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Termómetro de la arquitectura ibérica
octubre 20, 2007, 3:20 pm
Filed under: Arquitectura Española, Pais, ZABALBEASCOA

ANATXU ZABALBEASCOA 20/10/2007

El próximo jueves se fallan los premios FAD, los más importantes de la disciplina en España y Portugal, unos galardones que tradicionalmente han optado por destacar trabajos más contenidos que espectaculares. Las obras que compiten anualmente resumen bien el estado de la arquitectura en ambos países. Repasamos algunos de los proyectos realizados a lo largo del último año.

Desde hace ocho años, cuando ampliaron su cobertura a todo el territorio de España y Portugal, los premios FAD se han convertido en la mejor ocasión para tomar el pulso a la arquitectura que se levanta en estos dos países. Así, siendo el galardón nacional más prestigioso que puede obtener un edificio, el FAD es, también, un cierto tipo de premio. El presidente del jurado del año pasado, Manuel de Solà-Morales, lo explicó así: “Se trata de premiar no la arquitectura de éxito sino el éxito de la arquitectura”. Y el éxito de la arquitectura suele coincidir, en quienes deciden el ganador de este premio, con una arquitectura más civil que icónica, más discreta que visible y más callada que mediática. Con ese criterio, el año pasado en el que competían grandes infraestructuras -como la internacionalmente premiada T4 de Barajas de Rogers y Lamela, el popular Mercado de Santa Caterina en Barcelona, de Miralles Tagliabue, o la icónica Torre Agbar de Jean Nouvel-, un arquitecto tan eficaz e ingenioso como discreto, Josep Llinás, se hizo con el premio. La ganadora fue la Biblioteca Jaume Fuster de la plaza de Lesseps en Barcelona, un auténtico zurcido urbano que Llinás había sabido coser con precisión de cirujano y vuelos de alta costura.

La decisión de contar con su selección de edificios la pequeña historia de las ciudades y la voluntad de aplaudir los trabajos rigurosos por encima de los monumentales está en la esencia de un premio que, ya en 1998, dejó de reconocer al Museo Guggenheim de Bilbao, uno de los iconos más populares de todos los tiempos y, seguramente, el mejor de su autor, el Premio Pritzker Frank Gehry, para premiar la pequeña iglesia de Santa María en Marco de Canavezes de otro Premio Pritzker, el portugués Álvaro Siza. ¿Valentía o cobardía?

Aquel año, la decisión del jurado de los FAD pudo ser interpretada como una provocación o como una llamada al orden. Fuera como fuera, lo que innegablemente ese veredicto consiguió, de paso, fue copar muchos de los titulares de prensa que la institución no parece desear para los edificios que respalda. Más allá del premio que recibió Santiago Calatrava en 1987 por el puente de Bach de Roda en Barcelona o del que lograra Norman Foster, en 1990, con la Torre de Colleserola, en la misma ciudad, es cierto que, excepcionalmente, algunos inmuebles emblemáticos, como el Kursaal de Moneo en San Sebastián, se han hecho con este premio. Pero también lo es que en muchas más ocasiones, la arquitectura sencilla de una vivienda unifamiliar ha sido valorada por encima de la calidad pública de los inmuebles que optaban al premio.

No es que el FAD apueste siempre por la escala pequeña -en la convocatoria de 2005 el último Premio Mies van der Rohe, el Musac de León de Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla, quedó relegado ante el Estadio de Braga del portugués Eduardo Souto de Moura- es que, si hacemos inventario de los galardones entregados, entre los premiados hay más viviendas que ninguna otra tipología.

Si sirve de orientación, en los últimos ocho años en que el FAD se dirime entre lo mejor de la arquitectura lusa y española, los únicos grandes proyectos que han conseguido vencer lo han hecho de la mano, al unísono, ex aequo, todos a la vez. Así, en 2004 el Aulario del Campus Universitario de Vigo -de Miralles Tagliabue- conseguía el premio con la Estación Delicias de Zaragoza -de Carlos Ferrater- y el Auditorio de Navarra en Pamplona -de Patxi Mangado-. Ganaron todos esos proyectos de una manera coral. Tres en uno. Un mismo premio para tres edificios radicalmente distintos en tipología, planteamiento y propuesta de ciudad. Lo que se llama un premio repartido, como si la posibilidad de elegir uno sólo entre tres grandes obras de infraestructura se atragantara en boca de un jurado que a veces parece buscar premiar castigando más que celebrando. ¿Es el FAD por lo tanto un galardón que trata de indicar un cierto camino arquitectónico? o ¿es un reconocimiento que busca destacar un tipo de ética en los edificios que respalda? Tal vez contagiado por la propia historia del premio, el estoicismo de un jurado, que cambia cada año, ha hecho que un galardón pequeño como éste no haya sufrido los vaivenes del Premio Pritzker o del Mies van der Rohe. Los jurados han valorado siempre un tipo de arquitectura: la que resuelve por encima de la que propone. En esa línea discreta, pero contundente, se presenta la selección de obras que compiten este año.

El historiador holandés Hans Ibelings, director de la revista A-10 y miembro del jurado que, presidido por el arquitecto sevillano Antonio Cruz, decidirá la próxima semana el ganador de la edición 2007, sostiene que la arquitectura que se levanta en España y Portugal “es la más vital del sur de Europa, por encima de la que crece en países como Italia, Grecia, Croacia o Eslovenia”. Para él, lo más sorprendente “es lo que ambos países han cambiado en los últimos treinta años debido a la combinación de la libertad democrática -en el caso español- y las ayudas europeas. Lo que ocurrió en España”, apunta, “está ahora sucediendo en países ex comunistas de la Europa central”.

Ibelings considera que “más que deudoras de una tradición constructiva, las arquitecturas lusa y española de hoy son deudoras de unos maestros, Moneo y Siza, y partícipes del esperanto que habla la arquitectura mundial”. En la misma línea discurre otro de los jurados, el arquitecto Pedro Feduchi, que opina que en España y Portugal se levantan “arquitecturas imaginativas con todavía un fuerte condicionante de la tradición moderna”, pero que “faltaría, en general, un impulso que permita una actividad con mayor riesgo personal, sin caer en locuras de usar y tirar”.
¿Reflejan los edificios que op

tan al FAD las huellas y el idioma internacional que comenta Ibelings o la falta de riesgo a la que alude Feduchi? El madrileño opina que “aquí los mejores proyectos están más ligados al medio teórico que permiten las Escuelas de Arquitectura que en otros países. Eso no es malo. Convierte las escuelas en laboratorios”. Ibelings, por su parte, cree que la mayoría de los inmuebles interesantes son piezas aisladas “en un mar de banalidad pobremente urbanizado”. A esa realidad, tal vez, quiera contribuir el premio FAD. De ahí su empeño en que los arquitectos no produzcan monumentos -¿cuántos puede acoger una ciudad?- sino buenos edificios dispuestos a arrimar el hombro a la hora de dibujar el futuro de las urbes. Ordenar y dignificar.

La arquitectura española realizada el último año se hace a un lado del espectáculo y se impone la labor de asentarse en el paisaje, sea éste natural o urbano. ¿Cuál es entonces el nivel que puede leerse entre las obras que han quedado como finalistas? Los 54 proyectos que compiten al premio tienen esa cualidad en común: la de dar un paso atrás, la de trabajar en un marco no siempre receptivo, la de contribuir a la construcción de un urbanismo que quiere ser más escenario que actor protagonista.

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