Perderse por la campiña véneta en los alrededores de Vicenza permite ir en busca de la serena belleza de las villas renacentistas proyectadas por el arquitecto Andrea Palladio
AGUSTÍ FANCELLI 17/08/2009
En un momento en que la arquitectura contemporánea ha adquirido un carácter totémico que la ha alejado de la escala humana, realizar este viaje es un retorno al oficio, a la amplia formación técnica y artística que demanda para adaptar la obra a las exigencias del cliente y por ende a la sociedad a la que sirve. Nacido en Padua el 30 de noviembre de 1508, Andrea Palladio, que por entonces se llamaba Andrea di Pietro della Gondola, empezó a trabajar en una cantera de su ciudad natal a los 13 años. Picaba piedra: así se relacionaba con la materia de la que habría de servirse como artista en el futuro. En 1524 entró en el taller de Giovanni da Porlezza y Girolamo Pittoni, los maestros de Pedemuro, en Vicenza, y allí comenzó su amplia formación intelectual que tuvo un momento culminante cuando, en 1538, conoció al conde Giangiorgio Trissino, escritor, poseedor de una de las más célebres bibliotecas del Renacimiento y mecenas de Miguel Ángel, Benvenuto Cellini o Pietro Bembo. Con Trissino, Palladio viajó a Roma para conocer la arquitectura all’antica (a la antigua) que había de servir de modelo para ennoblecer Vicenza. En 1554 publicó el libro La antigüedad de Roma, trabajo previo a su obra teórica fundamental, Los cuatro libros de la arquitectura, aparecidos en 1570. Por cierto, fue el propio Trissino quien en 1545 bautizó al arquitecto con el seudónimo de Palladio, en honor de Palas Atenea, diosa protectora de las artes.
Las villas, construidas para los ricos propietarios rurales, son conmovedores ejemplos de equilibrio entre el palacio rural y la factoría agrícola. Palladio incorpora junto a las plantas nobles las barchesse, alas laterales destinadas a los trabajos del campo, de manera que no interfieran en el ambiente de los propietarios, dedicados a la explotación de la finca tanto como al cultivo de las artes. Frontones y sombreadas loggie (porches) ennoblecen estas construcciones a la medida del hombre, integradas en la suavidad del paisaje véneto. Visitarlas es reconciliarse con la escala humana.
A las citadas villas Barbaro, en Moser (provincia de Treviso), y Chiericati, en Vancimuglio di Grumolo delle Abadesse (Vicenza) habría que añadir como mínimo la de Emo (Vedelago) y Zeno (Cessalto), así como la Villa Foscari, llamada La Malcontenta, junto al canal del Brenta. Pero ya se ha dicho, con los medios actuales, cada uno puede fabricarse el itinerario a medida. Lo disfrutará.
En busca de “un máximo” de confort, de espacio y posibilidades, con “un mínimo” de medios, los arquitectos Lacaton y Vassal, Gran Premio Nacional francés de Arquitectura 2008, defienden la rehabilitación, en detrimento de demoliciones costosas e innecesarias.
“El balance demolición-reconstrucción no es económico en absoluto”, subraya en una entrevista con EFE la arquitecta Anne Lacaton, quien hace 20 años abrió junto con su colega y compañero Philippe Vassal una vía modélica y sostenible de su arte, en busca del máximo equilibrio con el entorno.
Los también Premio Innovación, Hábitat y Desarrollo Sostenible 2006 de la Villa de Madrid han firmado obras tan celebres y a veces polémicas, como la Escuela de Arquitectura de Nantes (2008), o la espectacular -entre otras razones por su simplicidad- rehabilitación del Palacio de Tokio de París (2000).
El reconocimiento nacional e internacional se debe a sus proyectos de rehabilitación y a sus creaciones arquitectónicas, como la casa Latapie, en Floirac (suroeste de Francia, 1991) o el Hall del Parque de Exposiciones Paris-Nord Villiente, (2006).
En todos ellos la noción de economía es un pilar fundamental “quienquiera que sea el propietario, el Estado, un individuo o un grupo de copropietarios”, resalta Lacaton, consciente de la originalidad de esta premisa, en apariencia evidente y poco poética, al otro extremo de ambiciones monumentales y esteticistas.
“Si hay que trabajar un inmueble de manera muy pesada, agujerearlo en el medio, cambiarle la forma, seguro que es muy caro y resulta más económico construir uno nuevo”, pero ¿es realmente importante, necesario, o al menos interesante, intervenir de esa manera?, se pregunta.
Profesora en la Escuela de Arquitectura de Madrid, Lacaton subraya que antes de demoler y proyectar una reconstrucción “es importante hacer un balance comparativo, mirar esas cosas, porque todo el mundo dice lo contrario, pero nadie lo ha verificado”.
Ellos sí, de hecho, el rigor ético de sus realizaciones les ha dado tanta fama como el de sus no realizaciones.
Sabido es que no abundan arquitectos con carta blanca para remodelar, por ejemplo, una plaza en Burdeos (suroeste de Francia), que se limiten a proponer mínimos cambios de jardinería urbana.
La rehabilitación de la Tour Bois-Le-Prêtre (2007), construida en la década de los 60, es otras de sus llamativas intervenciones, al transformar unos pisos baratos de un mal envejecido rascacielos en casi pequeñas villas ajardinadas.
Ante un inmueble de este tipo, como los que tanto abundan en Europa, “no se puede considerar que está mal y que hay que comenzar todo de nuevo, porque eso es un error. Se confunde la noción de estética y la noción de inteligencia”, destaca Lacaton desde su luminoso taller del distrito XX de París.
“Hoy sabemos que la ciudad tiene que desarrollarse sobre sí misma” y que estos inmuebles, que ya no son de buena calidad y no responden al espacio a habitar deseado ni a la normativa contemporánea, “se pueden poner al día”, pues presentan una base suficiente para apoyarse en ella y continuar, asegura.
Luego es un trabajo “de precisión, de exactitud, que hay que hacer con el cliente, con el propietario, con el habitante” y que presupone “que no estamos interesados en primer lugar en la forma” por muy agradable que sea.
“Nosotros nos situamos siempre dentro, en el espacio, en el edificio, y consideramos que la fachada, la forma, es consecuencia de la calidad que hemos querido dar al interior y de las relaciones que deben establecerse con el exterior, con el contexto”, matiza.
María Luisa Gaspar
Levantó prácticamente la mitad del edificio, le tocó colocar la mitad de los vitrales, el piso, el sistema de sonido y la iluminación
*
*
*
Jue, 11/12/2008 – 02:52
José María Méndez. Arquitecto
León,Gto.-Su inclinación por la religiosidad y por la arquitectura lo llevó a ser el arquitecto que dio continuidad a las obras de construcción del Templo Expiatorio.
Se llama José María Méndez, es el arquitecto del templo expiatorio desde 1987. Su máxima satisfacción como profesional es haber sido tomado en cuanta para una obra de tal magnitud que ahora comienza a cobrar mayor relevancia.
José María es egresado de la facultad de arquitectura de la Universidad de Guanajuato, las matemáticas y el dibujo siempre se le facilitaron; además estudió en el Seminario Conciliar de León, esa combinación lo llevó a construir templos.
Esa vocación ha permeado en tres de sus cinco hijos, de los cuales dos, son ingenieros civiles y uno más arquitecto.
Él recuerda que fue luego de trabajar en la obra de Cristo Rey, en el cerro del cubilete, cuando lo invitaron a dar continuidad a proyecto arquitectónico de Luis G. Olvera, mismo que realizó los planos y la primera etapa de la obra que comenzó en el año de 1921.
Para José María Méndez, trabajar en el Expiatorio fue y sigue siendo la mejor oportunidad para desarrollarse profesional y espiritualmente.
Así se convirtió en el cuarto arquitecto en sumarse al proyecto de construcción. Después de Luis G. Olvera, continuó Carlos Ituarte, y más tarde lo hizo Gonzalo Acevedo.
Su tarea ha sido una de las más productivas; levantó prácticamente la mitad del edificio, le tocó colocar la mitad de vitrales, el piso, sistema de sonido, y la iluminación. Actualmente detalla la parte final del templo con la crestería y próximamente el finiquito de las dos torres.
Y precisamente por eso dice que la gente no debe estar alarmada pues existe el dicho de que cuando éstas lleguen a su fin, se acabará el mundo. El arquitecto comenta que ese dicho es porque la gente veía tan lejana la conclusión de la misma que lo inventó.
Luego de las torres, se dará paso a la fachada trasera. Con ese último detalle el Templo Expiatorio estará terminado.
José María Méndez espera tener fuerza para ver el templo al 100 por ciento; él lo quiere terminar y eso no tardará mucho pues ya hay recursos para tales fines.
Para este arquitecto, el Expiatorio es diferente a los demás, es belleza, y armonía. “Al haber armonía hay equilibrio visual entre volumen, luces, sombras y colores”.
Además comenta con orgullo que el estilo gótico del Expiatorio es único en el país, y estuvo de moda en Europa a principios del siglo pasado. De hecho la Catedral de Notre Dame en Francia es similar.
El proyecto se hizo 1919. “En aquellos tiempos habían otros conceptos de edificación y casi siempre se copiaban a los templos europeos”, abunda.
El arquitecto José María ha participado en más de 30 proyectos, entre los que destacan el Noviciado de las Misioneras de la Natividad María en Santa Ana del Conde.
No obstante define al Expiatorio como uno de los más hermosos del país y dice que la plaza que se construye a un costado del mismo le dará una perspectiva que permitirá admirar su majestuosidad.
