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Repensar la Torre de la Libertad
junio 1, 2007, 1:30 pm
Filed under: Libeskind, NY

El proyecto está signado por la soberbia personal y la conveniencia política. Su basamento blindado transmite intolerancia y desconfianza hacia el resto del mundo.

NICOLAI OUROUSSOFF. Crítico de arquitectura de The New York Times.

El Ground Zero vivió su propia fatiga de guerra. A cada nuevo paso del proceso de reconstrucción se pidió a los neoyorquinos que adoptaran la retórica de la renovación, sólo para presentárseles luego imágenes de una ciudad que permanece en un estado de confusión y engaño. Si cerraramos los ojos, podríamos pensar que todo va a desaparecer.

Sin embargo, el esperado anuncio de que el gobernador Eliot Spitzer respaldará la construcción de la Torre de la Libertad puede significar el fin de toda esperanza de devolver una visión amplia —o cierto grado de cordura— a un proyecto signado por la soberbia personal y la conveniencia política.

El reciente debate sobre la torre se concentró exclusivamente en los valores inmobiliarios. En momentos en que el desarrollador Larry Silverstein se dispone a construir casi 600.000 metros cuadrados de oficinas en tres edificios junto a la Torre de la Libertad, algunos cuestionan si será posible alquilar una parte suficiente del proyecto de 3.000 millones de dólares a niveles adecuados para que el mismo resulte rentable. Es muy probable que la carga simbólica de la torre desaliente a los posibles inquilinos por temor a que ésta pueda ser un blanco para terroristas. La sugerencia de que llenemos el edificio con reparticiones gubernamentales es casi perversa.

Pero el problema no es sólo si puede obligarse a suficientes burócratas a trabajar ahí algún día, sino también qué expresa el edificio como obra arquitectónica. El gobernador Spitzer puede recordar la presencia de las Torres Gemelas en el horizonte urbano, una presencia al mismo tiempo orgullosa y amenazadora. La Torre de la Libertad tendrá un efecto igualmente fuerte en la vida cotidiana de los neoyorquinos, así como en la imagen de la ciudad en todo el mundo. Su mensaje, sin embargo, será muy diferente del de las viejas torres.

La Torre de la Libertad, cuyos extremos acanalados y estructura ahusada evocan un obelisco de vidrio pantagruélico, fue rediseñada apresuradamente hace más de un año, luego de que especialistas en terrorismo cuestionaron su vulnerabilidad a un atentado con explosivos. Su forma abultada, que rehicieron Skidmore, Owings & Merrill, recuerda vagamente lo peor del historicismo posmoderno. (Es increíble que el revestimiento de vidrio no se haya reformulado en granito.)

Ciudades como París, Londres y San Francisco organizaron hace poco grandes concursos arquitectónicos para el diseño de las torres que caracterizarán su horizonte. Atrajeron gran cantidad de arquitectos talentosos y ambiciosos, y muchos de esos diseños expanden los límites tecnológicos y estructurales al tiempo que repiensan los rascacielos como parte de una visión urbana holística.

Hasta en Nueva York, que en los últimos diez años quedó rezagada en relación con buena parte del mundo en lo que respecta a ambiciones arquitectónicas, proyectos como la nueva Torre Hearst de Norman Foster indican la vigencia de criterios más exigentes para el diseño de estructuras urbanas.

De construírsela, la Torre de la Libertad sería un constante recordatorio de nuestra pérdida de ambición y de nuestra incapacidad para generar una arquitectura que exprese una genuina confianza en el futuro colectivo de los Estados Unidos en lugar nostalgia por un pasado inexistente.

En ningún lugar esa pérdida de ambición se hace más evidente que en la base de la torre. En una sociedad en la que el contrato social que nos une se está debilitando, los arquitectos más incisivos encontraron formas de crear una relación más fluida entre los ámbitos público y privado. El lobby de la Phare Tower de París, de Thom Mayne, por ejemplo, está pensado como extensión del ámbito público, ya que incorpora el paisaje urbano que lo rodea e incursiona en el espacio subterráneo para brindar acceso a una red de trenes.

La Torre de la Libertad, en cambio, está pensada como una fortaleza inexpugnable. La base, un búnker de hormigón de veinte pisos, sin ventanas, que contiene el vestíbulo y muchos de los sistemas mecánicos de la estructura, está revestida con paneles de vidrio laminado a los efectos de obtener un aspecto atractivo, pero el mensaje es el mismo. Transmite más paranoia que resistencia y tolerancia. Es un edificio blindado contra un mundo exterior en el que ya no confiamos.

No hay motivos para aceptar semejante destino. Todavía falta un año para que empiece a erigirse el edificio y los cimientos podrían terminarse mientras se lleva a cabo un proceso de reformulación del diseño. Mientras tanto, podría iniciarse la construcción de las torres de Silverstein en el lado sur, mucho más fáciles de alquilar.

Por supuesto, el gobernador Spitzer tendría que mostrarse dispuesto a aventurarse en uno de los predios con mayor carga emocional y política del mundo a menos de tres meses de haber asumido. Para ello primero debe aceptar que el mensaje de la Torre de la Libertad no se dirige sólo a los neoyorquinos obsesionados por los bienes raíces, sino al mundo, y que el mensaje que transmite ahora es nuestro peor aspecto.

Traducción de Joaquín Ibarburu

(c) Copyright The New York Times y Clarín

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