Noticias de Arquitectura


Casas para la buena vida
noviembre 17, 2007, 3:07 pm
Filed under: Pais, ZABALBEASCOA

Anatxu Zabalbeascoa 17/11/2007

Empezaron pisando fuerte. Construyeron rascacielos de paisajes y un asilo rompedor que rejuveneció la arquitectura. En Madrid han firmado el edificio Mirador y acaban de construir en Tokio. El estudio holandés MVRDV tiene cuerda para rato.

Una pareja y el amigo. O dos amigos y la novia. Los holandeses Winy Maas (Schijndel, 1959), Jacob van Rijs (Ámstedam, 1964) y Nathalie de Vries (Appingedam, 1965) coincidieron en la Universidad Técnica de Delft. Maas llevaba ventaja: había estudiado paisajismo. Y venía de trabajar un año en Nairobi para la Unesco. Van Rijs también tenía las miras puestas más allá de la arquitectura. Había estudiado química. Y era, y es, un tipo rápido, un hombre despierto. Se hicieron amigos. Al terminar los estudios comenzaron a trabajar para el que, ya en 1990, era un mito entre los arquitectos del mundo, su paisano Rem Koolhaas. Nathalie, la novia de Jacob, prefirió emplearse en el estudio Mecanoo de Delft para hacer una arquitectura que combina prefabricación industrial con materiales naturales. El plan era adquirir conocimiento, experiencia y un sueldo. Pero continuar diseñando al margen, en los ratos libres, durante las vacaciones. El objetivo: despegar como estudio. Funcionó. Así, sumando las siglas de sus apellidos, nació MVRDV. En 1997, el asilo WOZOCO de Ámsterdam se convirtió en el bloque de viviendas sociales más económico de Holanda. Y ése no era el mérito. La manera en que colgaron de la fachada nuevos pisos para no privar a los vecinos del sol matutino le dio cara y ojos al inmueble. Y los hizo famosos. Tres años después firmaban el pabellón holandés en la Expo 2000 de Hannover, un edificio que apilaba jardines como solución para el problema de la densidad que aprieta su país.

PREGUNTA. ¿Koolhaas sigue siendo un héroe entre los arquitectos holandeses?

RESPUESTA. Sí. Es una figura mítica. Incluso aunque apenas esté allí. Es un holandés errante. Pero su influencia sigue siendo inmensa. Los estudiantes y los críticos están orgullosos de tener a alguien tan famoso. Y todos seguimos lo que él hace por el mundo. Primero con admiración y luego con curiosidad. Nos sigue interesando. Pero llega un momento en que uno también crece. Y desarrolla un enfoque propio.

El que habla es Jacob van Rijs. La entrevista empieza en un coche que lo lleva de Barajas a la Universidad Europea de Madrid a pronunciar la conferencia inaugural del curso de arquitectura. El mismo automóvil que, sólo dos horas después, lo devolverá al aeropuerto. “Es mi primera entrevista en un coche”, aclara. “Por suerte, mi vida no es así”, dice sorbiendo un café de Starbucks. En el auditorio, los estudiantes no lo conocen. Alguien comenta que es el autor del edificio Mirador y se sorprenden de encontrar a un tipo con camisa a cuadros, alguien que no necesita disfrazarse para anunciar su afán por buscar nuevas soluciones arquitectónicas. Él empieza la charla proyectando una frase que es todo un alegato: “Empezad sin miedo”. El miedo ya llegará. Y termina diciendo que no olviden nunca la obligación que tienen los arquitectos de comunicarse con la gente, de hacerse entender por alguien que no es arquitecto. Puro sentido común. La falta de miedo no es un golpe de efecto, es lo que lo lleva a él y a sus socios a firmar precisamente edificios como el Mirador, al norte de Madrid. Ese icono de Sanchinarro, que recuerda al Parkrand, que han terminado ahora en Rotterdam.

P. ¿Lo que funciona en Holanda puede funcionar en todas partes?

R. Las ciudades están cambiando. Ahora admiten otras formas de vivienda, con mezclas entre lo privado y lo colectivo. El edificio Mirador indaga en ese terreno intermedio. Pero no es una novedad. En la Edad Media ya existían patios y jardines traseros compartidos. Se trata de actualizarlo. Vivimos en un tiempo de individualidades, y ese edificio ofrece la posibilidad de tener una vivienda individual en un espacio colectivo. Casi todos nuestros bloques de viviendas investigan esa cuestión: la que busca lo individual en lo colectivo. Los dos edificios tienen eso en común. Pero el Parkrand empezó a construirse antes. Se terminó después por la financiación. En Holanda la vivienda social se financia con la privada. El Gobierno obliga a los constructores que quieren enriquecerse con un edificio a construir también un porcentaje de vivienda social a precios mucho más bajos.

P. ¿Que un edificio similar funcione en ciudades distintas habla de la indefinición de ciertas zonas urbanas o de las necesidades comunes de las personas?

R. Las viviendas cambian en cada país. Incluso en cada ciudad. La manera de usarlas crea distintos hábitos. Un edificio puede recordar a otro, pero, incluso partiendo de una voluntad similar, el resultado es distinto. En España la gente vive buena parte del año con las persianas bajadas y los toldos desplegados. Eso hay que pensarlo al diseñar un edificio. En Holanda vivimos con las ventanas abiertas, buscando la luz. Nosotros utilizamos más las zonas comunes de los edificios. A los españoles les gusta más salir a la calle. Nosotros hacemos casas para que las complete la gente. El edificio Parkrand tiene una zona de recreo que no pudimos hacer en Madrid porque nadie quiso pagarla. El presupuesto era bajo. Tal vez lo puedan hacer en el futuro. Un arquitecto del estudio fue un día al edificio Mirador a investigar. No dijo que trabajaba con nosotros y pudo meterse en tres de los pisos. Uno pertenecía a una familia rumana gitana que lo había rehecho completamente. Era irreconocible. Y nos parece bien.

P. Han convertido edificios de vivienda social en iconos arquitectónicos. Para quién han sido los cambios más importantes, ¿para la ciudad o para quien tiene un piso pequeño?

R. Para ambos. Una ciudad llena de iconos es un problema. Pero sin iconos las ciudades tienen otro tipo de problemas. ¿Qué puede ser un icono? ¿El centro comercial? ¿El estadio de fútbol? ¿Por qué no los bloques de vivienda? Cuando construyes un gran bloque en un lugar alejado que la gente no conoce puedes tratar de marcar el territorio. Mucha gente de Madrid no sabía dónde estaba Sanchinarro. Por eso decidimos marcar el territorio con una especie de campanario. Queríamos que fuera una referencia reconocible: “¿Dónde vives? En Sanchinarro. ¿Dónde? En el edificio aquel de colores con el hueco. Ah, ya”.

Los socios de MVRDV saben que la densidad es el principal problema urbanístico de un país pequeño, como el suyo. Y creen que la ciudad-jardín de antaño, con viviendas en hilera y un pequeño jardín individual, ya no tiene sentido. Pero han ideado propuestas para que los holandeses no tengan que renunciar al trocito de verde al que estaban acostumbrados. Van Rijs creció en Ámsterdam, en un barrio de casitas apretadas, “y la atmósfera no era agradable sino alienante. No hay que mitificar ningún tipo de arquitectura”, dice hoy. Por eso, él, sus dos socios y los 40 arquitectos que ahora trabajan con ellos llevan toda su vida profesional tratando de cambiar las cosas. “Desde el principio nos planteamos qué podía hacer un arquitecto, además de su trabajo y además de ser un sirviente. La respuesta fue pensar. Hay posibilidades si vas más allá del tópico o del encargo concreto. Nosotros utilizamos nuestros proyectos para investigar”. El pensamiento del que habla está recogido en libros como Costa Ibérica, o Farmax, en los que muestran ideas de cómo apilar parques o cómo hacer de Benidorm una nueva Manhattan para ganar densidad en una sola zona y, de paso, liberar de construcciones el resto de la maltratada costa mediterránea. De esas investigaciones a veces surgen ideas para proyectos.

Con todo, admite Van Rijs, “alguna vez algún proyecto ha sido demasiado radical para los vecinos. Son riesgos que debe asumir quien trata de hacer evolucionar las cosas”, continúa. Y no pone reparo en hacer un pequeño inventario de contratiempos: “En Ámsterdam levantamos el edificio Thonek, una casa-oficina naranja para una familia de diseñadores gráficos. Lo hicimos todo de acuerdo con la ley, enviamos muestras de los materiales para que las aprobaran… Todo estaba en orden, pero al final apareció un problema muy holandés: a los vecinos no les gustaba el nuevo inquilino de color naranja. Les irritaba”.

P. ¿Y qué pasó?

R. A veces, aunque tengas razón, tu vida se vuelve miserable si no logras una convivencia respetuosa. Empezaron los problemas. Apareció la figura del mediador, un abogado. Decidieron que el cliente eligiera diez colores que le gustasen. De los diez, los vecinos eligieron cuatro. De los cuatro, el dueño eligió uno. Hoy la casa es verde. Y el abogado ha cobrado más que el arquitecto. La ciudad pagó la mitad de la pintura y al abogado.

Van Rijs no cree que la decisión del mediador afectase a su arquitectura: “Los dueños son grafistas y habían elegido el naranja primero y decidieron luego el verde. Tratamos de hacer una arquitectura abierta, que resista los cambios”, dice desmitificando.

A pesar de que ellos las explican con una lógica aplastante, a primera vista, muchas de sus propuestas podrían parecer caprichosas. En Matsudai, al noroeste de Japón, levantaron un ovni blanco, un edificio alzado para conseguir una zona libre de nieve en invierno y una zona protegida del sol en verano. Es blanco para evitar que el sol lo caliente en verano y para fundirse con la nieve del paisaje en invierno. Pura función. Pero aun así, su extraña forma en medio de un paisaje montañoso parece confiar en la eterna juventud. Como si en MVRDV creyesen que las propuestas rompedoras pueden llegar para quedarse. “Nos gustaría que la frescura de nuestros edificios no se perdiera con el tiempo. Pero, por definición, la frescura es algo que caduca. Nuestro objetivo, al repensar una tipología, no es dar con algo novedoso sino resolver un problema o mejorar una solución. El objetivo no es la juventud, pero si los edificios parecen nuevos o jóvenes, nos parece bien. Uno trata de cambiar las cosas mientras se siente joven: a veces eso dura dos meses, a veces una semana, a veces toda la vida”, dice. Y todo apunta a que ése podría ser su caso. Desde que se asociaron en 1991, cuando aún trabajaban en otros despachos, sus edificios han tratado de reinventar tipologías. Al jardín vertical de la Expo de Hannover, le siguió el barrio marítimo Ypenburg, en La Haya, o el más reciente hospital Máxima, con forma de invernadero. “Nuestra actitud es que todo es posible. Las cosas pueden ser distintas. Y merece la pena que lo sean cuando se convierten en mejores. Pero somos pragmáticos. Tratamos de considerar las posibilidades útiles en las que nadie ha pensado antes. En La Haya, trabajamos con la forma más sencilla de una casa pero singularizamos las viviendas con diferentes acabados. Son todas iguales pero cada una es distinta. En el hospital, quisimos mejorar la vida de los pacientes. Y pensamos que entre árboles uno se siente mejor”. Así de sencillo.

P. Con tanto invento, ¿de todas las viviendas que han diseñado, en cuál vivirían?

R. En la casa Didden de Rotterdam. Porque nuestra situación es similar a la de los dueños. Nathalie y yo tenemos dos hijos y necesitamos privacidad. El dueño de Didden hace pelucas. Se ha hecho muy famoso haciendo las de las películas de Peter Greenaway. De modo que el almacén de pelucas crecía y la casa menguaba mientras los niños también crecían. Necesitaban más espacio. Y ocupamos la azotea con un jardín rodeado de casitas. Cada miembro de la familia tiene su casita azul. Ya lo ven. No les da miedo volver a tener problemas con el color. La familia del peluquero eligió el azul de una casa antigua, famosa en el barrio. Y esta vez las cosas han salido de otra manera. Los vecinos están encantados.

Los tres miembros de MVRDV son profesores. Han dado clases en Berlín, Ámsterdam y Tejas. Y no temen que sus alumnos crean que es fácil cambiarlo todo. “Cuando eres estudiante debes copiar. Yo también copiaba a Aldo Rossi”, admite Van Rijs. “Copiar da conocimiento y método. Pero, a partir de esa base, debes trabajar. Cuando un arquitecto adulto copia sólo puede hacerlo de manera superficial”, matiza. Aunque entre los adultos que, como ellos, triunfan a veces el peligro sea más copiarse a sí mismos que convertirse en epígonos. No es su caso. “No queremos hacer mvrdvs, queremos trabajar para la gente”, afirma Van Rijs. Y confía en que la aportación del estudio a la historia de la arquitectura sea esa “cercanía con la sociedad para la que nos ha tocado trabajar”.

Como Maas y, algo más que De Vries, Van Rijs viene a España con cierta frecuencia. A pocos metros del edificio Mirador, están a punto de terminar el bloque de viviendas Celosía, ambos firmados con Blanco Lleó. También construyen unas oficinas para la empresa de cerámica Apavisa, en Castellón. “Como querían un edificio visible, lo colocamos entre postes de anuncios de carretera”, explica. También levantarán, en Valencia, la Torre Huerta, con árboles en las terrazas, como parte del proyecto Sociópolis que ha ideado Vicente Guallart. Y trabajan en un edificio de viviendas en Málaga. Fuera de España, este mes inauguraron el edificio Gyre, en Omotesando, “el primero realizado en Tokio por un arquitecto holandés”, anuncian con picardía para no decir directamente que, por esta vez, se han adelantado a su ex jefe y profesor, el gurú Koolhaas. “La arquitectura es algo local”, concluye Van Rijs. “La cultura de construir tiene que ver con el lugar. Pero es fascinante ver cómo se trabaja en cada cultura. En Japón, un acuerdo es un acuerdo. Y en China es lo contrario. Pero la velocidad con la que suceden las cosas hace fascinante trabajar también allí. Todos los lugares tienen su secreto. Y el mundo en el que vivimos te permite tratar de adivinarlo”.

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