Noticias de Arquitectura


Oriol Bohigas
julio 10, 2007, 2:08 am
Filed under: Barcelona, Bohigas

CONSEJO DE SABIOS

Es el artífice de la Barcelona olímpica y la que recuperó el mar, siendo delegado de urbanismo con los alcaldes Serra y Maragall. Director también de la Escuela Superior de Arquitectura, de donde había sido expulsado por su ideario demócrata, fue uno de los puntales de la llamada «gauche divine». Ataca la artificialidad, el consumismo, el partidismo y la falta de ideologías. Preside el Ateneo barcelonés, forma parte del Consell de Cultura de la ciudad y continúa proyectando desde su estudio, MBM.

Texto de Elena Pita. Fotografía de Chema Conesa

No ha querido Oriol Bohigas encaramarse al alto ventoso de una de las torres del paseo marítimo: dice que le duele un pie. De modo que nos hemos quedado sin la deseada panorámica sobre la Villa Olímpica o la Barcelona de Bohigas. Director en tiempos de la Escuela Superior de Arquitectura, fue urbanista de los alcaldes Narcís Serra y Pasqual Maragall (1980-84), artífice de la ciudad moderna que recuperó el mar (para volver a perderlo bajo moles de ocio y consumo).

Viene pues el arquitecto calzado en sus playeras, calcetines rojos a juego con la camisa; lento de paso y de ánimo, optimista. Y parafraseando uno de sus títulos, Els present des del futur (Ediciones 62, 1996), recapitulación de artículos epistolares, le pregunto cómo se ve este presente desde el futuro, si acaso él (Barcelona, 1925) sepa por edad a dónde nos dirigimos. Se sonríe, olvidado de su pie doliente: «Nooo, esto no. Este título pretende contagiar una cierta actitud todavía optimista, porque llegar al futuro ya es difícil». Ya ven que la conversación empieza de muy buen talante, pero este optimismo sucumbirá bajo la lógica de la realidad que atañe hoy al ciudadano: artificialidad, partidismo y consumo indiscriminado; o sea, el mismísimo presente que a primera hora de la mañana le hizo llegar a su estudio tan plácido y distendido, pese al pie.

Forma parte de un consejo recientemente constituido por el Ayuntamiento, el Consell de la Cultura de Barcelona: «Sí, es un consejo de sabios y de representantes de entidades culturales». Él, presidente del Ateneo de Barcelona, se reconoce, con cierta ironía, a caballo entre ambas categorías: «No sé si estoy ahí como representante o como sabio».

De cualquier modo, una perspectiva desde donde contemplar el devenir de las inquietudes culturales. Uno espera entonces que el maestro diserte de arquitectura, urbanismo, diseño al menos. Pero no, lo que a Bohigas sorprende por encima de todo es la música. «El boom de la música es extraordinario, y se da una interferencia tremenda entre la música popular y la culta».

Dicen que la música es la última capacidad que pierde un cerebro dañado: «Sí, seguramente es un refugio de una sociedad enferma». Y ¿qué le parecerá un festival como el Sónar a un caballero entrado en los 80? «Fantástico. Hay unos niveles de calidad altísimos, y es muy popular».

Nos han hecho creer que las ideologías han muerto, y nos han vendido títulos como El fin de la Historia (Francis Fukuyama), que hemos comprado al mismo tiempo que mil objetos inservibles. Y no parece que ésta sea la visión que el señor Bohigas tiene desde su atalaya: «Patrañas de los neoconservadores, que confunden lo que ha ocurrido con lo que según ellos debiera haber ocurrido.

Las ideologías han perdido intensidad, uso, formulación y compromiso, y éste es el gran problema de la Humanidad. El hecho de que se hable tan poco de política es un síntoma pésimo para el bienestar. Hay que resucitar las ideologías como línea de conducta colectiva».

Otro de los síntomas más visibles del presente, visto desde cualquier esquina, es el cambio del paisaje, algo tan familiar para el arquitecto urbanista, que se ha empeñado siempre en defender la intervención administrativa en el diseño de las ciudades: «Cuando las cosas van mal, los políticos dejan de mandar y lo hacen los propietarios del terreno, especuladores y promotores».

–¿Qué indica consumo y ocio sobre infraestructura y bien común, centro comercial frente a plazas y mercados?, ¿nos hemos vuelto huecos y egoístas?

–No, nos hemos vuelto demasiado liberales, en el sentido económico de la palabra, que ahora representa lo reaccionario y conservador. Estamos cayendo en un neoliberalismo o capitalismo feroz. El fenómeno de los centros comerciales es muy demostrativo de esta situación: además de la competencia que plantean al pequeño negocio, suponen un problema urbanístico grave, porque se sitúan normalmente en el exterior y convierten la ciudad en un páramo contaminado por el derroche energético y de servicios que conllevan las ciudades expansivas.

Me giro hacia él porque de pronto recuerdo sus críticas demoledoras contra obras e intervenciones con nombres y apellidos; esa aureola, en fin, de «eterno enfant terrible», que le han llamado. Y recuerdo también las réplicas de sus adversarios, que también le han llamado dinamitero, irresponsable, reaccionario. Me giro porque me doy cuenta de que el hombre que tengo enfrente ha modulado su voz, no sólo en su timbre, sino en la altura de sus ataques.

¿Tendrá algo que ver la edad? Y sí, «no sé lo que entiendes por edad, pero debe de ser, sí, o cansancio: acumulas tanta experiencia que terminas cansándote de perder el tiempo haciendo críticas demasiado exacerbadas que no sirven para nada. Aunque tengo que seguir diciendo que la falta de criterio urbanístico en todas las ciudades españolas es tremenda».

Disparos certeros que se han ido relativizando. Aprendió Oriol Bohigas a ser francotirador en circunstancias complicadas: una sociedad acallada y una familia represaliada por el franquismo. Fue hijo único («por suerte») y durante la guerra vivió con su familia en Olot (Girona), adonde su padre, administrador de los museos de Cataluña, trasladó todas las obras de arte que pudo para salvarlas de los bombardeos sobre Barcelona, guardándolas con celo en una iglesia vacía.

«Cuando la guerra terminó, lo inutilizaron, porque consideraron un acto antipatriótico haber salvado el patrimonio artístico de Cataluña». Hijo además de una madre burguesa, intelectual, moderna, católica y catalanista, el modernismo catalanista que se resistió a la dictadura. «Cataluña resistió más tiempo y fue más castigada, pero aquí todo el mundo se hizo franquista, como en el resto de España.

Los pueblos recibían a sus tropas con entusiasmo, y no porque fueran franquistas, sino porque se acababa la guerra y venía el pan. Recuerdo cómo entró en Olot una compañía de moros que echó dos camiones inmensos de pan sobre el suelo de la plaza central: imagínate lo que sentía la gente, después de meses sin comer pan, se marchaban diciendo ¡Franco, Franco, Franco!». Tenía 13 años, recuerda esto y muchas otras cosas.

El niño Oriol fue, no obstante, educado en una tradición laica, culta y vanguardista, en una familia que él define de clase media de origen industrial. Estudiaba y amaba la música, y la arquitectura apareció en su vida de la forma más banal: «Fue por Martorell, un amigo del colegio que sigue siendo mi socio: él iba a estudiar Arquitectura y, para seguir con él, yo hice lo mismo; pero en realidad, lo que quería hacer era Historia, algo que no parecía tener mucho futuro, de modo que mi familia se alegró de que cambiara de idea. No creo en la determinación de las vocaciones, sino en las capacidades personales y en las aficiones».

Años después, cuando el futuro era ya una realidad, el arquitecto Bohigas fue uno de los mayores de la llamada gauche divine (izquierda divina) de Barcelona, aquel grupo (Regás, Barral, Goytisolo, Tusquets, etcétera, que él define como «profesionales, hijos de la burguesía catalana, una clase media modesta; dedicados a actividades culturales de cierta eficacia productiva y sumados a un núcleo de escritores que entonces empezaron a disfrutar de la rentabilidad económica de su trabajo gracias a las traducciones en el extranjero, las conferencias o la universidad».

Otros, como Manuel Vázquez Montalbán, les llamaron simplemente «pijos» (no fue el único que lo pensó). ¿Lo eran? «Puedes llamarlo como quieras. Éramos un grupo de intelectuales acomodados que pudimos aprovecharnos de una definitiva depauperación del Régimen, del desarrollismo y el Seiscientos, y una importación de nuevas ideas intelectuales como el existencialismo o las visiones positivistas, que conllevan actitudes estéticas nuevas, como el realismo artístico.

Lo más importante de este grupo díscolo fue el apoyo a las causas sociales: organizamos el encierro de Montserrat contra el proceso de Burgos, estuvimos en todas las protestas sindicales y obreras, y la mitad estuvimos en la cárcel». Bohigas, en concreto, fue durante aquel tiempo un habitual de la comisaría de Vía Layetana, y fue expulsado de su cargo de profesor de la universidad, año 66. «Pero no fui maltratado físicamente, de modo que puedo contarlo con humor», se disculpa.

–¿Fue usted un seductor?

–No sé [se ríe]. El ambiente lo era. Éramos gente en torno a los 30, había mujeres muy guapas…

–¿Y los hombres, qué tal eran?

–Guapos también. Pero no se trataba de eso.

–Lo de guapos lo ha dicho usted [nos reímos].

Pese a la leyenda de vino y rosas de aquel grupo, Oriol asegura que fue su momento pedagógico más intenso: «Se dio la intersección de dos generaciones, la de Ferrater y mía, con la de Tusquets y Bofill, que nos implicábamos juntos en la investigación». Respecto a la Escuela Superior: en el 71 oposita a cátedra, que gana, y entra como profesor numerario, pero lo vuelven a echar de la Universidad por no firmar los principios del Movimiento; en el 75 lo rehabilitan y le nombran director de la escuela. Todo esto coincide con el Grupo R de arquitectura y lo que ellos llamaban «pequeños congresos», de unos cuantos avanzados, 15 ó 20 de toda España, Vázquez-Molezún, Oiza, Correa… discusiones bizantinas en torno a proyectos concretos, que no cesaban por las noches.

Escribió un día Vicente Molina Foix refiriéndose a Bohigas que «cuando los hombres hacen mucho y aman mucho, y aún así se mantienen bien de salud, acaban entrando en la política». ¿Así fue lo suyo? «Entré en política como técnico, cuando los ayuntamientos todavía mantenían la organización franquista. Fui delegado de urbanismo en el equipo de Narcís Serra. Él empezó la reforma urbanística de Barcelona, puso en marcha las ideas fundamentales, que yo luego continué dos años más con Pasqual Maragall».

No le defraudó la política, pero sí el nacionalismo. «Para mí los grandes nacionalistas de la Historia han sido y son los fascistas, Hitler, Franco, Aznar, ETA…». Se define interdependentista: «El asunto fundamental de Cataluña es ser una nación y ejercer como tal con un presupuesto de Estado. El separatismo no existe en el mundo: estamos sometidos a dependencias regionales; sería volver a lo más derechista, que es la autarquía. Y no, el Estatut no me parece suficientemente interdependentista».

No le defraudó la política sino los partidos: «El partidismo es el gran disparate. Las coaliciones son la única solución para que un país vaya bien. Soy un entusiasta del Tripartito». Y en esto que volvemos al centro comercial: escaños como sardinas: «La intelectualidad ha desaparecido de la política y de la vida social: todo se burocratiza. La naturalidad hoy del hombre es ser artificial y luchar contra la naturaleza en su afán de tener más». ¿Recuerdan aún el discurso positivo que traía de mañana desde la orilla del mar?

En la página web http://www.mbmarquitectes.com

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