Noticias de Arquitectura


El testamento de Salmona
marzo 29, 2008, 2:25 pm
Filed under: Salmona


Rogelio Salmona falleció el pasado octubre, pero volvió a ser noticia porque se inauguró en La Candelaria uno de sus últimos proyectos: el Centro Cultural Gabriel García Márquez, donación del Fondo de Cultura Económica de México, edificio en cemento y concreto, que sobresale en el estrecho sector colonial sin invadirlo, pues la tercera parte de sus 9.500 m2, un área de 3.300 m2, es espacio público.

Para entrar a las distintas dependencias: auditorio, salas de ex posiciones, aulas, talleres, oficinas, restaurante, almacén de discos, tienda Juan Valdez y una librería para adultos y niños, la más grande del país, se recorren libremente: andenes, rampas terrazas, plazoletas, rotondas, desde donde se divisan Monserrate y Guadalupe, el barrio Egipto, las torres de la Catedral.

“He buscado hacer una arquitectura urbana respetuosa que exprese una modernidad consecuente con el lugar donde se encuentre; que cree espacios públicos sin barreras que permitan una ocupación sabia, política y generosa”, dijo el arquitecto.

En el desarrollo de ese proyecto, Salmona, que ya estaba enfermo, se agravó. Pero el trabajo fue como una inyección de vida, dice su esposa, María Elvira Madriñán, también arquitecta. “Por ese proyecto dio tantas batallas como las que dio luchando en silencio en la casa contra la enfermedad. Su propuesta de insertar en ese lugar histórico un edificio contemporáneo, respetando la arquitectura colonial, era innovadora, casi atrevida. Y Rogelio trabajó con pasión hasta el final. Apoyado en un bastón que se volvía asiento, recorría la obra con dificultad. Cuando aún había andamios estábamos pendientes de que no le pasara nada. Pero no le gustaba que le ayudaran.

Subía hasta el último piso dando instrucciones; cuando no podía ir hacía reuniones en la casa. Estuvo dos años enfermo y aunque los últimos cinco meses fueron muy duros, trabajó hasta 15 días antes de morir. Me volví la extensión de sus manos, de sus ojos, de sus movimientos, para interpretar sus gestos, sus miradas, sus trazos y plasmar en planos lo que luego él retomaba.

No pudo ver la obra terminada pero alcanzó a sentir la satisfacción de haber cumplido el sueño de enriquecer la ciudad con espacios públicos generosos, sin barreras. Luchó con tenacidad ejemplar. La arquitectura era el motor de su vida”.

¿Cómo conoce a Salmona?

Recién graduada en los Andes, entré a su taller como dibujante.

Era asombrosa la manera como manejaba escalas, volúmenes, espacialidades. Hacía propuestas integrales y cada proyecto era como un hijo. Se ocupaba de todos los detalles. Hasta del paisaje. Así aprendí a amar la vegetación, a conocer las plantas.

Mi primer trabajo con Rogelio: la Casa de Huéspedes en Cartagena, fue una lección de arquitectura profunda y enriquecedora, que me marcó para siempre. Viví de cerca el diálogo del arquitecto con su proyecto, sus dudas, sus aciertos; la búsqueda de una espacialidad acorde con el lugar. Aunque la Casa no quedaba en la ciudad, requería un lenguaje afín con la arquitectura cartagenera.

En ese proceso aprendí lo que es la magia de la luz, del sonido, de la sombra. En esa zona desértica, donde no existía sino el Fuerte, fue necesario crear un entorno. Y la naturaleza se apropió de la zona. Se llenó de pájaros y de vida. Se transformó en un paraíso.

¿Qué obra prefirió?

Nunca quedaba satisfecho. Siempre decía: “todavía no he hecho lo mejor”. Y seguía buscando algo más. Pero sí fue gratificante para él la Biblioteca Virgilio Barco, por la actitud de la gente.

Cuando llegaba lo buscaban los niños: “queremos darle las gracias”, le decían. Se lo cuento, no por la anécdota en sí, sino porque la biblioteca se volvió visita obligada. La gente disfruta de algo que no tenía. Yo lo acompañaba en algunas visitas y le oía decir: “nos falta subir, nos falta bajar”. La arquitectura invita a ser descubierta. Eso lo emocionaba. Siempre propuso una arquitectura para recorrer.

¿El Centro fue su última obra?

No. En Moravia, barrio espontáneo de Medellín, que era basurero, diseñó un Centro de Desarrollo Cultural. Tiene auditorio, aulas, talleres, cubículos para fomentar la música. Hacer esa obra en un lugar tan deprimido, para gente que recibe poco, lo motivó mucho. No pudo hacer la supervisión arquitectónica porque ya estaba muy enfermo.

Contrató a un amigo para que le ayudara. Ahora yo también trabajo en la terminación de la obra.

¿Cómo fue convivir con alguien tan fuera de serie?

A pesar de la diferencia de edades nuestra relación fue muy sólida porque Rogelio tenía un espíritu joven.

Era tímido, estricto; no aceptaba nada mal hecho y la mediocridad, la banalidad, la falta de ética, lo sacaban de quicio. Era duro y no tenía pelos en la lengua para trancar a quien fuera. Era exigente consigo mismo y no hacer nada le parecía inconcebible.

Le costaba trabajo escribir. Cada escrito era un parto. Aprendí a descifrar su letra que era confusa. Leía mucho y era melómano. Para hacer ejercicio, trotaba. Teníamos un lote en el campo e íbamos todas las semanas. Almorzábamos en el potrero, sembrábamos árboles y él cultivaba rosas.

Duramos 20 años buscando el sitio para hacer una casa. Nunca se decidía. “No puedo competir con la naturaleza”, decía. Al fin hicimos la casa muy integrada al paisaje. Era hombre de hogar. Prefería comer en casa y yo me esforzaba pues era refinado y exigente. Esteban y Mara, nuestros hijos, transformaron su vida. Los adoraba. Vivíamos para ellos. Tuvo dos hijos con su primera esposa, francesa; viven en París, pero siempre han estado cerca. Supe comprenderlo; pude llegar a él en lo profesional y en lo afectivo”.

Reflexiones

“La ciudad es más importante que cualquier cliente, llámese potentado, multinacional o gobierno. Pero el gran capital, presionando para tener mayor rendimiento, financia la construcción de edificios enormes, creando tremendas aglomeraciones que causan muchos problemas. ¿Pero quién le mete a la gente en la cabeza que es más importante el patrimonio urbano que el dinero?”, decía Salmona hace 10 años.

Era un soñador y su ambición era hacer un eje ambiental a lo largo de la 26, desde el pie de los cerros orientales, hasta los cementerios, incluyendo MamBo, Biblioteca Nacional, Parque de la Independencia, todo integrado por medio de jardines y alamedas. Una constante suya fue proteger el patrimonio urbano. Embellecer la ciudad. Evitar que la asfixiaran las torres de cemento.

Iniciando su carrera ganó una batalla: las Torres del Parque, su obra maestra. En los 70, el Banco Central Hipotecario le encargó construir detrás del Circo de Toros 450 apartamentos, en tres torres de 30 pisos, y Planeación Distrital lo aprobó. Pero Salmona, pensando en la ciudad, no en la rentabilidad, dijo que solo cabían 290 apartamentos. La propuesta era una osadía, lo reconoció Salmona. Pero el gerente del BCH, Jorge Cortés, entendió que la entidad tenía una responsabilidad con la ciudad y aceptó. La novedad consistió en que 30% del terreno era espacio público, abierto a toda la ciudad. Si esa generosa concepción de la ciudad la compartieran más arquitectos, si los proyectos se diseñaran no solo como negocio, Bogotá tendría otra cara y nuestros niños no vivirían aprisionados en rascacielos, sin jardines, sin tener dónde jugar.Fue premiado muchas veces.

Recibió el Alvar Aalto, el premio de arquitectura más prestigioso del mundo. Parte de su obra, en planos, maquetas y fotografías, ha recorrido muchos países; en Guadalajara, se exhibió como homenaje póstumo, durante la Feria del Libro. Allí Carlos Morales, ex alumno y amigo, recordó al maestro narizón, exigente, acelerado, autor, según Morales, del proyecto más bello que haya visto: “hecho con amor y maestría”, dice. Era la ‘tesis’ de Salmona para validar en los Andes su carrera de arquitecto. Una carrera que, como dice su esposa, fue el motor de su vida.

POR LUCY NIETO DE SAMPER

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