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Dos suizos y el amor
junio 14, 2007, 1:34 pm
Filed under: Le Corbusier, Pais, ZABALBEASCOA

El Reina Sofía muestra la pintura de Le Corbusier, faceta del arquitecto que promovió la coleccionista Heidi Weber

ANATXU ZABALBEASCOA – Madrid – 05/06/2007

Heidi Weber creyó en la pintura de Le Corbusier cuando nadie más parecía dispuesto a hacerlo. El suizo fue reconocido en vida como un genio de la arquitectura, pero nadie daba un duro por él como pintor. Demasiado deudor de Picasso, demasiado cercano a Léger, puede que Charles Edourad Jeanneret, su nombre real y con el que firmó lienzos hasta 1929, no fuera un pintor notable. Pero seguro que su fama como arquitecto jugó en su contra. Aunque él se cansara de decir que veía, en ambas ocupaciones, una misma búsqueda de la poesía. Fuera como fuera, esa falta de reconocimiento le descubrió a Le Corbusier un punto débil. Y a la señora Weber, una oportunidad.

A sus ochenta años, Heidi Weber sigue siendo hoy una mujer apasionada. Una marchante en activo, una abogada de la causa lecorbuseriana digna madre de Bernard Weber, el promotor de la candidatura de las maravillas del mundo que tan alterada está poniendo a La Alhambra. El caso es que, cuando en junio de 1957, Heidi Weber entró en la Kunsthaus de Zúrich para ver una exposición de la obra pictórica de Le Corbusier, quedó prendada. Entendió que aquello era lo que había estado buscando toda su vida. Tenía apenas treinta años, un hijo y estaba recién separada, pero ya entonces era todo menos una mujer conformista. La misma vehemencia que la había llevado renunciar a una pensión de paternidad alegando que la mejor educación se daba con el ejemplo, la había abocado, siendo una adolescente, a abandonar la vida burguesa para meterse detrás de un mostrador a vender productos de Elizabeth Arden.

No lo debió hacer mal, porque con 21 años le ofrecieron dirigir la empresa en Europa. Pero no lo aceptó. Era otra cosa lo que buscaba, y unos años más tarde la encontró en la exposición de la Kunthaus. Su primer lienzo de Le Corbusier llegaría poco después. Es un collage de apenas 40 cm, Mujer y concha, y puede verse en la exposición que esta tarde se inaugura en el Museo Reina Sofía de Madrid. Le Corbusier se lo había regalado a un amigo fotógrafo. Y ella no dudó en cambiarlo por su Topolino descapotable. Luego le costó encontrar más lienzos. Las pinturas de Le Corbusier no se vendían. No encontraban comprador. No le quedaba otra opción que acercarse al propio artista. Fue entonces cuando supo que el arquitecto buscaba comprador para la hermosa casa que veía desde Le Cabanon, su refugio a orillas del Mediterráneo. La casa en venta era la E 1027 diseñada por Eileen Gray. La arquitecta autodidacta se la había regalado al editor de Le Corbusier, Jean Badovici, cuando sintió que su relación se acababa. Aquella casa era importante, un manifiesto de la arquitectura moderna hecho por una arquitecta autodidacta y millonaria. ¿Qué podía hacer Weber? No tenía dinero para comprarla, pero consiguió hablar con el arquitecto y se ofreció para venderla. Tomó un vuelo y apareció por allí.

Corre el verano de 1958, estamos en L’Étoile de Mer, el merendero de la cala de Cap Martin. Le Corbusier ya es Le Corbusier. Ha firmado la Capilla de Ronchamp y el Palacio de Justicia de Chandigarh, en la India. Tiene 70 años y no acaba de creerse que a alguien le guste su pintura.

-Está claro que le gusta, pero ¿qué piensa de ella? -quiso saber.

Heidi Weber sólo alcanzó a decir que le gustaba más que su arquitectura. Lo contrario de lo que el arquitecto se había cansado de escucharle a todo el mundo que lo acusaba de hacer una “pintura de Bidet”. Fue suficiente. El resto llegó con la vehemencia de la joven. Primero, la reedición de muebles que no habían conseguido producirse desde 1929. Cuando se inauguró la primera exposición de Le Corbusier en la galería que Weber abrió en Zúrich hubo tanta demanda de la Chaise-Longue que, en apenas dos años, tuvo que negociar con la productora Cassina su fabricación. Los lienzos corrían peor suerte. Seguían sin venderse. Algunas de las manos, las fornidas amazonas, los toros o lo totems de sus pinturas son trabajos nunca acabados. Le Corbusier los retocaba, los fechaba, los corregía y volvía a fechar varios años después. Cuando, tras la inauguración de la muestra, Weber recibió la llamada del arquitecto, le mintió. Aseguró que lo había vendido todo. Al final fue ella la que se quedó con los cuadros

Donde todos vieron a un epígono de Picasso, Weber supo ver otro colorido que indicaba, por lo menos, otra búsqueda. Esta mujer creyó en la pintura de Le Corbusier. Tal vez fuera eso lo que hizo creer a los demás. El caso es que vendió y compró sus pinturas. Se enriqueció a la suiza, manteniendo una vida sencilla y acumulando los lienzos que hoy pueden verse en el museo que lleva su nombre. Ese fue su último reto. Le Corbusier trabajaba en el convento dominico de La Tourette cuando ella le propuso levantar un pabellón en Zúrich. Lo entusiasmó pidiéndole que trabajara el acero con el Modulor, un sistema métrico universal que tenía por base un hombre con el brazo extendido: dos metros y 26 centímetros. Esa es la medida de cada planta del pabellón colorista de placas de acero y planchas de vidrio. Le Corbusier nunca llegó a verlo levantado. Pero el edificio retrata la fijación del maestro por la transparencia y la policromía. Además, se puede adivinar en él la arquitectura de prefabricados que llegaría a finales de los setenta. Le Corbusier se ahogó frente a Le Cabanon cuando el hoy museo Heidi Weber no era más que cimientos. Pero dejó dibujados sus 22.000 tornillos. El montaje de la exposición, comisariada por Juan Calatrava, no sólo arropa esta historia, la explica. El arquitecto Pedro Feduchi ha reproducido parte del pabellón Weber, incluida la rampa: “Las escaleras separan, las rampas unen”, solía decir el arquitecto. A Le Corbusier hay que agradecerle que siguiera pintando obstinadamente cuando era ya un genio de la arquitectura dejando a los demás la herencia de poder ser algo más que uno.

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