Noticias de Arquitectura


¿Qué hay de nuevo viejo?
febrero 15, 2009, 4:23 pm
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SERGI DORIA
Martes, 16-12-08
¿QUÉ hay de nuevo viejo?» decía aquel socarrón conejo Bugs Bunny de nuestros dibujos animados. Capital del diseño y la furia antitaurina, Barcelona vive obsesionada por «lo nuevo». Ser novedoso y moderno, por ejemplo, es criticar periódicamente a Gaudí -«sobrevalorado» arquitecto según Oriol Bohigas- y reclamar el cese de esa Sagrada Familia cuyas obras costea la ciudadanía y que tanto molesta a nuestra «intelligentsia» laicizante y adicta al erario público. En lugar de clamar para que Barcelona no se convierta en Gaudinona, los prohombres de la escuadra y el cartabón deberían plantearse qué «modernidad» en diseño y arquitectura estamos promocionando.
Remontémonos al Glorioso Fòrum Universal de las Culturas, evento de expresión mayestática y vacío cual buñuelo de viento; además del solar de cemento -extenso como la siniestra plaza de Tiannamen- nos encontramos con el Triángulo Azul de los suizos Herzog y Meuron quienes reconocieron no tener repajolera idea sobre los usos ulteriores de su fúnebre artefacto. En aquel ferragosto de 2004 de guerreros chinos geyperman, sin visitantes y cuarenta grados a la sombra, comenzaron a desprenderse fragmentos del material ignífugo llamado perlita. El Triángulo es hoy «de las Bermudas»: ese Fòrum incapaz de atraer al paseante, a no ser que sea un hooligan cervecero o un turista seguidor de Antonioni.
Los arquitectos y diseñadores de «lo nuevo» cultivan lo que Ortega bautizó «arte deshumanizado», aquel que prosperó tras la Gran Guerra, tan caro a las doctrinas totalitarias. El totalitarismo actual consiste en no admitir ninguna crítica hacia los multimillonarios profetas modernos, so pena de ser acusado de reaccionario. A diferencia de Gaudí, los arquitectos-vedette que padecemos pasan más tiempo promocionándose en suplementos dominicales que calculando resistencias de estructuras y materiales, sin plantearse la función de unas construcciones más orientadas a los premios que a los seres humanos. Así, la Torre de Nouvel queda muy bien en el skyline nocturno, pero resulta incómoda a sus inquilinos y el parque central del Poblenou que diseñó el francés no se hizo pensando en algo tan «raro» como que los niños jueguen allí.
Desde hace treinta años, la plaza dura que Vilaplana y Piñón perpetraron ante la estación de Sants constituye un monumento al deterioro y el «no lugar»; ahora Vilaplana ataca de nuevo llenando de metal la desdichada plaza Lesseps y fastidiando la visibilidad de la celebrada Biblioteca Jaume Fuster.
Y ya para poner una guinda a los desafueros de nuestra ciudad «progre» y diseñadora, la teniente de alcalde Imma Mayol se gasta 214.000 euros en media docena de abetos «sostenibles» que se iluminan gracias al sol o las ganas de pedalear una bicicleta estática del transeúnte, que son más bien pocas. «Lo nuevo» no siempre es lo mejor y, en esta Barcelona no funciona ni a pedales.

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