Noticias de Arquitectura


¿Reprogramando la ciudad?
septiembre 21, 2008, 4:33 am
Filed under: Ensayo, Pais, Subirats

JOAN SUBIRATS 18/09/2008

El título de este artículo puede parecer excesivo, pero he de advertir de que mis pretensiones se limitan a la ciudad, y he añadido prudentes interrogantes. En la Bienal de Venecia de este año, el arquitecto Vicente Guallart, con mucha más valentía que yo y sin interrogante alguno de cautela, ha titulado su instalación Hyperhabitat. Reprogramando el mundo. Mi intención es aprovechar el manifiesto del comisario de la Mostra Internazionale di Architettura que se encuadra en la Bienal, Aaron Betsky, en el que plantea el dilema “edificios o arquitectura”, para aportar mi granito de arena a tan ambiciosa tarea.

Por lo que se desprende de los resúmenes de prensa que se han publicado acerca de los objetivos de la Mostra de este año, su planteamiento trata de evitar la tendencia a disociar la labor del arquitecto del entorno en el que se inscribe. Betsky denuncia que la tarea específica del proyecto de edificio, con las limitaciones cada vez mayores que incorporan los códigos técnicos y las condiciones de seguridad e higiene, ha ido reduciendo al mínimo la capacidad de experimentación de la arquitectura con relación a la estructura, a la forma o al espacio. “Una arquitectura que pretenda dar soluciones construyendo es falsa, está muerta. Los edificios son la tumba de la arquitectura”. Como provocación no está nada mal, y de alguna manera se alude y se critica la moda de contratar arquitectos que dejan caer sus edificios en una ciudad o espacio con una lógica autista, indiferente a su entorno.

El problema es descubrir cuáles serían las salidas a esa hipotética parálisis autocontemplativa. Y por lo que aparece en los medios acerca de las propuestas recogidas en la Mostra veneciana, no podemos ser demasiado optimistas. Por una parte, se exploran diseños de interiores, de objetos, de muebles. Por otra, se apuesta por la interconectividad entre los espacios construidos y el mundo exterior. En la propuesta de Guallart, todos los objetos de las seis viviendas para jóvenes, con un macroespacio compartido, disponen de equipamiento electrónico, que les permite comunicarse entre ellos y con el exterior. El crucifijo con el Vaticano, la bombilla con la central nuclear. Y como afirmó Guallart al respecto, la paella con los potenciales interesados en su ingesta inmediata o la postergada de los restos que acaben sobrando. El objetivo aparente sería avanzar en la optimización de servicios y la autosuficiencia de cada pieza y de la vivienda en su conjunto, “en pos de una mayor eficacia, del ahorro energético, de una mayor interacción social, de un mundo más humano”. El objetivo es ambicioso, ya que nada más y nada menos se quieren sentar las bases de una nueva organización mundial.

Simpatizo con la incomodidad que producen esos edificios icónicos convertidos en la expresión más evidente e hiriente de una arquitectura al servicio del marketing de ciudades, de la ciudad espectáculo o de la “ciudad de pensamiento único”, en afortunada expresión de la urbanista brasileña Erminia Maricato. Y concuerdo con la necesaria búsqueda de espacios que permitan encontrarnos. Pero lo menos que se puede afirmar es que la propuesta de Betsky está llena de contradicciones, al plantear este tipo de dilemas invitando a “repensar el mundo” a arquitectos como Frank Gehry o Zaha Hadid, que más bien parecen representar la tendencia que se discute. Frente a las dinámicas económicamente hegemónicas, en las que se prima la hipermovilidad de unos cuantos (los frequent flyer class) y al mismo tiempo el repliegue defensivo del lugar en el que tratan de refugiarse, deberíamos poder postular políticas e intervenciones urbanas que traten, al mismo tiempo, de constituir un lugar común (de todos y para todos), la mayor facilidad para la movilidad colectiva (evitando el sentido de clausura, de exilio de la periferia) y la capacidad de gobierno conjunta de esos espacios compartidos. Y para ello hemos de superar esa visión estrecha que prima los lugares físicos y la ornamentación sobre las personas, y que acostumbra a dar por supuestas las prácticas o relaciones sociales a partir de lo construido.

Esa “ideología espacialista” (como dice Olivier Mongin) ha tratado de defender la idea que la clave de la convivencia estaba en el diseño de los lugares, en la combinación de edificios y flujos. Y sin restarle importancia al tema, deberíamos reivindicar la aceptación de una mayor complejidad conceptual y operativa. Para que los ciudadanos puedan hacerse suyos esos lugares, deben poder practicar en ellos su autonomía, ejercitar su diferencia, hacer reales las posibilidades de solidaridad e igualdad. Y sin empleo, sin formación, sin condiciones dignas de habitabilidad, sin transportes adecuados, sin salud o sin seguridad, ello se hace muy difícil. ¿Se puede reprogramar el mundo sólo desde la arquitectura? Necesitamos espacios, pero espacios practicados, espacios conquistados y vividos. Y espacios conectados. La condición de movilidad para todos es hoy esencial. Sin movilidad ya no podrá haber lugares. Una de las formas más evidentes de desigualdad social en la actualidad es precisamente las grandes diferencias que se generan en la capacidad de moverse, de desplazarse, de salir y entrar. Buscamos sitios en los que permanecer y vivir, pero también sitios de los que salir.

No acabo de ver (quizá por mi propia incredulidad ante esos ejercicios elitistas de aparente renovación conceptual que acaban cayendo en los propios vicios autistas y esteticistas que aparentemente denuncian) que las propuestas de la Mostra de Venecia apunten en esa dirección. Lo que necesitamos es conceptualizar y materializar nuevas aproximaciones a los problemas urbanos (sostenibilidad, inclusión social…) y hacerlo no con una estricta mirada disciplinaria, sino con diálogo y la puesta en cuestión de los parámetros que hasta hoy han impulsado la construcción de la ciudad. Y en un plano más operativo, no podemos desvincular esas reflexiones de la existencia de conflictos, de la necesidad de plantearnos nuevas formas de gobernar las ciudades. Una agenda urgente y exigente de nuevas políticas urbanas y sociales en la que la arquitectura, con sus espacios, edificios y capacidad reflexiva, debe estar presente, en diálogo con muchos otros actores y colectivos.

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Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB

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Superficialidad y consistencia
julio 7, 2007, 2:11 pm
Filed under: Calatrava, Subirats

JOAN SUBIRATS

JOAN SUBIRATS 05/07/2007

Hace unos días se concedió el Premio Nacional de Arquitectura (que otorga el inefable Ministerio de Vivienda) al arquitecto de origen valenciano y formado en Suiza Santiago Calatrava. En unas declaraciones pronunciadas con motivo del acto de entrega del galardón, Calatrava manifestó su convicción de que el siglo XXI debía ser el siglo de la prioridad de la belleza en la arquitectura, liberados ya de las constricciones que el movimiento moderno impuso en el pasado siglo, con su énfasis en la vinculación íntima entre forma y uso, entre diseño y utilidad. Con otras palabras, si el siglo XX buscó “la funcionalidad y el rigor”, ya es hora de volver a colocar “la belleza” como principal objetivo de la intervención arquitectónica. Y para rematar sentenció: “El siglo XX debe centrarse en la arquitectura como arte”.

No está mal la aseveración en boca de quien ha llenado España de puentes, pasarelas, edificios y tinglados en los que uno no sabe muy bien si lo que tiene que hacer es mirar, pasar, estar o simplemente evitar. Lo significativo es que no parece que sea esta una posición aislada o marginal en estos tiempos de confusión y desconcierto. En Barcelona hay unas cuantas piezas que, teóricamente, deberían convertirse en iconos arquitectónicos de una urbe que quería-quiere ser (pos)moderna, sirviendo al gran objetivo institucional (Joan Clos) de “ciudad-guapa”.

No sé quién fue el responsable de ejercer de cliente ante una de las parejas arquitectónicas de moda: Herzog-De Meuron (por otra parte, autores de espléndidos edificios en muchas partes de Europa, en las que seguramente tuvieron mejores clientes). Pero lo cierto es que en nuestro catálogo particular de edificios emblemáticamente bellos tenemos la suerte de contar con el Edificio Fórum. Nadie sabe muy bien cuál era y cuál es el objetivo de ese dudoso ejemplo de lo que quizá Calatrava calificaría de arquitectura del siglo XXI. Una visita a la Torre Agbar permite descubrir que tras el derroche de cristal y luces cambiantes, se esconde un incomodísimo edificio, con elevadísismos costos de movilidad interior y enfermedades surgidas de falta de ventilación, humedad y exceso de magnetismos incontrolados. Y la lista podría seguir. Vamos asistiendo a la proliferación de montajes arquitectónico-mediáticos, bien organizados por los profesionales de la comunicación, que nos hacen creer que hemos tenido la inmensa suerte de que una estrella del firmamento arquitectónico haya transigido o tolerado regalarnos una de sus piezas. El responsable político de turno puede alardear de haber incrementado su colección particular y de paso enriquecer la ciudad con un hito más para disfrute de propios y extraños.

Pero, al margen de todo ello, la significación de las palabras de Calatrava es que nos sitúa ante un falso dilema. O arte o utilidad, o escogemos funcionalidad (lo antiguo) o nos inclinamos por el arte y la belleza (lo cool).

No me siento en absoluto experto en el tema, y ello puede permitirme cierta desfachatez, pero, como decía, no recuerdo de mis lejanas lecturas que el dilema esté bien planteado. Si alguien me ha impresionado por su control de funcionalidad y belleza es el arquitecto Louis Kahn. Mirando cosas para poder fundamentar mejor mis percepciones, he encontrado un magnífico texto de Kahn publicado en los lejanísimos años sesenta del siglo pasado en el que decía: “Un pintor puede pintar las ruedas de un cañón cuadradas para expresar la inutilidad de la guerra. Un escultor también puede esculpir cuadradas las mismas ruedas. Pero un arquitecto debe usar ruedas circulares. Aunque la pintura y la escultura desempeñen un papel espléndido en el campo de la arquitectura, no obedecen a la misma disciplina”. Si decimos, como argumenta Calatrava, que la arquitectura actual debe tratar de ser básicamente arte, ¿puede ello explicar que algunos de sus puentes no acabe uno de saber si sirven para transitar por ellos o para otros menesteres?

La herencia aristotélica y kantiana nos llevaría a afirmar que una obra de arte es, porque es una unidad, al conjugar a la perfección el ser una sola cosa, acabada y formada. Me dicen que Vitrubio, en su prehistórico (siglo XVII) tratado sobre la buena arquitectura, afirmaba que los tres pilares de la arquitectura son utilidad, firmeza y belleza. En términos modernos diríamos que la forma de los edificios debería ser la consecuencia lógica de su estructura. No acabo de ver que esos criterios sirvan demasiado en el firmamento arquitectónico que sirve de coartada para todo tipo de operaciones político-inmobiliarias que no parecen muy conectadas con el arte y la belleza. No creo que la belleza deba ser para los arquitectos un fin en sí mismo, como no debería ser la reelección un fin en sí mismo de cualquier político. Aunque lo cierto es que si un proyecto es útil y firme, puede llegar a ser bello, y no siempre es cierto lo contrario. De la misma manera que si un político trabaja para mejorar la calidad de vida de sus conciudadanos, lo esperable sería que resulte reelegido, aunque no siempre suceda así.

La belleza es algo que acontece, que resulta sobrevenido a algo que es al mismo tiempo útil y sólido. Afortunadamente, en la misma concesión de premios aludida al inicio, fueron galardonados sólidos, consistente y bellos proyectos de vivienda, y se valoró especialmente algo tan estructuralmente bello y útil como es la extraordinaria preservación de Menorca que se ha logrado gracias a un plan territorial firmado por José María Ezquiaga, y a la voluntad de sus gentes, que no han cambiado la consistencia de territorio, raíces y manera de vivir por la superficialidad rápida del desarrollo depredador. Esperemos que no caigamos en los cantos de sirena de la belleza ensimismada y decadente.



Una nueva forma de hacer ciudad
marzo 25, 2007, 5:38 pm
Filed under: Madrid, Pais, Subirats

JOAN SUBIRATS 09/03/2007

Una de las primeras cosas que sorprende al llegar a la nueva terminal de Iberia en Barajas, más conocida como T4, es su tremendo tamaño. No es una terminal, sino dos, y cada una de ellas de proporciones colosales. Pero, el susto no acaba ahí, ya que un enorme cartel publicitario te indica, al tomar la carretera hacia la ciudad, que estás en el centro de un experimento urbano: “Valdebebas: una nueva forma de hacer ciudad”. Por mucho que uno indague y escudriñe el horizonte no ve la mencionada ciudad por parte alguna. Lo que en cambio sí se ve es el enorme esfuerzo de las máquinas para aplanar el terreno y dejarlo reparcelado y listo para la pronta llegada de las grúas y los trabajadores de la construcción. En ese imponente erial, la única sombra de ciudad existente es la nueva ciudad deportiva del Real Madrid que quién sabe por qué Florentino Pérez decidió hacer en estos terrenos (o a lo mejor él si sabe por qué). En la web destinada al efecto (www.parquedevaldebebas.com), se nos informa de que “la nueva forma de hacer ciudad” es uno de los mayores proyectos urbanísticos de la Comunidad de Madrid, abarcando más de 10 millones de metros cuadrados. También se nos dice que la operación surgió de un convenio de gestión y planeamiento urbanístico suscrito por la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid (Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón, justo tras la espantada de Tamayo y Sáez), la comisión gestora del tema y el Real Madrid. En la nueva ciudad, se piensan construir 12.500 viviendas, el nuevo campus de la justicia, nuevas instalaciones de la Feria de Madrid y un gran parque, de cinco veces el tamaño del Retiro, sin olvidar un carril bici. La publicidad afirma que del proyecto surgirá “una ciudad acorde con el siglo XXI”, “con una calidad de vida desconocida hasta ahora”, en la que el ciudadano podrá “encontrar la condiciones para disfrutar de una forma de vida equilibrada en un espacio plural en el que no tenga que renunciar a nada”. Pero, no se precipiten, aún no se venden pisos.

Tenemos un nuevo ejemplo de lo que algunos consideran la clara ventaja de Madrid sobre Barcelona. Proyectos ambiciosos, situados en los márgenes de la M-40, al lado de un aeropuerto que como poco es intercontinental, y que proyecta Madrid hacia el futuro, y con metro y tren de cercanías previsto. Y la cosa no se acaba aquí. Si uno otea el horizonte desde Valdebebas, observa que les caben, al menos, dos o tres más “nuevas formas de hacer ciudad” hasta llegar a la M-50, y así integrando Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Alcalá de Henares y allá al fondo, esperando, Guadalajara. Tengo la impresión de que el concepto de desarrollo y progreso que se expresa en este tipo de operaciones no coincide con el que deberíamos de ser capaces de ir inoculando en nuestras mentes y en las mentes de nuestras élites dirigentes. Madrid ha optado por el modelo Distrito Federal y se encamina con fuerza a la megalópolis. Su economía crece con fuerza, pero como siempre, deberíamos preguntarnos cómo se distribuye esa riqueza y sobre qué espaldas y con qué costes están levantando ese futuro. Las macrociudades acarrean tremendas presiones sobre sus habitantes, en términos de movilidad, tiempos y gastos energéticos. Pero además acaba produciendo ciudades ingobernables, insostenibles, inseguras, inabarcables, incontrolables. Acaban siendo ciudades llenas de islas, de fragmentos, internamente homogéneos, pero entre sí muy difícilmente comunicables. Más que “nuevas formas de hacer ciudad”, estamos ante construcciones de “no lugares” (Marc Augé), de desarraigo, de lugares que nadie puede reconocer ni reconocerse.

Lo curioso es que hay personas, de indudable influencia intelectual, que parecen estar encantados con este tipo de procesos, o que al menos les parecen ineluctables. En uno de los últimos números de la revista Arquitectura Viva, firmaba un editorial Luis Fernández Galiano en la que se decía: “Madrid se acelera porque España lo hace… La velocidad del cambio es vertiginosa, y la naturaleza inédita de la mutación urbana provoca a al vez admiración y ansiedad. Sin lugar a dudas, el actual estirón territorial tensa hasta el límite tanto la tolerancia material de la malla ciudadana como la resistencia inmaterial de los nervios ciudadanos, pero hasta los habitantes más castigados… aceptarán al cabo la penitencia de la confusión si la alternativa a la energía desordenada del auge no es otra que el declive de un Madrid menguante”. No hay nada mejor que justificar los costes personales y colectivos de franjas de población muy concretas, si eso que no sabemos que es, pero que llamamos “Madrid”, avanza.

En un reciente seminario sobre Respuestas locales ante inseguridades globales, celebrado en el CIDOB y que reunió a expertos y experiencias de Brasil y España, el profesor Imanol Zubero afirmaba que en las macrourbes la gente que puede se encierra en prisiones elegidas, en guetos voluntarios, ya que de ser la ciudad símbolo de libertad y seguridad (“el aire de la ciudad nos hace libres” decía un proverbio medieval), estamos cada vez más asociando ciudad a peligro. ¿Es ese el modelo de ciudad que buscamos? ¿Hemos de estar realmente preocupados por que Madrid “nos gane”? Me gustaría saber, aprovechando la oportunidad de las elecciones locales que se avecinan (si es que nos deja alguien hablar de algo que no sea el rifirrafe PSOE-PP), que piensan nuestros próceres municipales con relación al futuro de la ciudad de Barcelona. Podríamos preguntarles qué modelo de ciudad y de gobierno urbano nos proponen. ¿Podemos tener un proyecto autónomo? ¿No sería bueno que ese proyecto logre ser lo más ampliamente compartido y pactado con los múltiples actores públicos y no públicos que forman la comunidad local? ¿No deberíamos avanzar en procesos de gobernación colectiva del espacio metropolitano? La cooperación interna, la capacidad de evitar contraponer crecimiento e igualdad, puede acabar convirtiéndose en un medio para alcanzar calidad de vida sin sacrificar cohesión social interna ni daños irreversibles en el medio ambiente urbano. La proximidad emerge como un espacio desde el que pueden ofrecerse respuestas más adecuadas a la diversidad y a los nuevos retos emergentes, tanto a escala local como a escala global. Ésa podría ser otra “nueva forma de hacer ciudad”.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.