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Cuando los edificios también mudan de piel
agosto 31, 2008, 3:56 am
Filed under: España

En Madrid, una torre de oficinas fue “vestida” con una trama sutil e irregular de aleros, que también sirve como aislación.

ARIEL HENDLER.
ahendler@clarin.com

No es muy frecuente que un encargo profesional consista en tomar un edificio construido recientemente para convertirlo en “otra cosa”. Eso fue lo que les sucedió a los arquitectos Jerónimo Junquera y Liliana Obal, de Madrid, quienes rehabilitaron íntegramente una “típica” torre de oficinas con piel de vidrio que perteneció a una empresa de seguros, y que ahora ocupa la firma Gamesa, especializada en tecnologías para la sustentabilidad energética. El edificio, conocido como “torre M-30”, se levanta junto al neurálgico cruce de la autopista M-30 y la Avenida de América, donde el tránsito vehicular, según la definición de Junquera, “se parece a un río caudaloso”.

De la construcción original se rescató el esqueleto estructural, aunque redefiniendo nuevos interiores y formas de uso. Pero la intervención consistió, sobre todo, en “vestirla” de modo tal que su desnudez de acero y vidrio quede oculta detrás de una suerte de ropaje etéreo y sutil, como de gasas y sedas. “Apostamos a crear un hito urbano y escultórico —explica el arquitecto—. Para eso, optamos por darle una nueva fachada que cambiara continuamente a lo largo del día y de las épocas del año, y que vibrara con la luz”, agrega.

Claro que, como la ropa, esta segunda piel debía cumplir también con las funciones de aislación térmica (sobre todo por la incidencia plena del sol) y acústica (pasan 100 mil vehículos diarios), así como garantizar una iluminación natural difusa, “sin claroscuros exagerados ni distorsiones cro-máticas”, explica Junquera en diálogo telefónico con Diario de Arquitectura desde su oficina madrileña.

Popular y económico. Como desafío adicional, los proyectistas se propusieron cumplir su objetivo y dar respuesta adecuada a todas estas condicionantes utilizando materiales de uso corriente y costo razonable. “Entiendo que la arquitectura siempre debe integrarse al lugar en el que se asienta y ser sustentable. Eso se consigue con mucho rigor y esfuerzo, pero son metas al alcance de cualquiera”, razona. Y elogia en ese sentido a la arquitectura popular: “Es sabia por su economía de recursos, por estar enraizada con la geografía y en particular con el clima, aprovechando sus bondades y defendiéndose de sus inclemencias”.

Con este criterio, los proyectistas echaron mano a un recurso clásico en la tradición constructiva local: el alero, y con él buscaron resolver todos los problemas planteados. Pero lo utilizaron en forma muy poco ortodoxa. “Variamos la profundidad de los aleros y creamos un trazado ondulado que genera un juego de luces y sombras aleatorio y cambiante. Jugamos superponiendo geometrías como si fuera un ejercicio artistico”, revela Junquera.

El resultado fue una secuencia irregular y desfasada de aleros de distinto ancho, combinados de forma tal que la trama impide a los rayos solares llegar hasta la fachada en verano, otoño y primavera. En invierno, en cambio, la radiación incide lo suficiente como para calentar el interior. La malla de aleros también convierte la radiación lumínica directa en indirecta. Y, en el rubro acústico, cumple la función de romper las ondas sonoras.

Objetivos cumplidos. Desde el punto de vista constructivo, la torre original fue literalmente envuelta con una nueva fachada de doble vidrio montada en una carpintería de aluminio. Sobre ésta se colocaron los aleros, hechos con planchas horizontales de GRC, es decir, paneles prefabricados de hormigón y fibra de vidrio aligerados, sujetados por medio de una estructura oculta de acero zincado. “Nos planteamos convertir esta experiencia en un paso firme en la búsqueda de edificios más sustentables”, resume el arquitecto.

De todas formas, admite que las obras excepcionales reclaman algo más: “Crear emociones en los espacios, en el juego de la luz, en la utilización del color y de los materiales y en el manejo sutil de sus texturas. Eso es algo difícil de conseguir y que intento en todos mis proyectos, pero mi exigencia como arquitecto es que estas emociones se deben buscar una vez alcanzados los objetivos más básicos”, se cubre.

Aunque, tal vez, sospeche que ciertamente en este edificio se consiguieron ambas cosas.

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