejada del ombligo londinense y con un trabajo aparentemente menor, de vocación temporal. La osadía merecía un ensayo en provincias, pero el paso está dado. Hadid ha triunfado en casa.

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La nueva arquitectura verde
junio 17, 2009, 1:12 am
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Sintético o natural, un aire vegetal arropa edificios de todo el mundo

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 16/06/2009

Lo hemos visto en el paisajismo. Ya no se trata de recortar boj para formar escudos ni de sembrar parterres con flores en las que brillen los colores nacionales. El arte topiario quedó muy atrás y un nuevo paisajismo, más reparador que decorador, prolifera en las ciudades. Así, mientras la reconversión de zonas industriales en espacios verdes lleva árboles a los extrarradios urbanos, el centro de las ciudades clama por espacios sombreados, húmedos y verdes.

En Seúl, el arquitecto coreano Minsuk Cho, del estudio Mass Studies, envolvió la tienda de la diseñadora de moda belga Ann Demeulemeester con un manto de musgo. Consiguió así una fachada viva que convierte el edificio en un pequeño generador de oxígeno. Minsuk Cho (1966) es un arquitecto global. Tras formarse en Seúl, estudió en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y luego trabajó en Rotterdam para Rem Koolhaas y su estudio OMA (Office of Metropolitan Architecture). Sin embargo, más que en Holanda, fue en el periplo de sus viajes de estudio y trabajo donde Cho aprendió a construir lo inesperado, a saber ver donde más cuesta hacerlo. Así, en este pequeño inmueble ha sabido llevar naturaleza donde ésta no parecía caber ni tener cabida.

También el centro de Tokio es un lugar reñido con la vegetación. Por eso dos tokiotas de adopción como la italiana Astrid Klein (1962) y el británico Mark Dytham (1964) optaron por dibujar cañas de bambú para levantar una sombra, una pantalla protectora, contra el exceso de sol. Su edificio-anuncio, en el centro de la capital nipona, tiene la fachada de vidrio cubierta por una pintura blanca y rota. Lo serigrafiado allí no son, en realidad, cañas de bambú sino la ausencia de las cañas, su vacío: los huecos de los tallos y las hojas del bambú sobre el fondo blanco. De este modo, recortando siluetas transparentes sobre la fachada blanca, esos vacíos dejan ver la luz verde del muro interior del edificio. El serigrafiado funciona así como una doble cara: sombrea el interior del edificio y agranda la mancha verde exterior sumándose a la vegetación del jardín.

Pero no todo es naturaleza versionada y posmoderna. También el primitivismo tiene cabida en la nueva arquitectura verde. La nostalgia y la levedad se dan la mano en un puente peatonal levantado por un catalán en Austin (Tejas) que recuerda más a un ingenio construido por Tom Sawyer y sus compinches que a una pasarela de vanguardia. Juan Miró (1964) es un barcelonés que se graduó en Madrid y estudió en Yale. En Estados Unidos conoció al puertorriqueño Miguel Rivera. Juntos forman uno de los estudios más sugerentes de Austin. Allí, su pasarela de acero oxidado está inspirada en los manglares que colonizan las orillas del río. Este puente no es una línea: la irregularidad de las barandillas se funde con un paisaje de ramas y arbustos.

Los trabajos de Miró y Rivera, Dytham y Klein y Mass Studies reconsideran lo que podría ser la arquitectura verde. Todos han sido seleccionados entre los 100 mejores proyectos de los últimos tiempos por un grupo de 10 críticos internacionales convocados por la editorial Phaidon. Es la tercera vez que esta editorial británica encarga a expertos de diversos países el canon de la última arquitectura internacional.



Arquitectura sin maquillaje
junio 2, 2009, 3:45 am
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El museo Can Framis reivindica la antigua pobreza de un barrio barcelonés

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 02/06/2009

Barcelona ha echado el freno. El nuevo vecino de la Torre Agbar de Jean Nouvel y del estilizado hotel de Dominique Perrault no quiere maquillajes. El museo Can Framis prefiere antes un collage que revela los ladrillos y el hormigón basto de la vieja industria del barrio barcelonés Poble Nou que las nuevas pieles que empieza a gastar el vecindario. El arquitecto Jordi Badía lo tuvo claro. Un museo en el que exponer arte catalán contemporáneo no podía ignorar los cimientos del antiguo barrio fabril. Guinovart y Tàpies tienen más que ver con los viejos ladrillos que con los brillantes muros cortina de los nuevos rascacielos.

Poble Nou (Pueblo Nuevo) nació en el siglo XVII en el extrarradio barcelonés, cuando la abundancia de agua, el bajo precio de los terrenos y la cercanía al corazón de la ciudad fomentaron la aparición de pequeños talleres textiles. Luego llegaría la industria y, posteriormente, la electricidad. Fue ese crecimiento pausado lo que hizo del barrio un lugar singular, una especie de polígono con forma de pueblo en el que los quioscos y las fuentes convivían con las chimeneas. Allí los trabajadores convivían familiarmente con la industria. Hasta que, en los años setenta, esa industria pequeña empezó a desaparecer. Fue entonces cuando Poble Nou dejó de ser nuevo. Y el barrio empezó a cambiar.

Hace algo más de una década, cuando el consistorio barcelonés optó por rebautizar parte de Poble Nou como el 22@, más que cambiar, el vecindario se transformó: los diseñadores tomaron las calles, las bicicletas volvieron a circular, subieron los alquileres y a la señora Pepeta le llegaron vecinos cosmopolitas. Así, la antigua arquitectura fabril, la mayoría de nula calidad arquitectónica, desapareció bajo la piqueta o reconvirtió su pasado industrial en nuevos lofts de diseño. Pocos vecindarios habitados de España se habrán transformado tanto en tan poco tiempo.

En menos de un lustro, arquitectos como Nouvel, Perrault o Herzog & De Meuron aterrizaron en los solares vacíos. Eran, son, las nuevas estrellas de la zona. Sus edificios han llevado al viejo barrio a las revistas internacionales. Sólo que esos inmuebles tan brillantes… no acaban de cuajar. Como les ocurre a algunas estrellas del fútbol galáctico, esos iconos no se adaptan, no hacen amigos. No se hacen con el lugar aunque sobresalgan, como islas, en medio de un paisaje desconocido.

Por eso llama la atención este nuevo edificio que, enfrentándose al nuevo mundo del barrio, consigue, sin embargo, anclarse en él. Fue un mecenas como los antiguos, el farmacéutico Antoni Vila Casas, quien decidió salvar una antigua fábrica y apostar por la cantera local: el pasado del barrio. Se trataba de transformarla en Can Framis, un museo de arte contemporáneo catalán.

El arquitecto Jordi Badía entendió el encargo. Allí no se pedían fuegos de artificio. La apuesta era bajar del pedestal al museo. Llevar el arte a la calle. Se trataba de trabajar con materiales crudos, formas despojadas y volúmenes rotundos: la especialidad de su estudio, BAAS arquitectos. Badía partió de dos naves industriales, que ha restaurado y ha unido ahora con un nuevo edificio. La suma de los tres inmuebles forma una gran plaza por la que se accede al museo. Una nueva capa de hormigón y pintura, en la que se puede entrever la vieja y deteriorada piel de los inmuebles, contrasta con la alta tecnología que gastan los edificios del entorno.

Con este museo, la labor que la Fundación Vila Casas quiere hacer por la cultura catalana se multiplica. Can Framis no sólo expone arte catalán contemporáneo. También su arquitectura habla. Y el mensaje es rotundo: muros, luz y espacio público. No hace falta mucho más. Eso sí, el anclaje físico y social de los edificios precisa tiempo. Cuando la hiedra se apodere del pavimento, los álamos blancos y el nuevo verde compondrán una mancha húmeda que, asegura el arquitecto Jordi Badía, “contrastará con el olor a nuevo del entorno”.



REPORTAJE: Premio Príncipe de Asturias de las Artes
mayo 21, 2009, 3:18 am
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El triunfo del arquitecto global

Norman Foster obtiene el galardón por su inconfundible obra, repartida en los cinco continentes – “La crisis no debería afectar a nuestro oficio”, asegura

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 21/05/2009Yates y rascacielos, el nuevo autobús de Londres y el mayor aeropuerto del mundo. No hay escala ni continente que se le escape al nuevo premio Príncipe de Asturias de las Artes. El arquitecto Norman Foster (Manchester, 1935) cree que “todo forma parte de lo mismo. El mundo entero me interesa”, dice. Es ese trabajo, ambicioso y meticuloso a la vez, lo que lo ha convertido en el paradigma del arquitecto global. Es el proyectista más internacional de todos los tiempos. El 80% de sus estaciones, rascacielos, aeropuertos y puentes se levantan lejos de su país: de Argentina a Qatar, de China a Marruecos. Y trabajar en cualquier lugar del planeta cambia algo más que la vida de Foster. Cambia también la arquitectura. Fiel a su imagen de profesional inquieto, contesta a las preguntas de EL PAÍS desde el avión que lo traslada a Nueva York.

-¿No estará pilotando?

-No. En esta ocasión no puedo. Tengo trabajo.

Explica que ya no vuela tantas horas al mes como hace años. Aún así, durmió en Madrid, despegó en Londres y pasará la noche en Manhattan. “Dado su prestigio y mis conexiones con España [está casado con Elena Ochoa y suyos son el metro de Bilbao, la torre de Caja Madrid o el futuro Camp Nou] es un gran honor recibir el Príncipe de Asturias”. Lo dice un hombre que, del Pritzker para abajo, parece tener ya todos los premios y que sigue recibiendo, y aceptando, una media de un galardón cada tres meses.

-Tras Niemeyer, Sáenz de Oiza y Calatrava, es el cuarto arquitecto que recibe el galardón. ¿Qué le parece la compañía?

-Niemeyer me parece un Héroe. Y el premio, un reconocimiento para la arquitectura. Yo creo en su poder transformador.

Él mismo, uno de los pocos proyectistas fiel a un estilo -el high tech– y a una manera -cartesiana y tecnificada- de pensar la arquitectura, se ha transformado a lo largo de los años. En su primera década en activo -los setenta- concluyó tres proyectos. En lo que va de siglo ha rubricado 100. ¿Cómo afectan esos números a su obra?

-La arquitectura es una larga espera. La semana pasada nos aprobaron el urbanismo de Duisburg, en Alemania. Hace 19 años que ganamos el proyecto. Y sólo ahora comenzaremos a plantar árboles. Los números engañan.

Más números. Tiene 74 años y no piensa descansar: “Otra vida sería tremendamente aburrida”. En 40 años de profesión sus retos han cambiado. De ensayar nuevas tecnologías constructivas pasó a preocuparse por los inquilinos de los edificios, para que tuvieran luz natural y zonas de recreo. Es lo que hizo en su Hong Kong & Shanghai Bank, por entonces, 1986, el edificio más caro del mundo: “La arquitectura es cliente y usuario. Determina la calidad de vida de las personas”.

Hoy sus retos parecen tener más que ver con el tamaño. Suyos son el mayor aeropuerto del mundo -Pekín- y el puente Milleau -en Francia-, de 2,46 kilómetros. Pero en ese difícil equilibrio entre lo grande y lo pequeño, los jefes y los empleados, Foster ha aprendido a aterrizar en cualquier sitio.

“Puede que cuidar la construcción de 100 edificios sea más complicado que vigilar la de tres. Pero Foster siempre construye mejor que el 95% de los arquitectos del mundo”, declaraba hace pocas semanas a este diario el arquitecto indio Charles Correa. India es uno de sus nuevos retos: “Un mercado nuevo”, explica. La terminología empresarial es también marca de la casa. El año pasado, The Sunday Times colocó a Foster & Partners a la cabeza de las empresas privadas con mayores beneficios. Desde el avión asegura que la crisis también le ha afectado: “Tal vez menos que a otros porque seguimos ganando concursos y estamos acostumbrados a diversificar los proyectos”.

Sus propios edificios entienden de economía. Son caros, pero resultan formalmente económicos. Discretos y alejados del espectáculo, buscan más la sólida solvencia que la sorpresa. Ninguno de sus casi 500 trabajos construidos contiene excesos gratuitos, “por eso en épocas de crisis no tenemos mucho de donde quitar”. No cree que la crisis vaya a cambiar la arquitectura: “No debería. Las necesidades de la arquitectura son constantes. Son las de la gente”. ¿Cree que la idea de arquitectura del Príncipe de Asturias difiere de la del Príncipe de Gales? “Eso debería hablarlo con ellos”, bromea. Minucioso y preciso, prolífico, y discreto, Norman Foster no pone jamás una pieza fuera de sitio.



Aquí toca hacer foto
mayo 16, 2009, 3:51 am
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Un espigón, un teatro, un rascacielos, un hotel o un centro de turismo ecuestre. La mejor arquitectura se convierte en una atracción en sí misma

ANATXU ZABALBEASCOA – 16/05/2009Ya no sólo las ciudades congregan edificios de vanguardia. Algunos de los nuevos proyectos de la mejor arquitectura española redibujan la costa. Otros se pelean con el viento para crear un destino turístico hotelero en medio del paisaje desértico. Un teatro puede leerse en Madrid como un cruce de caminos. Pero también un rascacielos, el de Gas Natural en Barcelona, cuyo solar privado atraviesa una calle de uso público. En conjunto, una imagen sorprendente y plural. Si, efectivamente, la necesidad agudiza el ingenio, la arquitectura podría despertar abruptamente de algunos sueños. Y de muchas pesadillas. Las condiciones adversas: programas complejos, presupuestos limitados o dureza del entorno, pueden contribuir a que salgan de la chistera edificios muy originales. Está sucediendo en España. La arquitectura más rompedora ha dejado de estar centralizada en Madrid y Barcelona. La última bienal ha descubierto a finalistas en parajes insospechados.

EDIFICIO-PAISAJE

01 Cultura del mar

Cuando Jesús Irisarri y Guadalupe Piñera recibieron el encargo de construir casetas para los aperos de los pescadores en la boca de la ría de Vigo, recordaron los muelles de su infancia, en la antigua Casa del Mar. Por eso pensaron que el espigón debía convertirse en paseo y que los departamentos para los pescadores no podían taponar visualmente las vistas al mar. Así, diseñaron un edificio semitransparente empleando la idea de las jaulas metálicas, un elemento tradicional de la pesca, permeable por el mar y, en este caso, permeable a las vistas. A través de estas nuevas casetas, con Premio FAD al paisaje, Irisarri quiso llevar la cultura del mar “a la vista del ciudadano”.

AISLADOS POR LA NATURALEZA

02 Luz para los caballos

Laura, la hija mayor del arquitecto navarro Patxi Mangado, es una experta en doma clásica. Su prolífico padre decidió apostar por esa afición invirtiendo en su tierra, en el valle de la Ultzama, y en una obra propia en la que poder vivir con caballos en medio de la naturaleza. El edificio para ese amplio objetivo, que combina turismo ecuestre con vida familiar, cuajó uno de sus mayores logros profesionales: unas caballerizas de impecable factura, luz interior y madera y aluminio exterior. La tipología la daba el valle, pero la mezcla de materiales nobles e industriales consiguió un edificio sorprendente: con la cercanía de un espacio doméstico y la escala de un pequeño pueblo.

Zenotz. Valle de la Ultzama (Navarra). Las instalaciones están abiertas a los visitantes que quieran conocerlas.

03 Sueños de aire

También en Navarra, cerca de Tudela, en medio de la nada surge una fachada de palés, 22 cabinas prefabricadas de un lujo austero con un puñado de premios de arquitectura. En el hotel Aire, los grandes ventanales sirven para contemplar un horizonte desértico en el parque de las Bardenas Reales. Los palés detienen el viento, pero dejan pasar el aire. Sus autores, Emiliano López (1971) y Mónica Rivera (1972), han ganado con este proyecto el Premio Joven de la Bienal Española de Arquitectura. Pero también el británico que Architectural Review concede al joven talento innovador. El resto ha sido caminar de puntillas. Y trabajar. En cualquiera de los proyectos que han concluido este año (son autores de unas viviendas de protección oficial que lograron el Premio FAD), estos arquitectos despliegan, sin ruido, sus dotes para la arquitectura, el paisajismo y hasta el diseño de muebles. En el hotel Aire jugaron con todas sus habilidades. Todo salió de sus planos: incluso la idea misma de hotel como lugar de descanso, contemplación y cuestionamiento de todo, incluido el lugar para unas vacaciones.

CRUCES DE CAMINOS

04 Entre el mar y el cielo

¿Cuántos rascacielos españoles memorables se han levantado en la última década? La nueva sede de Gas Natural, junto al puerto de Barcelona, de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue, persiguió ese ambicioso objetivo. Así, desde las alturas, trató de comprender el suelo y se dejó atravesar por una calle privada de uso público. También los cristales malvas y azules hablan del mar a sus pies y del cielo en las alturas. El interior es uno de los ejercicios de arquitectura al milímetro más logrados de los últimos tiempos. Ese interiorismo pertenece a la época en que los rascacielos eran más sinónimo de glamour que de especulación.

05 Placer peatonal

También los Teatros del Canal de Juan Navarro Baldeweg, en Madrid (Gran Premio de la X Bienal Española de Arquitectura), resuelven, sin dar la espalda, una peliaguda situación urbana en un cruce de caminos. Sin gestos grandilocuentes, pero con gran decisión, los tres teatros ordenan el cruce entre dos calles robando plazas urbanas que, como grietas, arañan unos metros de reposo a los nuevos edificios para uso de los peatones. Un volumen rojo (para los espectáculos de danza), otro translúcido y un último edificio negro conforman un escenario urbano sólido y una infraestructura que Madrid pedía a gritos. (www.madrid.org/clas_artes/teatros/canal). Calle de Cea Bermúdez, 1. Madrid.

ICONOS JUNTO AL AGUA

06 Pura naturalidad

Si el pabellón de España, con su bosque cerámico, fue la obra más aplaudida de la pasada Expo de Zaragoza, la Central de Energía de Iñaki Alday y Margarita Jover es la que quedará como el sorprendente icono pobre de la Expo. En la avenida de las Ranillas, donde los arquitectos idearon también el parque del agua, brilla un legado inesperado de la fiesta zaragozana: esta central de energía no enmascara su uso ni lo subraya, y desde esa naturalidad forma parte del jardín.

07 Hormigón flotante

En la cuenca del Tajo, a su paso por la provincia de Cáceres, frente al embalse de Gabriel y Galán, José María Sánchez García (1973) levantó una pista de chapa corrugada sobre pilotes, un anillo flotante de hormigón apoyado en columnas que se hacen eco de los troncos de los pinos de la zona. Como una pieza de land art, este centro de tecnificación de actividades deportivas tiene una lectura a vista de pájaro (posado junto al embalse) y otra a pie de bosque. Desde el suelo parece un ciclorama teatral, pero también un mirador, en un emplazamiento que necesitaba una arquitectura ligera como ésta: capaz de caminar de puntillas.

VANGUARDIA PÚBLICA

08 Un juego de cubos

Al este de Madrid, San Blas se ganó el sobrenombre de distrito olímpico porque allí se acordó levantar varias de las futuras instalaciones deportivas, incluido el Estadio Olímpico. Allí, junto a varios bloques de viviendas, un equipo de arquitectos tan joven como prolífico, el Estudio Entresitio, levantó un centro de salud que parece una escultura pétrea. María Hurtado de Mendoza Wahrolén (1968), su hermano José María (1973) y César Jiménez de Tejada (1964) han construido un juego geométrico con cubos salientes (como lucernarios) o ausentes (como patios) para dejar entrar la luz. Por fuera, un rotundo muro de hormigón resulta escultórico gracias a la huella que dejaron en él las tablillas de madera empleadas para el encofrado. El interior ganó el premio Ascer al mejor uso de la cerámica.

09 Fluyen los círculos

También al este de Madrid, en Arganda, Rubén Picado y María José de Blas (1966) cuajaron un proyecto público, pero casi opuesto al anterior. Donde los arquitectos optaron por sinuosidad, apertura y juego. La escuela infantil es una suma de círculos. Todo es curvo, pero un orden orgánico organiza los espacios de una manera casi cartesiana. Sin rupturas y con fluidez, la suma de círculos no produce sólo un collar.



El arquitecto asceta
mayo 3, 2009, 3:30 pm
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ANATXU ZABALBEASCOA 03/05/2009

El último premio Pritzker vive en un pueblo de 900 habitantes, cerca de la frontera suiza con Italia. En la web del Ayuntamiento de Haldenstein, Peter Zumthor (1943) figura como el arquitecto del pueblo. Hijo de un ebanista de Basilea, nacido y criado en esa ciudad, y formado en Nueva York, explica que decidió vivir mirando las montañas y escuchando los cencerros de las vacas cuando conoció a su mujer, Annalisa. “Ella es de aquí. Pensé que esto podía ser una buena vida”, dice. Debe de serlo. Han pasado 40 años. Hace 30 que, tras trabajar en la comisión de rehabilitación del patrimonio de su cantón, levantó el estudio donde todavía trabaja, un edificio tosco de madera que parece una de las viejas construcciones del pueblo, sin edad y sin que el tiempo parezca ya afectarlas. “Fueron pasando los años y un día me di cuenta de que mis tres hijos hablaban el dialecto de la zona”, dice. “Debemos de ser de aquí, pensé. Y aquí nos quedamos, sin más. Lo mejor que me ha pasado en la vida nunca ha sido planificado”.

¿Cree en un destino? Creo en mantener la mirada capaz de ver y el espíritu capaz de cambiar.

Pero usted cambia poco. Es difícil ponerle fecha a sus edificios… Bueno… Tengo muy claro lo que no me gusta. Lo que me gusta es otra historia.

¿Qué le gusta? Todo. Eso es lo que dicen mis hijos, que me gusta todo: leer, pasear, estar con amigos, jugar con mis nietos, caminar por el campo, fumar cigarros, ver películas, escuchar música. Me gusta todo excepto hacer algo que no quiero hacer.

Por ejemplo, diseñar para Armani (rechazó una pasarela), para Hugo Boss (rechazó hacer una mansión para los herederos) o para Audi (rechazó firmar sus concesionarios). Desde luego, diseñar un concesionario no es el sueño de mi vida.

¿Su arquitectura es el resultado de su forma de vida o, al revés, su forma de vida se refleja en su arquitectura? No es cómo yo vivo. Ni siquiera cómo trabajo. Es cómo soy. Yo vivo y trabajo como soy. ¿Por qué soy así? Eso ya no lo sé. Alguien, Dios, me hizo así. Y cómo trabajo y cómo vivo es lo mismo.

No lejos de su pueblo, en Sumvitg, Zumthor construyó uno de sus primeros proyectos. Corría el año 1986 cuando una avalancha de nieve derrumbó la capilla barroca de Sogn Bednedetg (San Benedicto). “Fue culpa de la rampa del parking. Por allí la nieve formó una avalancha contra la capilla”. Decidieron reconstruirla en otro sitio, camino de los Alpes y protegida de avalanchas por los árboles del bosque. El Ayuntamiento firmó con la etiqueta “sin convicción” el permiso de obra. Pero el cura quería algo contemporáneo para futuras generaciones. La imagen firme y discreta, puritana y táctil de la nueva capilla dio la vuelta al mundo. Y los arquitectos comenzaron a prestar atención al suizo. Pero fue una década después, y no muy lejos, donde Zumthor cuajó su obra cumbre, las termas de Vals.

Annalisa Zumthor-Cuorad, la mujer del arquitecto, es profesora de niños con dificultades para aprender. Juntos han criado tres hijos. Uno es matemático; otro, veterinario, y la tercera, psicóloga. Ninguno ha querido ser arquitecto. “Mucha entrega, mucho disfrute, pero bastante sufrimiento”, explica Zumthor.

¿Mala vida? A veces cuesta llegar a fin de mes. En el estudio somos 15. Y eso requiere ciertos ingresos. A veces hemos vivido con el agua al cuello. Entiéndalo, no ha sido dramático, pero desde luego no ha sido una vida de despilfarro.

Sus hijos viven en Haldenstein y Vals. Ninguno quiso emigrar a una gran ciudad. ¿Para qué? Esto es Suiza. Nos gusta vivir en pueblecitos de las montañas. Cuando llegas a uno, si llamas a una puerta, te abre un granjero o una criatura terrorífica, nunca se sabe. [Suelta una carcajada]. Es broma, Suiza es montaña. Nadie piensa que una vida en un pueblo sea rural. Yo mismo estoy a una hora de Zúrich. Seguramente lo mismo que tarda usted en llegar a Barajas.

Pues sí. ¿Qué es lo mejor de vivir en un pueblo pequeño? Tienes tiempo. Me gusta la naturaleza, el paisaje. No se lleve la idea de que vivo aislado. Hay una ciudad de 35.000 habitantes a cinco minutos, Chur.

¿Tiene amigos dentro del mundo arquitectónico? Sí.

¿Estrellas mediáticas? Bueno… Steven Holl o Jean Nouvel, que me llama mucho. Me dice que soy el mejor.

¿Y usted qué le contesta? Creo que él ha hecho muchos edificios excepcionales.

Es curioso que lo admire cuando sus valores son muy distintos. Él tiene siempre grandes ideas. No le interesa lo pequeño. De todos modos, la semana pasada, cuando cené con él, le pregunté que por qué construía tanto. Me gustaban más sus proyectos de antes.

¿Qué le contestó? ¡Que tenía hambre! [Risas]. Dice que se ha dejado la vida haciendo concursos que muchas veces no ha ganado. Ahora que puede, lo quiere hacer todo. Es humano.

Mientras diseñaba las famosas termas, Zumthor participó en el concurso para levantar el Kunsthaus de Bregenz, un pueblo austriaco a una hora de su casa. “Querían algo funcional y discreto. Yo me propuse hacer un edificio inundado de luz, pero sin ventanas. Tratamos de cortar la fachada para dejar entrar luz. Pero no funcionó. Empleamos cristal lavado al ácido, que reparte la luz antes de que entre en el edificio. Allí no importa de dónde llegue la luz: siempre entra de forma horizontal. Dentro, unos huecos entre las plantas atrapan y distribuyen esa luz. Por eso parece que el museo levite”.

Matérico, pero con una curiosidad que le lleva a experimentar con todo tipo de materiales, arcaicos y nuevos, Zumthor pertenece al grupo de los arquitectos solitarios: no vive preocupado por la escala ni por la cantidad de sus proyectos, y hace su trabajo al margen de las modas. “Hace años que recibo cartas de gente. Parece que mis edificios les hablan. No sé qué aportarán mis proyectos a la arquitectura, pero sé qué aportan a la gente”.

Su idea de un edificio es que sea a la vez capaz de hablar de un lugar y del mundo entero. ¿Cómo es posible? No lo sé, pero la mejor arquitectura siempre lo hace. Casi cualquier ciudadano del mundo tiene hoy una idea del mundo. Vivimos en conexión, perpetuamente informados. Nuestro mundo debe reflejar ese conocimiento. Si un edificio mío parece arcaico y a la vez muy contemporáneo, creo que lo he logrado. Lo que hago me gusta hacerlo con pasión y entrega. Si algo no me anima a levantarme pronto por la mañana, ¿para qué hacerlo?

Cuando Zumthor despegó, hace unos cinco años, comenzó a construir apartamentos en Finlandia, un museo y un memorial en Noruega y un bastión en Leiden (Holanda). Llegó incluso a dibujar la bodega Pingus en Valbuena de Duero: una dentellada al paisaje para aprovechar la pendiente y trabajar la extracción por gravedad y no por bombeo. Pero nunca se construyó: “Creo que el dueño me hizo el encargo entusiasmado cuando creyó que era un viticultor genial y le vino grande. Soñaba y luego regresó a la tierra. No creo que se haga. No he vuelto a saber nada de él. Pero me pagó el trabajo. Demasiado dinero para algo que quedó en nada”. Para entonces, a Zumthor le llegaban encargos de varios países. Pero fue en Alemania donde lo reclamaron con insistencia. Le llamaron de Berlín para hacer una galería de arte. Y para levantar su proyecto más ideológico: la topografía del terror, en el antiguo cuartel de la Gestapo. Todo era transparente para recordar los crímenes. Pero fue abandonado. Lo que llegó a construir fue demolido. En Alemania, no obstante, han cuajado recientemente dos de sus grandes obras. La capilla del Hermano Klaus en Mechernich, cerca de la frontera holandesa, fue el encargo del granjero Hermann-Josef Scheiddweiler y de su mujer, Trudel. Ellos mismos la construyeron. Con la ayuda de amigos y vecinos, reunieron 112 troncos muy altos y los apoyaron uno contra otro, formando una tienda de campaña. Durante 24 días pusieron capas de hormigón de medio metro. Luego encendieron un fuego que secó los troncos. Y los retiraron. La cueva resultante tiene un aspecto ciertamente sagrado. No lejos, en el centro de Colonia, el Museo de Arte Kolumba comparte esa cualidad. Se levantó sobre las ruinas de una antigua iglesia gótica derruida por un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial. Y hoy costaría ponerle fecha al nuevo edificio.

Que un ‘outsider’ al margen de las modas como usted obtenga el Pritzker, ¿indica que algo está cambiando en la arquitectura? No sé si algo está cambiando. La arquitectura actual tiene demasiada teoría y demasiado espectáculo. A mí me apasiona la arquitectura y me basta con las atmósferas, los vacíos, la experiencia física y táctil de un edificio para no tener que meter nada más. Metiendo tantas cosas estamos perdiéndola… Si perdemos la belleza de la arquitectura, nos quedaremos sólo con imágenes. Y una imagen no es un edificio.



“Los arquitectos buscamos dioses para adorarlos”
abril 21, 2009, 12:20 am
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ANATXU ZABALBEASCOA 20/04/2009

Aunque vuela a España casi cada mes, hace más de 20 años que Beatriz Colomina (Madrid, 1952) vive en Nueva York. Catedrática en Princeton, es una de las grandes historiadoras de la arquitectura. Comemos en el Caixaforum de Herzog&de Meuron. Pide consomé y merluza. La charla enfría la comida. “No bebo mucho, pero si las mujeres salen bebiendo agua, pidamos una copa”, invita.

Colomina eligió indagar en la arquitectura, en lugar de construir, para diferenciarse de su padre arquitecto. Y en el Instituto de Humanidades de Nueva York, que dirigía Richard Sennett, descubrió un mundo más amplio. “Vi que la arquitectura moderna era como un manual antituberculosis: el aire libre, el sol, las terrazas, la ventilación, la limpieza. La habíamos estudiado desde todos los puntos de vista salvo el más obvio: el clínico”. Tenía 28 años. Algunos arquitectos la disuadieron. Pero hoy, 28 años después, trabaja en el libro La arquitectura de Rayos X.

Trabajar con filósofos y sociólogos, sostiene, le amplió la mirada. “Susan Sontag publicaba libros densos, pero claros. Aquí se escribe para uno mismo. Los arquitectos son insoportables escribiendo”, dice.

Su pionera tesis abordó la relación entre los medios de comunicación y la arquitectura moderna. “Adolf Loos ya criticaba a quienes diseñaban para salir en las revistas en la Viena finisecular”. En la Fundación Le Corbusier descubrió cajas con catálogos de grandes almacenes junto a cartas de Gropius. “No contestaba a otros arquitectos, pero no paraba de pedir catálogos”. Así se dio cuenta de que el arquitecto más famoso del siglo XX utilizaba técnicas publicitarias. Ponía un Voisin delante de sus casas antes de fotografiarlas. “Asociar el lujo de un coche deportivo con sus casas fue un gran golpe. Fue el primero que entendió los medios y quien así llevó la arquitectura al siglo XX”.

Colomina apura las croquetas y pasa al café. Los arquitectos, sugiere, buscan maestros sin fisuras. “Queremos dioses para adorarlos”. Ella reivindica a profesionales invisibles: las grandes arquitectas. La casa E1027 de Eileen Gray en el sur de Francia se convirtió en su obsesión. “Históricamente no se reconoció la autoría de Gray y sí la de Le Corbusier. Llegó a atribuirse a Badovici, el cliente. Todo antes de contar la verdad”. Lo que sucedió en literatura, mujeres que escribían los textos de sus maridos, ocurrió también entre las arquitectas. “El escocés Charles R. Mackintosh se pasó la vida asegurando que el genio era su mujer, Margaret McDonald. Pero nadie lo creyó”. “Los medios quieren ver una figura única y preferentemente masculina. No pasa sólo con las mujeres. Sucede también con los equipos. Carme Pinós fue fundamental en la arquitectura de Enric Miralles. Hay un cambio cuando se separan. Luego Benedetta Tagliabue, su segunda mujer-socia, introdujo el color. Se preocupó del usuario. Todo eso no se reconoce”. ¿Las parejas de arquitectos se anulan? “No sucede lo mismo con las parejas de hombres”. Y explica su teoría: “La arquitectura está basada en la idea del genio único cuando, en realidad, es colaboración, como el cine: todos deberían salir en los créditos”.